Hace ya bastantes años, leí una viñeta cómica en que un pintor modernillo le decía a un amigo una frase algo así como: "tengo ganas de que salgan las críticas de mis cuadros para saber qué es lo que significan".Ayer leía en la inmortal obra "Anna Karenina" el pensamiento que Tolstoi pone en la cabeza del pintor Mijaílov, uno de los personajes:
"A sus críticos les reconocía una profundidad de análisis de la que él mismo carecía, y esperaba con ansiedad que descubriesen en su cuadro aspectos que él todavía no había vislumbrado. Y frecuentemente ocurría así"
...que viene a ser una expresión anterior, más literaria y menos irónica que la de la viñeta cómica.
Hace unas semanas, y en un ámbito completamente ajeno al literario, durante una explicación de la técnica de desarrollo profesional denominada evaluación 360 grados, un ponente nos decía que los demás pueden descubrir en nosotros comportamientos, positivos y negativos, de lo que nosotros mismos no somos conscientes.
Y uniendo todas esas impresiones dispersas, y trasladándolas al ámbito literario, se me ocurre preguntarme hasta dónde puede llegar el papel analítico y revelador de la crítica artística y, específicamente, literaria. ¿ Es cierto que un crítico puede descubrir aspectos interesantes o valiosos de una obra, aspectos de los que ni el propio autor es consciente ? ¿ O son las críticas alambicadas poco más que un ejercicio vacío de erudición y palabrería ? ¿ Pueden actuar las obras literarias a modo de ojo de cerradura por el que el crítico sagaz puede espíar y descubrir nuevos secretos, nuevas luces, quizá ocultas en el alma y la intención del artista ?Probablemente, y como suele suceder, haya un poco de todo: mucha crítica vacía, muchas interpretaciones arriesgadas o sin sentido, mucha palabrería huera, pero tambien es posible que, como en esas evaluaciones 360 grados, los críticos y los lectores lectores puedan descubrir en una obra aspectos o interpretaciones de los que ni el propio escritor era plenamente consciente ... y eso resulte muy enriquecedor.





Desde hace un tiempo noto que, cuando escribo un microrrelato, me gusta cada vez más dejar la historia como velada, que no sea evidente, que haya campo para la interpretación o que, al menos, el lector deba poner de su parte para entender lo que estoy contando. Noto también que, cuando leo a otros, me gusta más cuando hay ese cierto nivel de insinuación. Las historias muy directas y evidentes, la historias cargadas de datos y explicaciones, especialmente cuando tienen que ver con pensamientos o sentimientos, empiezan a parecerme un poco burdas, casi diría que poco literarias.
No puedo estar seguro, como en nada que tenga que ver con la literatura, de que esa forma de hacer las cosas sea la correcta o, sobre todo, que sea la única correcta, pero sí de que es como a mi me gusta escribir. Y pienso que, probablemente, me gusta escribirlo así, porque también me gusta que me lo cuenten así, porque me gusta leerlo así. Y puesto a improvisar hipótesis de difícil confirmación, se me ocurre que, si a los lectores, supuestamente, les gusta que les dejen la facultad de la interpretación es porque, tal vez, así lo amoldan a su gusto y es más fácil que se queden satisfechos, que la historia resuene con su modo de pensar y sentir y, sobre todo, porque, de esa forma, participando y construyendo la interpretación y la historia, los lectores son, somos, un poco protagonistas. 



