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domingo, 14 de agosto de 2016

La profundidad de la palabra escrita

"sólo ahora, cuando las palabras han tomado forma en el papel, se da cuenta del mensaje que implican. La palabra escrita puede ser más profunda que la hablada, como si el papel liberase mundos desconocidos de sus cadenas."

Jón Kalman Stefánsson
'La tristeza de los ángeles'


No soy capaz de explicar claramente por qué, pero mi experiencia, quizá la de toda persona que se pone delante de un papel o de un ordenador, lo confirma: el acto de escribir libera unas potencialidades que no se alcanzan a la palabra hablada.

Cuando se trata de ensayos o trabajos técnicos o científicos, favorece la reflexión, la ordenación de las ideas, la clarificación de estructuras y líneas argumentales. Promueve oportunidades para la revisión y autocrítica, para el destilado y la mejora.

Y cuando se trata de ficción... permite limar, cuidar, exaltar la expresión, la belleza, la claridad o el misterio pero, sobre todo, libera nuevas historias, nuevos mundos, mundos posibles gracias a nuestra mente y al benefactor y multiplicador efecto de la palabra escrita.

Quizá por eso la literatura sigue siendo tan importante. Quizá por eso la palabra sigue siendo tan poderosa...

Escribamos...

domingo, 3 de enero de 2016

Convertido en personaje

A todos los que amamos la literatura nos gusta leer, nos gusta perdernos en los mundos posibles concebidos por otros, por los escritores, vivir o contemplar vidas que otros han imaginado y que nos regalan como experiencias virtuales, como aprendizajes en cabezas ajenas, como espectáculos imaginarios...

Muchos de los que amamamos la literatura soñamos con crear literatura, soñamos con escribir y publicar. Escribir no es difícil, publicar es harina de otro costal, aunque en el nuevo mundo de Internet, se han eliminado muchas barreras.

Pero a pocos, probablemente a muy pocos de los que amamos la literatura, se nos ha pasado por la cabeza el ser personajes de una novela u obra de teatro, habitantes de uno de esos mundos posibles por otros concebidos y por otros visitados.

He pasado por las tres fases.

Por supuesto leo, mucho más que la media, mucho menos de lo que quisiera.

Y sueño con escribir. En realidad ya he escrito y lo que sueño es con publicar.

Pero lo que recientemente he conseguido, sin que al decir que he conseguido me atribuya la menor sombra de mérito en el hecho, es convertirme en personaje. Si, personaje de una ficción, personaje de una novela, habitante de un mundo posible.

En realidad, sabía que iba a suceder, lo que no sabía era cuándo ni bajo qué forma.

Hace ya mucho tiempo, no recuerdo cuánto, pero sí estoy seguro de que se cuentifica en años, un joven novelista, Rafael Martín Masot, con quien tenía el privilegio de compartir charlas, debates e, incluso, naderías, en el portal literario 'El recreo', me ofreció, al tiempo que me pedía autorización, utilizar mi nombre para convertirme en personaje de la novela que estaba escribiendo. 

No fui el único. Lo mismo hizo con otras personas del mismo foro como Miriam Cendra o Verónica Guijarro.

Pasó mucho tiempo desde entonces y ya me preguntaba si aquel proyecto literario había descarrilado, ocupada la mente y el tiempo del escritor por sus exigentes estudios de Medicina, porque Rafael era, es, como he dicho, muy joven, y un tiempo después de aquel ofrecimiento, y un tiempo después de haber escrito ya nada menos que tres novelas, iniciaba sus estudios universitarios... y no en el campo de la literatura o la filosofía, sino en el de la medicina. Probablemente, los talentos más profundos e inquietos sean multidisciplinares.

Marta y Rafael Martín Masot con la novela
Hace unos meses, el propio Rafael me avisó por correo electrónico de que la novela iba a ser publicada en Septiembre.

Ha pasado un tiempo, he comprado el libro... y lo he leído.

Y,  al final, ha sucedido, me ha sucedido, la más insospechada e improbable aspiración de un amante de la literatura: me he visto convertido en personaje.

Mi nombre consta en la novela, largo, completo, rotundo, inconfundible: Ignacio González de los Reyes-Gavilán.

¿Mi personalidad?

Un general del ejército nacional, pagado de sí mismo, orgulloso de haber acabado con muchos anarquistas,   y muy afecto al régimen franquista.

¿Qué tiene de mí ese personaje?

Creo que sólo el nombre, aunque supongo que algún paralelismo habrá avistado la imaginación de Rafael.

Pero eso da igual. El personaje ayuda al desarrollo de la trama de la novela, ayuda a construir y hacer más creíble ese mundo posible que Rafael, y su hermana Marta, han concebido, escrito y publicado. Y eso es por sí mismo un orgullo. 

A lo mejor he bailado con la más fea...pero he bailado... y el baile ha sido hermoso.

¿La novela? Si, perdón, no la había mencionado.

Detalle de la portada de 'Las horas del silencio'
Se trata de 'Las horas del silencio'... y es más que aconsejable su lectura, no porque yo sea un personaje, sino por la novela en sí misma.

Os aconsejo de corazón leerla y, por cierto, la próxima semana, en este mismo blog, haré una reseña de la misma.


domingo, 18 de agosto de 2013

Multiplicando los mundos posibles

"En el mundo real las cosas suceden solo de una manera. En la ficción hay más margen: está lo que ocurre, lo que pudo ocurrir, lo que sospechamos que ocurrirá, incluso lo que deseamos que ocurra aunque parezca improbable."

Marian Izaguirre
'La vida cuando era nuestra'

Así se expresa uno de los personajes principales de la novela 'La vida cuando la vida era nuestra' de Marian Izaguirre. Se trata de Rose, una mujer madura y culta, amante de los libros y que también se ha atrevido con la escritura de unas memorias.

La afirmación de Rose recoge una cualidad maravillosa de la literatura de ficción, la apertura de posibilidades, las que explicita o insinúa el escritor...y las que puede añadir de su cosecha, y ya en su mente o en su corazón, el lector... o los miles o millones de lectores.

El escritor crea y propone un mundo posible... y los lectores los enriquecen con base en sus experiencias, su imaginación o sus sentimientos.

Es como una ramificación eterna de ecos y posibilidades, un multiplicar de ondas en las aguas de la ficción y la imaginación a partir de una piedra lanzada por el escritor.

¿No es potente?

¿No es maravilloso?

domingo, 18 de septiembre de 2011

Mundos imposibles: licencia para imaginar

Al principio de uno de los capítulos de su libro 'Y el cerebro creó al hombre', Antonio Damasio trae a colación el siguiente pensamiento de Mark Twain:

"Mark Twain pensaba que la principal diferencia entre la ficción y la realidad era que la ficción había de ser creíble. La realidad podía permitirse ser inverosimil; la ficción, en cambio, no."

Creo entender lo que Mark Twain quería decir. Si una novela (salvo que pertenezca a género fantástico o ciencia ficción) no resulta verosímil parece que pierde credibilidad, que disminuye su valor. Es imposible no renocerlo. Incluso en los géneros fantástico y de ciencia ficción, lo irreal se concentra normalmente en unos pocos aspectos concretos mientras que el resto sigue siendo perfectamente verosímil.

Por el contrario, ¿qué le podemos reclamar a la vida? Lo que sucede, sucede, por increíble que pueda parecer y, una vez que ha sucedido, pasa a ser verosímil, puesto que ha acaecido.

La vida parece jugar con ventaja.


Pero, tal vez, las cosas no estén tan claras. Me viene a la mente, por ejemplo, la excelente novela 'El maestro y Margarita' de Mijail Bulgákov, llena de elementos imaginarios, completamente inverosímiles y, sin embargo, magistral, o los excelentes ejemplos del realismo mágico, incluyendo a mi admirado paisano Alejandro Casona. Realismo, sí, pero con mucho de mágico.

Quizá, aún teniendo su fondo de verdad, la afirmación de Twain sea en exceso pesimista. Quizá, cuando se aporta el suficiente talento, los traídos y llevados mundos posibles de la ficción no es necesario que sean tan posibles.

En el fondo, la literatura suele suponer una alianza entre escritor y lector. Si eso es así, por mi parte y en mi papel de lector, concedo desde ya a los escritores licencia para imaginar.

domingo, 5 de junio de 2011

El mutismo de Romeo y Julieta o el valor de la propia vida como referente

Hace muchos años, creo que en un manual escolar sobre literatura o en una clase sobre el tema, leí o escuché que la literatura, en especial las novelas, presentaban vidas o hechos posibles, pero con mucho más vigor (creo que era vigor la palabra que utilizaban) que la vida real. Y de alguna forma se entendía que ese mayor "vigor", supongo que la mayor acumulación de hechos y hechos, sobre todo, mucho más interesantes y emocionantes, era lo que confería interes al relato.

Hace también algún tiempo, leyendo algo de teoría literaria, entré en contacto con el concepto de "referente". Si lo entendí bien, el referente funciona como sigue: el escritor se imagina una historia, una vida, unos hechos. Esa historia imaginaria, ese mundo posible, pero sin más adornos, es el referente. A partir de ese referente, el escritor establece cómo nos cuenta la historia, cómo utiliza los materiales que ese referente ofrece. No se trata sólo, por supuesto, de qué palabras utiliza, sino del orden en que se cuenta, ya sea de forma lineal, o intercalando diferentes momentos temporales o, más importante, lo que cuenta, el material que se explicita en la historia, lo que sólo se insinúa y lo se oculta o vela. Es decir, a partir de un material ficcional o no, pero de alguna forma neutro, el referente, el escritor construye su narración. Y gran parte del interés y el mérito literario se encontrará, no tanto en la historia en si, en el referente, sino en la forma en que el escritor utiliza ese material primigenio para construir su obra y transmitir su mensaje.

Si caemos en la tentacióin, casi diría en el error, de comparar nuestras vidas reales con las vidas imaginarias de la literatura, con esos mundos posibles, con esas historias plenas de 'vigor', podemos erróneamente infravalorar nuestra propia existencia, nuestra propia vida. Puede parecer carente de interés.Pero es un error.

No comprendemos que, actuando así, olvidamos que nuestra propia vida es sólo un referente, un material neutro. ¿Podemos imaginar todos los momentos de los grandes personajes que sus autores han omitido en aras del 'vigor'? ¿Podemos imaginar todas las pequeñas tareas y acciones del día a día que, necesariamente, cualquier personaje, por muy princesa, héroe o villano que sea, debe forzosamente ejecutar? ¿Podemos imaginarlos comiendo un bocadillo, o roncando, o tropezando en un escalón? ¿Somos capaces de imaginarlos despeinados y con legañas nada más salir de la cama?

Markus, uno de los personajes de la novela 'La delicadeza' de David Foenkinos, reflexiona en esa línea cuando, a la mañana siguiente de una satisfactoria cita romántica, es incapaz de cruzar una palabra en un pasillo con su amada Nathalie. Y hace la reflexión pensando en los amantes por excelencia, Romeo y Julieta:

"La vida son sobre todo momentos de borrrador, tachones y espacios en blanco. Shakespeare sólo invoca los momentos fuertes de sus personajes. Pero, por supuesto que Romeo y Julieta, en un pasillo, al día siguiente de una bonita velada, no tienen nada que decirse."

Quizá, lo más importante no sea tanto la reflexión propiamente literaria acerca de cómo el escritor escoge el material del referente para construir su obra. Quizá, más interesante sea la reflexión para nuestra propia vida y nuestra propia autoestima.

No despreciemos nuestra propia vida porque existan, como dice Markus, momentos de borrador, tachones y espacios en blanco. Es lo normal. Pero es que nuestra vida es sólo el referente. Nuestra historia puede tener todo el 'vigor' de las grandes novelas. Sólo hace falta que elijamos convenientemente el material de nuestro propio referente, de nuestra vida, con el queramos quedarnos, con el que queramos narrarnos.

Nuestra vida es valiosa. Hagamos de ella una obra de arte. Contemos a los demás, contémonos a nosotros mismos, una buena historia.

domingo, 9 de enero de 2011

Realidad versus ficción: ¿quién supera a quién?

¿Es cierto, como dice el refrán, que la realidad supera a la ficción? ¿Qué buscaríamos entonces en la ficción literaria o, porqué no, cinematográfica o de cualquier otro tipo?

Ya hemos tratado en más de una ocasión en este blog la temática de los motivos para la lectura y escritura y, entre ellos, parecía identificarse como una causa probable la búsqueda de otras experiencias, de otros mundos posibles, unos mundos que, eventualmente, pudieran parecer más ricos, más vigorosos, más interesantes o más emocionantes.

Lo vimos cuando Carmen Martín Gaite nos asemejaba la literatura a un balcón mediante el cual asomarnos a vidas ajenas. También volvimos al tema cuando Enrique de Hériz, en su "Manual de la oscuridad" y en la voz de uno de sus personajes, nos instaba a engañar al público. No hace tanto, incluso, revisitamos el concepto adjudicándole una posible explicación neurológica a ese gusto por leer sobre vidas ajenas.

Sin embargo, el refrán parece apostar por la realidad. Y, me ha venido a la mente cuando, hace unos días, me encontraba con la siguiente cita de Robert Louis Stevenson:

"Los libros son buenos a su manera, pero son un pobre sustituto de la vida real"

¿Es esta una devaluación de la ficción? ¿Supone ésto que la literatura es un mero divertimento sin más fondo?

No lo creo. Ignoro el contexto de esta afirmación pero diría que se trata, en realidad, de una apuesta humanista por la cordura y el sentido común.

Unas vidas inventadas jamás pueden sustituir a una vida real. Esa vida real es nuestro mayor tesoro y, al tiempo, nuestra mayor obligación. La ficción no puede ser un refugio para renunciar a la vida real, para evitar sus imposiciones, sus riesgos y sus responsabilidades.

Los libros no pueden ser jamás un sustituto de la vida real. Sin embargo, sí pueden ser, y son, un fantástico ingrediente, uno de muchos, para enriquecer y endulzar esa vida real.

La realidad siempre supera, pues, a la ficción, pero no necesariamente en originalidad, variedad o audacia, sino... en realidad, en pura y simple realidad.

lunes, 1 de noviembre de 2010

¿Neuroliteratura?

¿ Por qué nos gusta leer? ¿ Qué placer encontramos en la inmersión en historias ajenas, vidas imaginadas, mundos posibles?

Parte del placer puede ser meramente técnico o estético. Apreciamos la precisión de las frases, la amplitud del vocabulario de un escritor, o sentimos que nos transmite algo bello y, por tanto, valioso.

Quizá pudiéramos pensar que el interés de la lectura es, precisamente, el vivir de manera inocua otras vidas y sentimientos, el hundirnos sin peligro físico ni emocional en hechos interesantes, en historias increíbles, conocer otras tierras y otros personajes, otras vidas, otros mundos.

Suena interesante, romántico, emocionante y, probablemente, nos hace sentir a gusto con nuestro amor por la lectura.

Sin embargo, la explicación pudiera ser otra o, más bien, una alternativa menos romántica a ese interés por otros mundos.

Me encuentro inmerso en la lectura de un libro sobre neuromarketing. Si, así como suena: neuromarketing. Se trata del libro titulado 'buyology' y su autor, Martin Lindstrom es una autoridad en la materia, o al menos alguien reconocido en lo que a conferencias y libros sobre la misma se refiere.

Sin entrar en grandes honduras, el neuromarketing aplica técnicas propias de las neurociencias al estudio de los comportamientos de compra, el reconocimiento de marca y otras preocupaciones propias del campo de la mercadotecnia. El autor expone en su libro el uso de técnicas como la resonancia magnética funcional o la tipografía de estado estable (SST) como herramientas de análisis. Con base en las áreas del cerebro excitadas ante ciertos estímulos, los estudios que se detallan son capaces de explicar nuestros comportamientos de compra o por qué preferimos unas marcas a las otras.

A lo largo de su disertación, Lindstrom explica el concepto y consecuencia de la existencia de las denominadas neuronas espejo. Este tipo de neuronas que, al parecer, se sitúan en la zona frontal inferior y en el lóbulo parietal, y que se han identificado en aves, primates y humanos, llevan a la imitación de comportamientos de otros seres, especialmente congéneres, y parecen ser responsables de, por ejemplo, los sentimientos de empatía pero, también, de comportamientos mucho más prosáicos como el imitar movimientos o acciones de otro ser. Así, si se saca la lengua delante de un primate, éste, por acción de las neuronas espejo, tenderá a sacar también la lengua. En el campo del marketing, la intervención de las neuronas espejo puede hacer que compremos los productos que observamos a nuestro alrededor, más que otros productos diferentes.

¿Y qué tiene que ver la literatura con todo esto?

Pues la primera chispa la aporta el propio Martin Lindstrom en el libro mencionado cuando, en medio de su disertación sobre las neuronas espejo, afirma:

"Según los resultados de un estudio de resonancia magnética funcional, cuando leemos un libro, esas células especializadas responden como si en realidad hiciéramos lo mismo que el personaje del libro.

En pocas palabras, repetimos-en la mente- todo lo que observamos (o leemos)
"

Si esto es así, el vivir otras vidas a través de la lectura sería algo más que una metáfora. Tendría una base neurológica y una explicación científica.

¿Nos parece que un profesional del marketing, o del neuromarketing, poco tiene que opinar sobre el placer de la lectura?

Casualmente, hace poco he finalizado la lectura de la novela 'La elegancia del erizo' de Muriel Barbery, profesora de filosofía y escritora, y nadie especialmente afecto, por tanto, a las neurociencias o al marketing.

En esa novela, Paloma, la inteligente y reflexiva niña protagonista, anota en su 'diario sobre el movimiento del mundo', la siguiente reflexión:

"Pero sobre todo se me vino a la mente otra idea, por lo de las 'neuronas espejo'. Una idea perturbadora, de hecho, y vagamente proustiana (lo cual me pone nerviosa). ¿ Y si la literatura no fuera sino una televisión que uno mira para activar sus neuronas espejo y para proporcionarse a bajo coste los escalofríos de la acción? ¿Y si, peor aún, la litaratura fuese una televisión que nos muestra todo aquello en lo que fracasamos?".

La misma idea, vista ahora desde la propia literatura y expresada por un personaje de ficción.

¿Pueden las neuronas espejo explicar nuestros gustos de lectura, o el hecho en sí de que la lectura sea un placer? ¿Existe una base científica y neurológica para el amor por la literatura? Y, si existiese, ¿resta algo de valor a la literatura, al arte y a la emoción literarias?

¿Estamos asistiendo al nacimiento de una neuroliteratura?

domingo, 8 de agosto de 2010

Una ley para la literatura de ciencia-ficción

"Todos los escritores de ciencia ficción conocen esta ley no escrita: sólo puedes romper las leyes de la física una o dos veces en cada narración. Después, lo que imperan son las leyes del mundo real."

Quien esto afirma no es un literato, sino un conocido articulista y conferenciante (y autor de algunos libros, eso sí) como es Chris Anderson quien normalmente nos habla de negocios, de globalización y de Internet.

Sin embargo, y aunque la voz pueda sonar no del todo autorizada en el campo literario, después de una consideración algo más detenida diría que tiene razón. Supongo que hasta la fantasía y la ciencia ficción precisan de una cierta verosimilitud.

Se necesita romper en algún momento las leyes de la física para crear situaciones más interesantes y futuristas, pero si se abusa de ello probablemente el efecto sea negativo: una sensación de frivolidad, de sinsentido, quizá de infantilidad o locura.

Tal vez, si se ignora esta ley, los famosos mundos posibles de la teoría de la ficción, se convierten en mundos imposibles... y tampoco se trata de eso.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Un toque de magia

"La gente quiere ser engañada: engañémosla."

Enrique de Hériz
'Manual de la oscuridad'

Este es el lema que le propone, citando a un cardenal del siglo XVI, Mario Galván, maestro de magia, a su aventajado aprendiz, Victor Losa, en la novela Manual de la oscuridad de Enrique de Hériz.

Es un lema para magos...pero que probablemente aplique enteramente a los escritores de ficción.

Muchos son los motivos posibles para la lectura pero, sin duda, uno de ellos es la evasión del día a día, el encontrar otras vidas y otras experiencias, otros sentimientos, otras emociones, otros mundos posibles ... o, incluso, imposibles. ¡Qué más da!

Ofrecemos una pizca de autoengaño a cambio de un toque de magia.

sábado, 24 de octubre de 2009

El balcón

Otro acertado comentario de Carmen Martín Gaite allá por 1978:

"El deseo de asomarnos a vidas ajenas es uno de los gérmenes más importantes de la narración"

¿ No es, en efecto, esa posibilidad de vivir otras vidas, de observarlas desde la distancia, uno de los atractivos de la lectura ? ¿ No es lo que la convierte en una inocua fuente de experiencia y conocimiento ?

¿ No es, incluso, un aliciente para la escritura esa potencialidad de recrear vidas posibles, o mundos posibles como dicen los teóricos ? ¿ No es una forma de ensayar, sin daño, posibilidades, cursos de acción, comportamientos ?

La narrativa puede ser un balcón: nos permite asomarnos a otras vidas...pero protegidos por la distancia e impunidad que nos confiere el conocer que se trata de una ficción o, en el peor de los casos, la seguridad de no tener que interaccionar realmente con los personajes y la historia.