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lunes, 1 de noviembre de 2010

¿Neuroliteratura?

¿ Por qué nos gusta leer? ¿ Qué placer encontramos en la inmersión en historias ajenas, vidas imaginadas, mundos posibles?

Parte del placer puede ser meramente técnico o estético. Apreciamos la precisión de las frases, la amplitud del vocabulario de un escritor, o sentimos que nos transmite algo bello y, por tanto, valioso.

Quizá pudiéramos pensar que el interés de la lectura es, precisamente, el vivir de manera inocua otras vidas y sentimientos, el hundirnos sin peligro físico ni emocional en hechos interesantes, en historias increíbles, conocer otras tierras y otros personajes, otras vidas, otros mundos.

Suena interesante, romántico, emocionante y, probablemente, nos hace sentir a gusto con nuestro amor por la lectura.

Sin embargo, la explicación pudiera ser otra o, más bien, una alternativa menos romántica a ese interés por otros mundos.

Me encuentro inmerso en la lectura de un libro sobre neuromarketing. Si, así como suena: neuromarketing. Se trata del libro titulado 'buyology' y su autor, Martin Lindstrom es una autoridad en la materia, o al menos alguien reconocido en lo que a conferencias y libros sobre la misma se refiere.

Sin entrar en grandes honduras, el neuromarketing aplica técnicas propias de las neurociencias al estudio de los comportamientos de compra, el reconocimiento de marca y otras preocupaciones propias del campo de la mercadotecnia. El autor expone en su libro el uso de técnicas como la resonancia magnética funcional o la tipografía de estado estable (SST) como herramientas de análisis. Con base en las áreas del cerebro excitadas ante ciertos estímulos, los estudios que se detallan son capaces de explicar nuestros comportamientos de compra o por qué preferimos unas marcas a las otras.

A lo largo de su disertación, Lindstrom explica el concepto y consecuencia de la existencia de las denominadas neuronas espejo. Este tipo de neuronas que, al parecer, se sitúan en la zona frontal inferior y en el lóbulo parietal, y que se han identificado en aves, primates y humanos, llevan a la imitación de comportamientos de otros seres, especialmente congéneres, y parecen ser responsables de, por ejemplo, los sentimientos de empatía pero, también, de comportamientos mucho más prosáicos como el imitar movimientos o acciones de otro ser. Así, si se saca la lengua delante de un primate, éste, por acción de las neuronas espejo, tenderá a sacar también la lengua. En el campo del marketing, la intervención de las neuronas espejo puede hacer que compremos los productos que observamos a nuestro alrededor, más que otros productos diferentes.

¿Y qué tiene que ver la literatura con todo esto?

Pues la primera chispa la aporta el propio Martin Lindstrom en el libro mencionado cuando, en medio de su disertación sobre las neuronas espejo, afirma:

"Según los resultados de un estudio de resonancia magnética funcional, cuando leemos un libro, esas células especializadas responden como si en realidad hiciéramos lo mismo que el personaje del libro.

En pocas palabras, repetimos-en la mente- todo lo que observamos (o leemos)
"

Si esto es así, el vivir otras vidas a través de la lectura sería algo más que una metáfora. Tendría una base neurológica y una explicación científica.

¿Nos parece que un profesional del marketing, o del neuromarketing, poco tiene que opinar sobre el placer de la lectura?

Casualmente, hace poco he finalizado la lectura de la novela 'La elegancia del erizo' de Muriel Barbery, profesora de filosofía y escritora, y nadie especialmente afecto, por tanto, a las neurociencias o al marketing.

En esa novela, Paloma, la inteligente y reflexiva niña protagonista, anota en su 'diario sobre el movimiento del mundo', la siguiente reflexión:

"Pero sobre todo se me vino a la mente otra idea, por lo de las 'neuronas espejo'. Una idea perturbadora, de hecho, y vagamente proustiana (lo cual me pone nerviosa). ¿ Y si la literatura no fuera sino una televisión que uno mira para activar sus neuronas espejo y para proporcionarse a bajo coste los escalofríos de la acción? ¿Y si, peor aún, la litaratura fuese una televisión que nos muestra todo aquello en lo que fracasamos?".

La misma idea, vista ahora desde la propia literatura y expresada por un personaje de ficción.

¿Pueden las neuronas espejo explicar nuestros gustos de lectura, o el hecho en sí de que la lectura sea un placer? ¿Existe una base científica y neurológica para el amor por la literatura? Y, si existiese, ¿resta algo de valor a la literatura, al arte y a la emoción literarias?

¿Estamos asistiendo al nacimiento de una neuroliteratura?

domingo, 24 de octubre de 2010

Acerca de la autodidaxia

Encuentro entre las reflexiones de Renée, la portera que protagoniza 'La elegancia del erizo' de la francesa Muriel Barbery, un espejo de sensaciones tantas veces vividas tras innumerables y ambiciosas horas de lectura incesante.

Dice Renée:

"He leído tantos libros...

Sin embargo, como todos los autodidactas, nunca estoy segura de lo que he comprendido de mis lecturas. Un buen día me parece abarcar con una sola mirada la totalidad del saber, como si invisibles ramificaciones nacieran de pronto y unieran entre sí todas mis lecturas dispersas; y, de repente, el sentido no se deja aprehender, lo esencial se me escapa y, por mucho que lea y relea las mismas líneas, las comprendo cada vez un poco menos
"

La autodidaxia es placentera pero desestructurada: es el individuo quien elige las materias y los textos, de acuerdo tanto con sus intereses e inquietudes del momento, como con su posibilidad para conseguir los materiales de aprendizaje, una posibilidad que deriva no sólo de la capacidad física y económica para acceder a esos materiales didácticos sino también de la simple capacidad para identificar su existencia. La autodidaxia tiene, sin embargo, ese cariz de búsqueda, de aventura, de descubrimiento y realización que le confiere su carácter placentero.

El aprendizaje reglado, por contra, suele presentar mayores características de estructuración: guiados por un profesor, los contenidos se nos presentan de acuerdo a un orden y un plan plenamente establecido y los materiales que se precisan para el aprendizaje están fijados por alguien, ese profesor, que domina la materia y que nos puede descubrir textos, autores o cualquier otro tipo de material que, quizá, mediante la autodiaxia, hubiésemos tardado en descubrir o, incluso, nos hubiesen pasado inadvertidos. Por contra, el aprendizaje reglado suele adoceler de una cierta rigidez, de una tendencia al encorsetamiento, y el peligro de alejarse de las necesidades intelectuales del individuo conduciéndole por sendas que, quizá, no desea recorrer.

Renée disfruta de la lectura, encuentra placer en el consumo incesante de libros y en el descubrimiento de ideas y conocimientos, pero la falta de estructura que este método de aprendizaje supone, le hace enfrentarse también en ocasiones, con la perplejidad, con la sensación de no haber aprehendido lo que las palabras le dicen y de observar un trasunto de conceptos sin asirlos realmente.

Es, probablemente, un efecto colateral, casi inevitable, de la autodidaxia.

Es una sensacion que muchas veces he sentido, un sentimiento que comparto...