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domingo, 5 de junio de 2011

El mutismo de Romeo y Julieta o el valor de la propia vida como referente

Hace muchos años, creo que en un manual escolar sobre literatura o en una clase sobre el tema, leí o escuché que la literatura, en especial las novelas, presentaban vidas o hechos posibles, pero con mucho más vigor (creo que era vigor la palabra que utilizaban) que la vida real. Y de alguna forma se entendía que ese mayor "vigor", supongo que la mayor acumulación de hechos y hechos, sobre todo, mucho más interesantes y emocionantes, era lo que confería interes al relato.

Hace también algún tiempo, leyendo algo de teoría literaria, entré en contacto con el concepto de "referente". Si lo entendí bien, el referente funciona como sigue: el escritor se imagina una historia, una vida, unos hechos. Esa historia imaginaria, ese mundo posible, pero sin más adornos, es el referente. A partir de ese referente, el escritor establece cómo nos cuenta la historia, cómo utiliza los materiales que ese referente ofrece. No se trata sólo, por supuesto, de qué palabras utiliza, sino del orden en que se cuenta, ya sea de forma lineal, o intercalando diferentes momentos temporales o, más importante, lo que cuenta, el material que se explicita en la historia, lo que sólo se insinúa y lo se oculta o vela. Es decir, a partir de un material ficcional o no, pero de alguna forma neutro, el referente, el escritor construye su narración. Y gran parte del interés y el mérito literario se encontrará, no tanto en la historia en si, en el referente, sino en la forma en que el escritor utiliza ese material primigenio para construir su obra y transmitir su mensaje.

Si caemos en la tentacióin, casi diría en el error, de comparar nuestras vidas reales con las vidas imaginarias de la literatura, con esos mundos posibles, con esas historias plenas de 'vigor', podemos erróneamente infravalorar nuestra propia existencia, nuestra propia vida. Puede parecer carente de interés.Pero es un error.

No comprendemos que, actuando así, olvidamos que nuestra propia vida es sólo un referente, un material neutro. ¿Podemos imaginar todos los momentos de los grandes personajes que sus autores han omitido en aras del 'vigor'? ¿Podemos imaginar todas las pequeñas tareas y acciones del día a día que, necesariamente, cualquier personaje, por muy princesa, héroe o villano que sea, debe forzosamente ejecutar? ¿Podemos imaginarlos comiendo un bocadillo, o roncando, o tropezando en un escalón? ¿Somos capaces de imaginarlos despeinados y con legañas nada más salir de la cama?

Markus, uno de los personajes de la novela 'La delicadeza' de David Foenkinos, reflexiona en esa línea cuando, a la mañana siguiente de una satisfactoria cita romántica, es incapaz de cruzar una palabra en un pasillo con su amada Nathalie. Y hace la reflexión pensando en los amantes por excelencia, Romeo y Julieta:

"La vida son sobre todo momentos de borrrador, tachones y espacios en blanco. Shakespeare sólo invoca los momentos fuertes de sus personajes. Pero, por supuesto que Romeo y Julieta, en un pasillo, al día siguiente de una bonita velada, no tienen nada que decirse."

Quizá, lo más importante no sea tanto la reflexión propiamente literaria acerca de cómo el escritor escoge el material del referente para construir su obra. Quizá, más interesante sea la reflexión para nuestra propia vida y nuestra propia autoestima.

No despreciemos nuestra propia vida porque existan, como dice Markus, momentos de borrador, tachones y espacios en blanco. Es lo normal. Pero es que nuestra vida es sólo el referente. Nuestra historia puede tener todo el 'vigor' de las grandes novelas. Sólo hace falta que elijamos convenientemente el material de nuestro propio referente, de nuestra vida, con el queramos quedarnos, con el que queramos narrarnos.

Nuestra vida es valiosa. Hagamos de ella una obra de arte. Contemos a los demás, contémonos a nosotros mismos, una buena historia.

domingo, 13 de febrero de 2011

Metaliteratura con Vila-Matas (I): El encanto de lo soñado

Es 'Dublinesca' una novela en la que, como creo que sucede con frecuencia con la obra de Enrique Vila-Matas, se entremezclan con la trama abundantes consideraciones y reflexiones sobre la propia literatura y el quehacer y personalidad del escritor.

Aún con la lectura en curso, entresaco en este artículo, y alguno que vendrá, alguna de las ideas más llamativas. Y comienzo por una cita que, en realidad, no es del propio Enrique Vila-Matas sino de otro maestro de la reflexión: Marcel Proust.

En la novela, el protagonista, el antiguo editor Manuel Riba, recuerda un paseo por Nueva York, una ciudad largamente soñada y anhelada y cómo estando en ella "Miró una y otra vez hacia la calle, probando sin éxito a sentirse feliz rodeado de rascacielos".

Y es en ese punto cuando el protagonista recuerda al genial escritor francés y su reflexión:

"lo mismo que esas personas que salen de viaje para ver con sus propios ojos una ciudad deseada imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado.".

La decepción de Samuel Riba la explica por vía indirecta Proust.

Los sueños son, por su propia naturaleza, inasibles e inalcanzables, no al menos en su plenitud. Conllevan una idealización, una elevación de miras, una perfección, que la realidad nunca nos puede ofrecer o, al menos, no más allá de realizaciones puntuales.

No devalúa esto, sin embargo, el atractivo de los sueños. Es esa idealización un motivo para el disfrute, para el impulso a la acción y para la búsqueda de lo soñado. Es esa belleza de los sueños lo que los convierte en deseables, placenteros y motores.

No nos extrañemos, pues, de que la realidad no se encuentre a la altura de los sueños y no nos decepcionemos por no poder alcanzar en su plenitud esos sueños que nos forjamos, o aquellos que nos brinda la literatura.

La inaccesibilidad es atributo constituyente de su naturaleza y función, y en ella reside parte de su encanto.

domingo, 9 de enero de 2011

Realidad versus ficción: ¿quién supera a quién?

¿Es cierto, como dice el refrán, que la realidad supera a la ficción? ¿Qué buscaríamos entonces en la ficción literaria o, porqué no, cinematográfica o de cualquier otro tipo?

Ya hemos tratado en más de una ocasión en este blog la temática de los motivos para la lectura y escritura y, entre ellos, parecía identificarse como una causa probable la búsqueda de otras experiencias, de otros mundos posibles, unos mundos que, eventualmente, pudieran parecer más ricos, más vigorosos, más interesantes o más emocionantes.

Lo vimos cuando Carmen Martín Gaite nos asemejaba la literatura a un balcón mediante el cual asomarnos a vidas ajenas. También volvimos al tema cuando Enrique de Hériz, en su "Manual de la oscuridad" y en la voz de uno de sus personajes, nos instaba a engañar al público. No hace tanto, incluso, revisitamos el concepto adjudicándole una posible explicación neurológica a ese gusto por leer sobre vidas ajenas.

Sin embargo, el refrán parece apostar por la realidad. Y, me ha venido a la mente cuando, hace unos días, me encontraba con la siguiente cita de Robert Louis Stevenson:

"Los libros son buenos a su manera, pero son un pobre sustituto de la vida real"

¿Es esta una devaluación de la ficción? ¿Supone ésto que la literatura es un mero divertimento sin más fondo?

No lo creo. Ignoro el contexto de esta afirmación pero diría que se trata, en realidad, de una apuesta humanista por la cordura y el sentido común.

Unas vidas inventadas jamás pueden sustituir a una vida real. Esa vida real es nuestro mayor tesoro y, al tiempo, nuestra mayor obligación. La ficción no puede ser un refugio para renunciar a la vida real, para evitar sus imposiciones, sus riesgos y sus responsabilidades.

Los libros no pueden ser jamás un sustituto de la vida real. Sin embargo, sí pueden ser, y son, un fantástico ingrediente, uno de muchos, para enriquecer y endulzar esa vida real.

La realidad siempre supera, pues, a la ficción, pero no necesariamente en originalidad, variedad o audacia, sino... en realidad, en pura y simple realidad.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Manipulación de la palabra y la realidad según Luis Landero

En el que hasta ahora es su ultimo libro, "Retrato de un hombre inmaduro", Luis Landero pone en boca de su personaje principal, lo siguiente:

"No existe, no puede existir el mirar puro, porque en seguida las palabras se meten por medio y se convierten en protagonistas. Pero, por otro lado, ¡pobres palabras! Palabras que uno creía fieles y seguras de pronto las ves lucir en la boca o en la pluma de gente inicua, y entonces sientes una mezcla de piedad y de rencor por ellas. Y luego están los que trafican con las palabras, los que las violentan, las esclavizan, las falsean, las deforman, las mutilan..."

Dos interesantes aspectos en el discurso de este personaje de Landero.

Por un lado, la palabra como medio y como protagonista, como moldeadora y, en cierto modo, manipuladora de la realidad. Hasta qué punto esa realidad se ve afectada por cómo nos es contada, por cómo nos llega a través de las palabras. Un problema antiguo de resonancias casi filosóficas y que recuerda el dilema de la existencia de una realidad objetiva o de si ésta es una mera creación de nuestros sentidos. En este caso unos sentidos, a su vez, mediatizados por la pablabra. La palabra, en cualquier caso, triunfante y poderosa.

Por otra parte, la palabra como como herramienta de esa manipulación. La palabra pervertida, utilizada con fines malsanos. La palabra, ahora, débil y víctima.

Un reconocimiento, en cualquier caso, del poder de la palabra...y una llamada a la responsabilidad en el uso de la misma.