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domingo, 31 de mayo de 2015

Toda la literatura en el número pi

En artículos anteriores de este mismo blog, ver 'El lenguaje visto como un sistema complejo (I): una explosión combinatoria' y 'La aterradora combinatoria de los sonetos', hemos jugado con la aplicación de ideas procedentes de la combinatoria para deducir que, si acotamos a un máximo de palabras (por grande que éste pueda ser) la extensión de una obra literaria, existe un número finito posible de obras literarias en un idioma dado.

Y si el número es finito, todas las obras literarias del mundo, e incluso las obras no literarias, o los textos sin sentido, se pueden obtener mediante la recombinación aleatoria de palabras y signos. Mediante esa recombinación aleatoria obtendríamos trillones y trillones de textos sin sentido pero, de vez en cuando, como una perla, como un milagro de la combinatoria, aparecerían 'El Quijote' o 'Romeo y Julieta'.

La idea puede resultar estimulante o inquietante pero, en cualquier caso, produce asombro y un cierto vértigo.

Apoyándome en un capítulo del libro 'El pensador intruso' de Jorge Wagensberg quisiera aportar una imagen que no cambia, pero si aporta fuerza y vértigo al concepto combinatorio.

La imagen que nos aporta Wagensberg es la siguiente:

El número pi es un número irracional, un número que aunque comienza por el bien conocido 3,141592, extiende sus decimales hasta el infinito y en una secuencia no regular. Eso quiere decir que, entre sus infinitos decimales, podemos encontrar cualquier secuencia posible de dígitos, de la longitud que sea y en el orden que sea. Cualquier combinación existe entre los decimales del número pi.

Si ahora codificamos todos los signos linguísticos, todas las letras y signos de puntuación, como números diferentes (una combinación de dos dígitos sería suficiente para codificar, del 0 al 99 hasta 100 signos), convertiríamos los decimales del número pi en una secuencia de letras y signos... una secuencia de letras y signos donde todas las combinaciones son posibles, donde todas las combinaciones existen...

En algún punto de los decimales de pi, ahora reconvertidos en letras y signos, se encuentran todas las palabras, se encuentran todas las combinaciones de palabras, se encuentran refranes, se encuentran poesías, se encuentran relatos, se encuentran novelas...

¿No es un pensamiento sorprendente?

Todo el pensamiento, toda la ciencia, toda la literatura... todo en el número pi.

Sencillamente, asombroso.

domingo, 24 de mayo de 2015

La aterradora combinatoria de los sonetos

Alguna vez he fantaseado sobre la 'finitud' de la obra literaria, sobre el hecho de que disponemos de un número finito, aunque amplio, de palabras que recombinamos para construir relatos, novelas, poemas o ensayos.

Siendo eso así, y suponiendo que la longitud de una obra no supera unos ciertos límites, las posibles novelas, cuentos o poesías que se pueden escribir están acotados. Existe un número finito de novelas que podemos redactar, de poemas que podemos escribir. 

Incluso, podríamos pensar en que un software, generando de forma aleatoria combinaciones de palabras, espacios y signos de puntuación 'escribiese' todas las obras posibles. Entre esas obras generadas por sofware, habría muchos resultados sin sentido, pero también, nos acabaríamos encontrando el Quijote, La Celestina, La Regenta, Rayuela, El Dinosaurio... e, incluso ¡este post que escribo en estos momentos!

Desde un punto de vista teórico, creo que es innegable...aunque repugne a nuestra intuición y nuestro amor por la literatura entendida como arte y expresión de nuestros pensamientos y sentimientos.

Lo que ocurre, lo que impide que esa teoría aterradora se convierta en realidad, al menos de momento, es la enorme cantidad de alternativas posibles, la explosión combinatoria a que esa generación aleatoria de textos literarios nos llevaría.

¿De qué volumen estamos hablando?

Ya en este mismo blog vimos algo al respecto en el artículo 'El lenguaje visto como sistema complejo (I): una explosión combinatoria'

Ahora, y aunque no explicita el modo de cálculo, Jorge Wagensberg, en su libro 'El pensador intruso', nos proporciona el dato para el caso de sonetos.

Nos dice:

A un poeta que escribe un sublime soneto es difícil convencerle de que su creatividad equivale a elegir un soneto de entre los 10415 diferentes que son posibles.

10415 sonetos posibles. Esa es la cifra. 

10415 sonetos... son muchos sonetos, muchos billones de billones de billones de combinaciones... 

Las suficientes, espero, para seguir manteniendo la ilusión de que creamos algo nuevo, original, único, para seguir pensando que es posible hacer arte y no sólo elegir un soneto del amplio catálogo disponible o pedirle a una máquina que nos genere alguno para tener algo que leer...

domingo, 18 de septiembre de 2011

Mundos imposibles: licencia para imaginar

Al principio de uno de los capítulos de su libro 'Y el cerebro creó al hombre', Antonio Damasio trae a colación el siguiente pensamiento de Mark Twain:

"Mark Twain pensaba que la principal diferencia entre la ficción y la realidad era que la ficción había de ser creíble. La realidad podía permitirse ser inverosimil; la ficción, en cambio, no."

Creo entender lo que Mark Twain quería decir. Si una novela (salvo que pertenezca a género fantástico o ciencia ficción) no resulta verosímil parece que pierde credibilidad, que disminuye su valor. Es imposible no renocerlo. Incluso en los géneros fantástico y de ciencia ficción, lo irreal se concentra normalmente en unos pocos aspectos concretos mientras que el resto sigue siendo perfectamente verosímil.

Por el contrario, ¿qué le podemos reclamar a la vida? Lo que sucede, sucede, por increíble que pueda parecer y, una vez que ha sucedido, pasa a ser verosímil, puesto que ha acaecido.

La vida parece jugar con ventaja.


Pero, tal vez, las cosas no estén tan claras. Me viene a la mente, por ejemplo, la excelente novela 'El maestro y Margarita' de Mijail Bulgákov, llena de elementos imaginarios, completamente inverosímiles y, sin embargo, magistral, o los excelentes ejemplos del realismo mágico, incluyendo a mi admirado paisano Alejandro Casona. Realismo, sí, pero con mucho de mágico.

Quizá, aún teniendo su fondo de verdad, la afirmación de Twain sea en exceso pesimista. Quizá, cuando se aporta el suficiente talento, los traídos y llevados mundos posibles de la ficción no es necesario que sean tan posibles.

En el fondo, la literatura suele suponer una alianza entre escritor y lector. Si eso es así, por mi parte y en mi papel de lector, concedo desde ya a los escritores licencia para imaginar.

domingo, 11 de septiembre de 2011

¿Induce la lectura a la pereza mental?

Leo, no sin una cierta dosis de sorpresa, la siguiente cita de Albert Einstein:

"Leer, después de cierta edad, distrae demasiado a la mente de su actividad creativa. Cualquiera que lea demasiado y utilice poco su propio cerebro cae en hábitos de pereza mental."

Para ser justos, o al menos precavidos, hay que señalar que desconozco completamente el contexto en que el eminente científico realizó dicha afirmación y es más que probable que no se refiriese a la lectura de ficción o literaria, sino a una literatura científica.

Sin embargo, y prescindiendo del auténtico contexto e intención de Einstein, podemos preguntarnos si la afirmación es cierta, si la lectura conduce a la pereza mental.

Es cierto que la lectura tiene un cierto componente de pasividad, que supone el recibir el material que el escritor desea brindarnos sin una verdadera actuación sobre el mismo. En ese sentido, en especial si la obra literaria carece de profundidad, de matices, de ideas, y si el lector busca únicamente entretenimiento en la actividad lectora, ésta se puede convertir en una tarea meramente reactiva, sin apenas esfuerzo por parte del lector y, de este modo, podría acercarse a esa situación de pereza mental que estaría denunciando Albert Einstein.

Sin embargo, y mi propia experiencia de lectura apunta en esa dirección, un libro cuidado, con profundidad psicológica o filosófica, y ya no digamos un ensayo con valor intelectual, con ideas innovadoras o interesantes, sí inducen al pensamiento, a la reflexión, a la deliberación con uno mismo y su lectura puede ser una de las actividades más enriquecedoras desde un punto de vista intelectual.

Es posible, y ni siquiera estoy seguro de ello, que ese tipo de lectura profunda no sea una actividad creativa propiamente dicha, dado que sigue actuando sobre un material recibido...pero en absoluto se encuadraría en el ámbito de la pereza mental sino todo lo contrario, se trataría de una gran actividad intelectual e incluso sentimental.

A veces, incluso, la propia reflexión sobre el material leído, ha hecho surgir en mi mente ideas y voliciones nuevas, ideas y voliciones que posteriormente han encontrado su propio campo de acción...aunque no sea en el mismo momento de la lectura sino en una ocasión posterior. ¿No podría considerarse eso una actividad creativa? ¿No estaríamos superando, en esos casos maravillosos, la reactividad para entrar de lleno en la proactividad, en la creación, en la acción?

Parece que, al menos en esos casos, la presunta pereza mental causada por la lectura sería una acusación manifiestamente injusta.

Me resulta difícil creer que Einstein no haya vivido esos momentos de reflexión y creación encendidos por la lectura, que no haya experimentando el placer y estímulo intelectual a través de un libro. Quiero creer que en realidad estaba denunciando las actitudes pasivas, las que se refugian en la lectura de terceros sin producir ninguna idea propia. Quiero creer que en realidad Einstein lo que deseaba era el pensamiento, la reflexión, la creación... y quería evitar cualquier coartada para no aplicarla, fuese ésta la lectura o cualquier otra excusa.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El argumento como camino

Aprecio una aparente contradicción, o un diferente punto de vista en cuanto a estrategia de escritura, entre lo que es la planificación de las novelas, la definición detallada del referente, de los personajes y los hechos, frente a la opción del descubrimiento, la concepción de que los personajes, a partir de un cierto momento, cobran vida propia y dirigen su propia historia, una concepción donde el escritor ejerce, casi, de mero expectador y notario.

Lo primero parece más profesional, más trabajado, más técnico, más intelectual. La segunda opción añade elementos más vívidos, más vocacionales, más sentimentales, más humanos, si se quiere.

Supongo que ambos enfoques conviven con diferente peso según el escritor concreto, según su personalidad y entendimiento de la literatura.

Paul Theroux es un escritor estadounidense famoso por sus libros de viajes y novelas. Por vía indirecta descubro la siguiente cita de su autoría que ilumina la disquisición anterior. Nos dice:

"Es nefasto saber demasiado antes de partir: el aburrimiento invade con la misma rapidez al viajero que conoce la ruta que al novelista que está demasiado seguro de cuál será el argumento."

Está claro que Theroux apuesta, quizá por su filiación hacia los libros de viajes,  por la concepción del argumento como camino, por el descubrimiento de la historia según ésta avanza.

Es un enfoque, sin duda, más atractivo, más divertido como el propio Theroux viene a decir. Lo que no estoy seguro es de si se trata del más acertado... o si, siquiera, existe un enfoque acertado y otro que no lo es.

domingo, 19 de junio de 2011

La escritura es como una caja de bombones

"La vida es como una caja de bombones. Nunca sabes lo que te va a tocar."

Así rezaba la famosísima frase de la película Forrest Gump. Y algo parecido sucede con la escritura, nunca sabes exactamente lo que va a salir.

Normalmente, antes de escribir un documento, de ficción o no, existe una idea en la mente. En algún caso esa idea se traduce incluso en palabras, en alguna frase que ronda la imaginación.

Sin embargo, no importa cuánto se haya reflexionado sobre un texto, la verdadera concreción se produce en el momento se sentarse ante un papel o ante un ordenador, en el momento de llevar a palabras concretas, a frases concretas, esa idea primigenia.

A veces el resultado es mucho mejor de lo imaginado y nos sorprendemos a nosotros mismos con un texto genial. En otras ocasiones, por el contrario, es apenas un pálido reflejo de lo que pensábamos era una gran reflexión o una magnífica historia.

Quizá una gran idea se pierda porque en el momento de plasmarla no acertamos a hacerlo de manera afortunada. O, quizá, una idea sencilla sea elevada a altas cotas gracias al uso inspirado de las palabras.

Siempre existe un puntito de magia y de improvisación, una ocasión para la sorpresa.

Quizá por eso sea un arte. Quizá por eso nos guste tanto.

domingo, 5 de junio de 2011

El mutismo de Romeo y Julieta o el valor de la propia vida como referente

Hace muchos años, creo que en un manual escolar sobre literatura o en una clase sobre el tema, leí o escuché que la literatura, en especial las novelas, presentaban vidas o hechos posibles, pero con mucho más vigor (creo que era vigor la palabra que utilizaban) que la vida real. Y de alguna forma se entendía que ese mayor "vigor", supongo que la mayor acumulación de hechos y hechos, sobre todo, mucho más interesantes y emocionantes, era lo que confería interes al relato.

Hace también algún tiempo, leyendo algo de teoría literaria, entré en contacto con el concepto de "referente". Si lo entendí bien, el referente funciona como sigue: el escritor se imagina una historia, una vida, unos hechos. Esa historia imaginaria, ese mundo posible, pero sin más adornos, es el referente. A partir de ese referente, el escritor establece cómo nos cuenta la historia, cómo utiliza los materiales que ese referente ofrece. No se trata sólo, por supuesto, de qué palabras utiliza, sino del orden en que se cuenta, ya sea de forma lineal, o intercalando diferentes momentos temporales o, más importante, lo que cuenta, el material que se explicita en la historia, lo que sólo se insinúa y lo se oculta o vela. Es decir, a partir de un material ficcional o no, pero de alguna forma neutro, el referente, el escritor construye su narración. Y gran parte del interés y el mérito literario se encontrará, no tanto en la historia en si, en el referente, sino en la forma en que el escritor utiliza ese material primigenio para construir su obra y transmitir su mensaje.

Si caemos en la tentacióin, casi diría en el error, de comparar nuestras vidas reales con las vidas imaginarias de la literatura, con esos mundos posibles, con esas historias plenas de 'vigor', podemos erróneamente infravalorar nuestra propia existencia, nuestra propia vida. Puede parecer carente de interés.Pero es un error.

No comprendemos que, actuando así, olvidamos que nuestra propia vida es sólo un referente, un material neutro. ¿Podemos imaginar todos los momentos de los grandes personajes que sus autores han omitido en aras del 'vigor'? ¿Podemos imaginar todas las pequeñas tareas y acciones del día a día que, necesariamente, cualquier personaje, por muy princesa, héroe o villano que sea, debe forzosamente ejecutar? ¿Podemos imaginarlos comiendo un bocadillo, o roncando, o tropezando en un escalón? ¿Somos capaces de imaginarlos despeinados y con legañas nada más salir de la cama?

Markus, uno de los personajes de la novela 'La delicadeza' de David Foenkinos, reflexiona en esa línea cuando, a la mañana siguiente de una satisfactoria cita romántica, es incapaz de cruzar una palabra en un pasillo con su amada Nathalie. Y hace la reflexión pensando en los amantes por excelencia, Romeo y Julieta:

"La vida son sobre todo momentos de borrrador, tachones y espacios en blanco. Shakespeare sólo invoca los momentos fuertes de sus personajes. Pero, por supuesto que Romeo y Julieta, en un pasillo, al día siguiente de una bonita velada, no tienen nada que decirse."

Quizá, lo más importante no sea tanto la reflexión propiamente literaria acerca de cómo el escritor escoge el material del referente para construir su obra. Quizá, más interesante sea la reflexión para nuestra propia vida y nuestra propia autoestima.

No despreciemos nuestra propia vida porque existan, como dice Markus, momentos de borrador, tachones y espacios en blanco. Es lo normal. Pero es que nuestra vida es sólo el referente. Nuestra historia puede tener todo el 'vigor' de las grandes novelas. Sólo hace falta que elijamos convenientemente el material de nuestro propio referente, de nuestra vida, con el queramos quedarnos, con el que queramos narrarnos.

Nuestra vida es valiosa. Hagamos de ella una obra de arte. Contemos a los demás, contémonos a nosotros mismos, una buena historia.

domingo, 29 de mayo de 2011

Literatura a sorbitos

No tiene nada que ver con la literatura en si, ni con una preferencia por mi parte, sino, creo, con las meras circunstancias, pero el hecho es que últimamente no suelo realizar largas sesiones de lectura.

Nunca he sido de aquellos que se pegan enormes atracones, de aquellos lectores compulsivos o absorbidos por una historia que se meten entre pecho y espalda una novela larga en un día o dos acumulando horas de lectura en un espacio temporal muy reducido.

Prefiero la lectura más reposada,  más tranquila, a un ritmo más constante. Mis temáticas de lectura favorita, aquellas que tienen que ver más con la introspección, con la reflexión, con el sentimiento o con la psicología, tampoco parecen las más aptas para una lectura vertiginosa, sin descanso, sin respiro.

Pero últimamente observo mi tiempo de lectura muy fragmentado, compuesto por sesiones que pocas veces superan la media hora. Tiempos robados a obligaciones u otros intereses, aprovechando intermedios, pausas, entreactos...

Puede ser algo accidental, transitorio, que cambie en las próximas semanas o meses, según evolucionen mis circunstancias y disponibilidades.

Sin embargo, me pregunto si no late en todo ello un cambio estructural de comportamiento lector. Y no sólo en lo que a mi se refiere sino que, incluso, pueda ser un comportamiento en progresiva extensión entre toda la población lectora.

No hace tanto comentábamos, en las entradas tituladas '¿Internet contra la lectura?' y 'La lectura profunda o cuando el lector se hace libro' cómo, según algunos autores, nuestra actividad intelectual moldea nuestro cerebro (fenómeno conocido como neuroplasticidad)  y cómo, por otra parte, y según por ejemplo Nicholas Carr, el mundo moderno, y muy especialmente Internet, con sus interrupciones constantes en forma de correos electrónicos, mensajes en twitter, llamadas telefónica fijas y móviles, mensajes instantáneos, etc atentan contra la concentración y la abstracción, unas capacidades propias de la lectura profunda y concentrada que se produce, por ejemplo, cuando uno se sumerge en una novela.

El gusto moderno por la novela corta, por los cuentos y por los microrrelatos, pudieran ser un señal de la mera falta de tiempo pero, también, de unas distintas actitudes y aptitudes cognitivas.

Espero que no sea así, espero que cuando simplemente disponga de más tiempo mi cerebro se siga comportando como antes y disfrute de largas horas de intensa lectura. Echo algo en falta, debo reconocer, esos tiempos prolongados de lectura profunda, en que la mente se aisla de su contorno, el tiempo parece detenerse y la conciencia se sumerge profundamente en la historia que se está leyendo.

Aún así, y por no ser excesivamente psesimista, por presentar también el lado positivo, entiendo esas sesiones breves de lectura como una forma de exprimir el tiempo, de extraer minutos de lectura de donde apenas los hay, de hacer que la lectura sobreviva incluso entre turbulencias. Un mecanismo de apego y resistencia. Y debo decir que, en ocasiones, ese tipo de lectura es también muy agradable y valiosa.

Tomarse un gran trago de lectura es muy sabroso y no quiero renunciar a ello, pero tampoco está del todo mal tomarse la literatura a sorbitos.

domingo, 1 de mayo de 2011

Libros en la memoria y el afecto

Existen libros especiales, libros que nos dejan una marca que va más allá de su calidad, de su historia o de sus méritos intrínsecos, libros que por algún motivo conectan con nuestros sentimientos y circunstancias, que nos marcan, que resultan memorables.

Encuentro, en esa línea de pensamiento y en el posfacio que Natalia Ginzburg dedica a 'Un matrimonio de provincias' que ya mencionábamos en el artículo 'El legado de un buen libro', esta apasionada y acertada declaración:

"Pienso que en la vida de cada uno de nosotros existe un libro que...de pequeños no nos limitamos simplemente a leer, sino que inspeccionamos y rebuscamos en cada uno de sus rincones como si de una habitación se tratara. Un libro así, rebuscado como una habitación, escrutado e interrogado como una cara en cada rasgo y arruga, nunca podremos juzgarlo como se juzga un libro, porque para nosotros ha abandonado la zona de los libros y ha pasado a vivir la zona de la memoria y de los afectos."

He podido sentir, en efecto, esa sensación que Natalia Ginzburg describe.

Puedo recordar al menos tres libros, leídos en la infancia o adolescencia, que adquirieron esa carácter de especiales, memorables, más allá del bien y del mal literario. Recuerdo libros como 'Seis chicos malos' de Enid Blyton, 'Edad prohibida' de Torcuato Luca de Tena o 'La dama del alba' de Alejandro Casona, libros en que ya me resulta difícil valorar su calidad literaria, en que simplemente no quiero hacerlo, porque me causaron, por el motivo que fuese, un impacto especial, porque han perdurado en mi memoria a lo largo de los años con más fuerza y presencia que otros libros, otros libros seguramente mejores, probablemente mucho mejores, que he leído años después, pero que no generaron la misma conexión, la misma emoción, la misma memoria.

No creo que existan factores comunes. Creo que se conjugan la oportunidad, el contexto y la disposición de ánimo particulares de cada persona, de cada lector, y todo ello crea esa magia especial que perdura en la memoria y en el afecto.

Un libro marcó a Natalia Ginzburg; tres libros he mencionado yo. ¿Qué libros ocupan un lugar especial en tu memoria y tu afecto?

domingo, 24 de abril de 2011

El legado de un buen libro

Hay muchas placeres diferentes que nos puede proporcionar un libro. Nos puede abrir a nuevas ideas, nos puede provocar sentimientos, nos puede entretener, nos puede hacer pensar...

Sin embargo, para que una lectura sea realmente fecunda, para que un libro pueda ser considerado como realmente 'bueno', sin ignorar la subjetividad a que dicho adjetivo está sujeto, creo que debe dejar algo detras de sí, una herencia, un legado.

Cuando leo libros que realmente me impactan, con frecuencia detengo momentáneamente la lectura durante unos instantes para repasar mentalmente, analizar, reflexionar. Y cuando finalizo la última página de uno de esos libros especiales, suelo dedicar otro rato a la destilación de lo leído, a la reflexión, a una especie de prolongación de la experiencia de la lectura que va más allá de las palabras del libro, que se aleja por vericuetos mentales o emocionales sugeridos por la lectura.

Cuando reflexiono a veces sobre lo que diferencia a los 'best-seller' de la auténtica literatura, de la buena literatura, siempre bajo mi perspectiva personal, pienso que mucho tiene que ver con este legado. Aunque es fácil denostar a eso que denomino 'best-seller', libros con historias plenas de acción, misterios, ambientes sugerentes, lo cierto es que suelen proporcionar unas ratos de lectura muy agradable, de un sano entretenimiento. Sin embargo, cuando termino los pocos libros que he leído clasificables dentro de esa categoría, el regusto que me que queda es de que 'no me han dejado nada', que no hay reflexión, ni pensamiento ni emoción que sobreviva a la última página. No hay legado.

Sorprendo, en el posfacio de Natalia Ginzburg que sigue a la obra 'Un matrimonio de provincias'  de Marquesa Colombí, un comentario en que la escritora italiana compara lo que supuso para ella la lectura de 'Un matrimonio de provincias', novela que le dejó una fuerte huella, frente a la lectura de otros libros. Y dice, a propósito de éstos últimos, lo siguiente:

"Eran libros que yo declaraba bellísimos aunque no quedara nada o casi nada de ellos después de haberlos cerrado, aunque en realidad sólo recordara el título y las dos últimas palabras."

Natalia Ginzburg, con otras palabras, nos está diciendo que esos libros 'bellísimos' no le dejaron ningún legado, ningún recuerdo permanente, mientras que 'Un matrimonio de provincias' le acompañó durante toda su vida, le hizo pensar, lo releyó una y otra vez.

El legado es la marca que diferencia la gran literatura de los libros corrientes o simplemente buenos. Es un distintivo y un regalo, el regalo que el escritor nos deja en agradecimiento y compensación por haber dedicado nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro corazón a su obra.

domingo, 3 de abril de 2011

La motivación del escritor

Rescato todavía alguna idea interesante del libro 'De qué hablo cuando hablo de correr' de Haruki Murakami, donde el escritor, entremezclada con su actividad deportiva, nos apunta alguna de sus ideas y experiencias acerca de la literatura y la novela.

En este caso, me detengo en un párrafo en que Haruki Murakami afirma, de manera indudable, que la motivación para un escritor, quizá como para cualquier otra persona y actividad, se encuentra en uno mismo, viene del interior, de los propios intereses y aspiraciones. Y no sólo la motivación, sino también la vara de medir, el patrón que marca la satisfacción o insatisfacción por lo realizado.

Así nos lo explica el autor japonés:

"Lo más importante es si lo escrito alcanza o no los parámetros que uno mismo se ha fijado y frente a eso no hay excusas. Ante otras personas, tal vez, uno pueda explicarse en cierta medida. Pero es imposible engañarse a uno mismo. En este sentido, escribir novelas se parece a correr un maratón. Por explicarlo de un modo básico, para un creador la motivación se halla, silenciosa, en su interior, de modo que no precisa buscar en el exterior ni formas ni criterios."

Todo un alegato en favor de la honestidad intelectual y artística, de la independencia y de la individualidad.

Creo que estoy de acuerdo.

domingo, 20 de marzo de 2011

Las cualidades del novelista según Murakami

En 'De qué hablo cuando hablo de correr', Haruki Murakami, aparte de contarnos su experiencia con la carrera de fondo, intercala frecuentes excursos acerca de la literatura y su actividad literaria.

En uno de esos altos en el camino, reflexiona sobre las cualidades que deben adornar a un novelista. Y éstas son las tres que destaca el escritor japonés:

Talento
Una cualidad evidente, casi una premisa. Para Murakami se trata de algo inherente, un don, algo que "brota libremente, cuando quiere y en la cantidad que quiere".

Capacidad de concentración
Para Murakami, se trata de una cualidad muy importante y que sirve para potenciar el talento y que incluso puede, hasta cierto punto, suplir algunas carencias y desequilibrios del talento.

Constancia
Imprecindible para escribir una novela larga, se debe ser capaz de mantener el nivel de concentración y esfuerzo durante periodos largos de tiempo, quizá un año o dos.

Si el talento es una cualidad dada, la capacidad de concentración y la constancia son para Murakami cualidades que se pueden adquirir y desarrollar mediante entrenamiento. Además, mientras a base de esfuerzo se desarrollan la capacidad de concentración y la constancia, se puede descubir casualmente una mina oculta de talento o como lo expresa Murakami, "mientras [los escritores con talento justito] cavan a pico y pala a costa de mucho empeño y sudores, un agujero a sus pies, se topan por casualidad con esa beta de agua secreta que yacía dormida en lo más profundo del subsuelo."

Concentración, constancia, esfuerzo. Cualidades que deben adornar al novelista...y al corredor de fondo. Por eso, cuando nos habla de correr, Murakami nos habla de deporte y de experiencia personal...pero también de literatura.

domingo, 9 de enero de 2011

Realidad versus ficción: ¿quién supera a quién?

¿Es cierto, como dice el refrán, que la realidad supera a la ficción? ¿Qué buscaríamos entonces en la ficción literaria o, porqué no, cinematográfica o de cualquier otro tipo?

Ya hemos tratado en más de una ocasión en este blog la temática de los motivos para la lectura y escritura y, entre ellos, parecía identificarse como una causa probable la búsqueda de otras experiencias, de otros mundos posibles, unos mundos que, eventualmente, pudieran parecer más ricos, más vigorosos, más interesantes o más emocionantes.

Lo vimos cuando Carmen Martín Gaite nos asemejaba la literatura a un balcón mediante el cual asomarnos a vidas ajenas. También volvimos al tema cuando Enrique de Hériz, en su "Manual de la oscuridad" y en la voz de uno de sus personajes, nos instaba a engañar al público. No hace tanto, incluso, revisitamos el concepto adjudicándole una posible explicación neurológica a ese gusto por leer sobre vidas ajenas.

Sin embargo, el refrán parece apostar por la realidad. Y, me ha venido a la mente cuando, hace unos días, me encontraba con la siguiente cita de Robert Louis Stevenson:

"Los libros son buenos a su manera, pero son un pobre sustituto de la vida real"

¿Es esta una devaluación de la ficción? ¿Supone ésto que la literatura es un mero divertimento sin más fondo?

No lo creo. Ignoro el contexto de esta afirmación pero diría que se trata, en realidad, de una apuesta humanista por la cordura y el sentido común.

Unas vidas inventadas jamás pueden sustituir a una vida real. Esa vida real es nuestro mayor tesoro y, al tiempo, nuestra mayor obligación. La ficción no puede ser un refugio para renunciar a la vida real, para evitar sus imposiciones, sus riesgos y sus responsabilidades.

Los libros no pueden ser jamás un sustituto de la vida real. Sin embargo, sí pueden ser, y son, un fantástico ingrediente, uno de muchos, para enriquecer y endulzar esa vida real.

La realidad siempre supera, pues, a la ficción, pero no necesariamente en originalidad, variedad o audacia, sino... en realidad, en pura y simple realidad.

domingo, 19 de diciembre de 2010

La marca personal del escritor

Estoy finalizando la lectura de un libro dedicado a lo que se denomina marca personal, un libro que no es, por supuesto, de tipo literario sino que se situaría, más bien, a caballo entre el marketing, las habilidades directivas y el desarrollo personal.

El concepto de marca personal se refiere al uso de técnicas propias de la gestión empresarial en el desarrollo y promoción de una persona, en la venta de alguna forma de su imagen y valor. Así, se hacen autoanálisis del tipo DAFO, se definen una visión y una misión, se busca un poosicionamiento, se establecen objetivos y se sigue la consecución de esos objetivos mediante un cuadro de mando.

Al parecer, el concepto de marca personal surgió inicialmente en el contexto de la búsqueda de empleo, pero ha ido ganando en amplitud y extensión para convertirse también en una herramienta de desarrollo personal en los entornos tanto profesional como privado.

Y, aunque no está del todo claro si esta idea es aplicable a cualquier persona, se me ha ocurrido pensar que el ámbito de la literatura y de las artes es terreno natural para este concepto. De hecho, de alguna forma, escritores y artistas, probablemente inconscientemente, han constituído desde siempre marcas personales.

El nombre de un escritor forma parte de esa marca, pero también la percepción que de él tenemos (su posicionamiento) como escritor ligero o profundo, comprometido o superficial, clásico o innovador, engreído o humilde, poeta o narrador, etc, etc, etc.

El ver el nombre de un escritor concreto del cual tenemos buena imagen en la portada o lomo de un libro puede constituir motivo suficiente para determinar la compra de ese libro, con independencia de lo que de esa obra conozcamos, lo que pueda contar la solapa o la contraportada, o el que tengamos una referencia o no.

En la marca del escritor influyen, por supuesto, su obra anterior y las críticas o reseñas que pueda haber recibido, pero también la promoción que de él hagan las editoriales, la impronta que pueda dejar en entrevistas o actos públicos, su imagen externa, su comportamiento en el entorno literario e, incluso, fuera de él.

Según enseña el personal branding (nombre inglés de marca personal), el primer interesado en la definición, desarrollo y promoción de esa marca es la persona, en este caso el escritor.

Si eso es así, y si el escritor desea tener un posicionamiento concreto y un éxito a nivel de imagen y comercial, debería ser consciente, en primer lugar, de que él mismo constituye una marca y, en segundo término, que esa marca influye en su éxito. Por tanto, debería permanecer atento a este tipo de técnicas, trabajarlas y desarrollarse, y en esta labor, en esta gestión de la marca que es él mismo, no debería delegar completamente en editoriales, quizá ni siquiera en un eventual agente literario.

Difícil intento, supongo, para los escritores que seguramente valoren más y sean más conscientes de las cualidades artísticas de su obra que los aspectos comerciales de la misma. Pero el tiempo en que el buen paño, y la buena literatura, se vendían en el arca, parecen haber desaparecido para siempre y más vale ser conscientes de ello.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Las artes y los vasos comunicantes

Marcos Giralt Torrente, en su libro 'Tiempo de vida' nos ofrece, aparte de un descarnado recorrido por la conflictiva relación con su padre, alguna interesante reflexión, algún apunte o insinuación de temas sobre los que interesa pensar.

Así, por ejemplo, al recordar la relación entre él, escritor, y su padre, pintor, Marcos compara también, de alguna manera, las vocaciones pictórica y la literaria. Apunta a que, quizá, si no hubiese sido por ese conflicto con el padre, la inclinación artística natural del propio Marcos Giralt Torrente podría haber sido la pintura, más que la literatura.

Y esto me lleva a preguntarme hasta qué punto existe un nexo común, una raíz compartida, entre las diferentes artes o vocaciones artísticas: literatura, pintura, escultura o, incluso, cine.

Desde luego, los medios y las técnicas se encuentran alejados y, por ello, son superficialmente distantes. Sin embargo, puede que lata en todas ellas un sustrato común que entronque tanto con la necesidad de comunicar, de transmitir ideas y emociones, como con la de intentar comprenderse a uno mismo y al mundo, y ante la imposibilidad de enfrentar este análisis mediante técnicas científicas o racionales, el recurso a mecanismos más intuitivos, más evanescentes e, incluso, más emocionales, como son los que ofrecen las diferentes artes.

En ese sentido, la vocación artística podría ser común y lo que cambiaría, el arte concreta elegida, podría tener que ver con el contexto, el aprendizaje, el dominio de una técnica o una preferencia de naturaleza relativamente superficial, más que con las motivaciones profundas.

Eso explicaría, además, el caso de los artistas que han desarrollado diferentes manifestaciones, pintura y escultura, por ejemplo.

Puede, por tanto, y lo apunto como una simple hipótesis, que las diferentes artes se interconecten entre sí, que sean una suerte de vasos comunicantes con conductos emocionales que unen la necesidad de expresión y el análisis de la realidad.

domingo, 19 de septiembre de 2010

La escritura compartida

Me encuentro leyendo una novela entretenida aunque, por lo demás, poco relevante, pero que tiene la particularidad de que está firmada, y supongo pues que escrita, por dos autores.

Se trata este hecho de algo, la escritura compartida, la escritura por varios autores, que me resulta difícil de entender. Y no es que el caso de los autores de la novela que me ocupa sea un caso absolutamente aislado. Existen antecedentes tan relevantes como el de los hermanos Grimm o, ya en nuestro pais, los hermanos Alvarez Quintero.

Está claro, por tanto, que es posible y, en ocasiones, muy fructífero.

Sin embargo me resulta difícil de imaginar. Existen, por un lado, dificultades técnicas y de estilo: cómo mantener un estilo uniforme, una misma manera de expresarse, un parecido vocabulario.

Requiere, además, un profunda compenetración, una comunidad de intereses y una generosidad para que las opiniones, gustos o egos de cada uno de los co-autores no supongan fricciones, infructuosos debates o rupturas.

Pero incluso estas dos dificultades, el estilo y el ego, aunque complejas, me parecen salvables.

Lo que más me cuesta asumir es lo que afecta a los aspectos más creativos y profundos. Concibo la escritura como una experiencia muy personal, como un viaje que emprende el escritor acompañado por sus personajes y su historia, unos personajes y una historia que, además, no le pertenecen completamente sino que tiene su vida propia, un viaje en que con frecuencia se descubre a si mismo, se piensa a sí mismo.

¿Cómo compartir esa riqueza de reflexiones y sentimientos? ¿Cómo tener tal resonancia intelectual y sentimental con otra persona?

Quizá, renunciando a ese aspecto de viaje personal, la colaboración sea más sencilla pero, ¿vale la pena dicha renuncia?

Puede que la colaboración se produzca de formas más sencillas a las que me imagino.

Puede que los temas elegidos para la escritura en común sean relativamente superficiales y, por ello, no impliquen tan profundamente la personalidad del escritor.

Puede que el truco se encuentre en asignar roles. Quizá, uno de los co-autores es más bien el ideólogo, el guionista, el que concibe la historia, mientras que el otro aporta una mayor habilidad para traducir eso en palabras. O puede que se repartan las perspectivas de diferentes personajes (esto podría ser un más que interesante experimento psicológico-literario). O quizá existan otros repartos de roles que en este momento no acierto a imaginar.

Tal vez se trate de que los poco frecuentes casos de escritura compartida tengan lugar entre personas profundamente unidas tanto en su historia personal como en sus sentimientos e intereses (no deja de ser relevante que las dos parejas puestas como ejemplos sean hermanos) y por ello exista una comunión que salva todas las dificultades.

Quizá, la experiencia de compartir con otro ser humano ideas, emociones y sentimientos compense a los 'escritores colaborativos' la renuncia parcial a su propia iniciativa e identidad.

No es la escritura compartida un fenómeno que acabe de asimilar. Pero está claro que, en ocasiones, en extrañas ocasiones, produce grandes frutos.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Vida propia

No todo se puede planificar en un texto escrito. Hay un momento en que los personajes o los argumentos parecen cobrar vida propia, decidir por ellos mismos lo que quieren hacer y a dónde quieren ir. Momentos en que el escritor es casi más un expectador, un transcriptor de unas ideas o unos hechos que parecen decidir por sí mismos.

En mi modesta experiencia de escritura, tanto de ficción como de no ficción, la idea del relato, el poema o el artículo surge en mi mente y poco a poco va tomando forma, una forma etérea e intangible, eso sí, como todo lo que en nuestra mente anida. Llega un momento, sin embargo, en que parece madura, en que reclama ser escrita, en que los cabos parecen atados, el todo coherente.

Y entonces sucede la magia.

Es un momento decisivo el del inicio de la escritura, la primera encarnación en palabras de lo que antes fueron sólo ideas. En ese momento se perfila el resultado y se intuye si el texto va a ser exitoso o, por el contrario, un pálido reflejo de lo que quiso ser.

Aún si el inicio es prometedor, no queda su destino en nuestras manos. El texto avanza, y en el esfuerzo por llevar al papel nuestras ideas, toma caminos imprevistos, escoge desarrollos inesperados. Los argumentos se estancan o alumbran nuevos recovecos.

No se puede planificar completamente un texto escrito. Al menos yo no puedo. Los textos tienen vida propia. Puede que una parte del placer de la escritura estribe, precisamente, en descubrir a dónde nos va a conducir esa idea primigenia al ser desarrollada, al ser convertida en, o más bien perseguida con, palabras.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Innovación en literatura: el camino y el paisaje

Ya hace casi dos años hablaba en este mismo blog acerca de la innovación en literatura. Es un tema que, de forma recurrente, me llama la atención desde que hace ya bastantes años cursé por primera vez la asignatura de literatura en el bachillerato y tuve las primeras explicaciones, más o menos detalladas, acerca de los distintos movimientos literarios, sus diferencias y aportaciones.

En esta ocasión ha vuelto a mi mente al leer, hará un par de semanas, la introducción al poemario 'Arde el mar' de Pere Gimferrer en su edición de Cátedra.

Y lo que me llama la atención, y lo que ese prólogo me recordó, son dos asuntos interrelacionados.

Por un lado, el hecho de que, con frecuencia, parece que la innovación sea un valor en sí misma, que casi cualquier vanguardia o experimento se considere valioso por el hecho de serlo y que, sin embargo, la literatura más acomodada a modelos ya probados sea minusvalorada, casi despreciada.

Por otro lado, me sorprende la carga emocional, de altivez o e incluso desprecio, que acompaña a las vanguardias e innovadores, y hasta a los críticos y eruditos que juzgan a escritores y movimientos.

Creo que en literatura, como en cualquier otra actividad humana, la presencia de innovación es buena y que se precisa de individuos o grupos que prueben nuevas formas, nuevas técnicas, nuevas ideas. La innovación nos hace avanzar y ampliar los horizontes.

Sin embargo, no puedo compartir la asunción de que toda experimentación y toda vanguardia sea excelente, ni siquiera valiosa. Mucha experimentación fracasa y no todos los experimentadores son brillantes. En ninguna ciencia, y tampoco en literatura. Habrá grandes ideas y grandes fracasos, habrá avances y retrocesos. Un experimentador no es valioso sólo por el hecho de serlo. Será estimable en la medida en que aporte realmente luz y novedades, que sea capaz de transformar e influir, que suba algún tipo de peldaño de calidad, belleza o excelencia.

Tampoco puedo compartir el desprecio por las formas establecidas. La ideas y formas dominantes lo son porque han supuesto la culminación de innovaciones anteriores, porque han pasado todos los filtros y han ganado todas las batallas. Las formas establecidas, o las que alguna vez lo han sido, fueron en algún momento la mejor expresión de la ciencia o el arte. Puede que aún lo sean...

Es lícito y es positivo el experimentar. Nos hace avanzar por un camino que nos lleva a mejorar. Pero no conviene olvidar que, en ese camino, tenemos a los lados paisajes maravillos que, en el fondo, es lo que vamos buscando. No dejemos que el ansia del camino nos impida mirar el paisaje, no consideremos avance el tomar cualquier tortuoso sendero, no nos obcecemos en mirar para adelante sin contemplar la belleza de lo que dejamos a la vera e, incluso, a nuestras espaldas.

Nota acerca de las imágenes
Las imágenes que acompañan a este artículo son detalles de obras de Adolfo Arranz, ilustrador e infógrafo de El Mundo, publicadas en su precioso blog 'La sombra del asno'.

sábado, 24 de julio de 2010

Una actitud posible ante la crítica

No me he visto nunca en la situación de ser objeto de una crítica literaria, al menos no una crítica profesional, pero imagino que las críticas negativas deben ser difíciles de digerir.

Me imagino que debe doler, por más que se tenga un talante deportivo y abierto, ver menospreciada de alguna manera una obra propia, algo a lo que se ha dedicado tiempo, esfuerzo y, probablemente, cariño.

Para esos momentos difíciles puede ser una buena idea tener en cuenta la siguiente frase de Sibelius:

"Recuerda siempre que en ninguna ciudad de Europa han erigido una estatua a un crítico."

El crítico se encuentra en una situación de seguridad y, hasta cierto punto, de superioridad respecto al escritor.

Pero no hay que olvidar que el arte, caso de producirse, no es mérito del crítico sino del escritor y la gloria, si llega, también.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La literatura como pregunta

Esto afirmaba el semiólogo frances, Roland Barthes, acerca de la naturaleza de la literatura:

"La literatura es la pregunta menos la respuesta"

Según eso, la literatura es interrogación, es búsqueda, es cuestionamiento, es duda.

¿Y tiene sentido la pregunta si no tiene respuesta?

Probablemente la respuesta sea la propia búsqueda, la propia pregunta, o el interés en la búsqueda.

Tal vez, hay conocimiento en la interrogación o, si se prefiere, y ya que de literatura hablamos, es que "se hace camino al andar"...