"las caras destrozadas en las ciudades costeras inglesas son las que un día besamos; las manos que alguien barre junto con los escombros son las que un día estrechamos; nuestra vida privada es la que aparece en los titulares y, sin embargo, el perro sarnoso que merodea bajo nuestra ventana nos inspira una compasión más auténtica. Cayeron Babilonia y Sodoma y el Imperio Romano, pero la ventisca invernal acuchilla con la crueldad de costumbre, y el amor, como siempre, arranca de cuajo el corazón con más fuerza que un imaginado campo de minas." Elizabeth Smart
'En Grand Central Station me senté y lloré'
Tremenda pero sutil.
Esas grandes desgracias ajenas, esas apremiantes llamadas a la compasión por lo lejano, encuentran sin embargo menos eco, un dolor menos profundo que lo cercano, que la ventisca invernal, que el desengaño amoroso, que el perro sarnoso bajo nuestra ventana.
Hay una cierta proporcionalidad entre la cercanía y el dolor que somos capaces de sentir.
¿Por qué nos cuesta tanto asumir, hacer nuestro, el dolor lejano, el del imaginado campo de minas? ¿Se trata de falta de compasión?
A lo mejor es cuestión tan solo de supervivencia, de incapacidad para hacernos cargo de tanto dolor. O, tal vez, se trata, simplemente, de falta de imaginación...








