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domingo, 1 de septiembre de 2013

Lanier y los libros (I) -El lector como héroe

No es Jaron Lanier un escritor en el sentido literario del término... aunque escribe libros. Pero su foco es la tecnología y la influencia en la sociedad, no la ficción, no la novela, el teatro o la poesía..

No obstante, tanto en la apertura como en el cierre de su última obra, 'Who owns the future?' hace dos comentarios que creo son aplicables al ámbito de la literatura.

El concepto que me llamo la atención en la apertura de su libro, y que ocupa este primer post de una serie de dos, es el de considerar al lector como un héroe. Ésta es la frase en concreto:

The very action of reading makes you the hero of the story I am telling.

Debo advertir que el sentido que probablemente le da Lanier es algo distinto al que un aficionado a la literatura, sin contexto, pueda interpretar. El libro de Lanier en que esta frase se enmarca analiza en muchos sentidos el impacto de lo digital en la sociedad, y uno de esos impactos es que las personas se acostumbran a obtener lo digital, muy especialmente los bienes culturales como pueden ser la música o los libros, de forma gratuita, en algunos casos mediante descargas o copias ilegales. Lanier propondrá un esquema de micropagos para los autores que no vaya en contra de un bajo precio para los consumidores finales. En ese sentido, el hecho de que un lector haya pagado, lo convierte en protagonista, en héroe, del modelo que Lanier propone.

No obstante, creo que se puede ir más allá y extender más allá lo heroico del lector, abarcar otros aspectos, quizá ser algo más romántico. 

¿No debe el escritor agradecer al lector que dedique su tiempo a leer la historia que el escritor ha producido? ¿No es un reconocimiento al escritor y su valía o, al menos, una oportunidad que el lector concede al escritor? ¿No es una suerte de regalo? Y, si además, el lector ha pagado, quizá no poco, por la obra que tiene en las manos... ¡Cuánto debe entonces el escritor al lector!

Tampoco nos confundamos. Existe un intercambio. El escritor ofrece su talento, sus ideas, su esfuerzo, su tiempo...

Pero a los escritores ya los admiramos.

¿Deben los escritores admirar a los lectores?

domingo, 27 de marzo de 2011

La lectura profunda o cuando el lector se hace libro

No es 'Superficiales', el último ensayo de Nicholas Carr, un libro sobre teoría literaria, ni siquiera sobre teoría humana. Sin embargo, en su intención de profundizar sobre el efecto que la dinámica de Internet produce sobre nuestras mentes, son frecuentes, e interesantes, las menciones y reflexiones sobre la litaratura en general y la lectura en particular.

Ya lo anticipábamos en el reciente artículo de este mismo blog '¿Internet contra la lectura?'. Sin embargo, vale la pena retomar el discurso un poco más adelante con nuevas ideas.

Sostiene Nicholas Carr, basándose en estudios sobre Neuroplasticidad, que la actividad intelectual que realizamos moldea nuestra forma de pensar, una influencia que no es sólo conceptual o metafórica, sino que tiene reflejo incluso anatómico en nuestro cerebro. Con esa base, analiza las formas fundamentales que la actividad intelectual ha ido adoptando y, en esa línea, afirma que tras la invención de la imprenta, la actividad intelectual ha estado dominada durante siglos por los libros, por la lectura, y que este hecho supuso un fuerte cambio frente a la tradición de la oralidad anterior...cambio que afectó a los cerebros y, por tanto, las formas de pensar. Así, nos lo dice:

"Ya los primeros lectores silenciosos reconocieron el notable cambio operado en su conciencia cuando se sumergían en las páginas de un libro."

Y profundiza más en la idea:

"Leer un libro sería un acto de meditación, pero no suponía un aclarado de la mente. Los lectores desatendían el flujo externo de estímulos para comprometerse más profundamente con el flujo interior de palabras, ideas y emociones.Ésta fue y sigue siendo la esencia del proceso mental único que implica la lectura profunda. Fue la tecnología del libro la que obró esa 'extraña anomalía' en nuestra historia psicológica. El cerebro del lector de libros era más que un cerebro para leer y escribir. Era un cerebro literario."

Asombra y estimula la definición: un cerebro literario.

Carr entiende que una parte importante del placer que se deriva de la lectura proviene de esa concentración profunda que se produce en la reposada lectura tradicional. Además, y en línea con los comentarios que a propósito de la neurociencia y su relación con la literatura vertíamos en el artículo titulado '¿Neuroliteratura?', y quizá por obra de las famosas neuronas espejo que ya mencionábamos en dicho artículo, los lectores se identifican con las tramas que leen y asumen en cierta medida como experiencias propias aquellas que encuentran en sus lecturas. Así nos lo cuenta Nicholas Carr:

"los lectores simulan mentalmente cada nueva situación que se encuentran en una narración. Los detalles de las acciones y sensaciones registrados en el texto se integran en el conocimiento personal de las experiencias pasadas."

Y si los lectores reproducen de alguna forma en sus mentes lo que leen, y si la actividad mental moldea nuestros cerebros, entonces está claro que la lectura no es una actividad pasiva, sino muy, muy activa:

"La lectura profunda ... no es un ejercicio pasivo. El lector se hace libro."

Hermosa y significativa forma de explicar lo que la lectura profunda supone: "el lector se hace libro".

Y, entonces ¿en qué nos convertimos si no leemos?

domingo, 20 de febrero de 2011

Metaliteratura con Vila-Matas (II): El lector con talento

A veces nos olvidamos de que la literatura es una calle de doble dirección.

A veces cedemos a esquemas pasivos en que el escritor aporta sus ideas, sus creaciones y su talento y el lector actúa meramente como un receptor.

En una de sus frecuentes reflexiones metaliterarias, Samuel Riba, el editor jubilado protagonista de 'Dublinesca', la última novela de Enrique Vila-Matas, sueña con un paradigma diferente. Sueña con un lector activo, inteligente y con talento.

Estas son las reflexiones de Riba:

"Sueña con un día en que la caída del hechizo del best-seller dé paso a la reaparición del lector con talento y se replanteen los términos del contrato moral entre autor y público. Sueña con un día en el que puedan respirar de nuevo los editores literarios, aquellos que se desviven por un lector activo, por un lector lo suficientemente abierto como para comprar un libro y permitir en su mente el dibujo de una conciencia radicalmente diferente de la suya propia. Cree que si se exige talento a un editor literario o a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque no hay que engañarse: el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que exigen capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas."

Riba hace esa llamada, aunque sea como anhelo y como sueño, a ese talento del lector. Un talento que tiene mucho que ver con la apertura, y una apertura que es a la vez intelectual, a nuevas ideas y concepciones, y empática, capaz de conectar con otros sentimientos y conciencias.

Esa dualidad intelectual-emocional en la conexión escritor-lector es la que lleva a Riba a acuñar el interesantísimo concepto de emoción inteligente.

Una relación escritor-lector de esta naturaleza no cabe duda de que resulta enormemente enriquecedora. Sin embargo, tal es la importancia que el viejo editor concede a esa relación bidireccional, tal su relevancia, que no sólo la interpreta como una aspiración o un deseo sino que llega a hablar, incluso, de un contrato moral entre lector y escritor, una suerte de obligación contraída por el lector para con el escritor y el editor, por el hecho de leer un libro.

Elevados requerimientos, sin duda, y difícilmente exigibles en la práctica, pero parece que el talento, el esfuerzo, el trabajo y el compromiso que supone la escritura y edición de un libro, bien se merecen algo de esfuerzo y talento también por parte del lector.

miércoles, 27 de enero de 2010

Taleb y la literatura (II): lectores exigentes

"Hoy en día los editores tienen la teoría de que 'los camioneros que leen libros, no leen libros escritos para camioneros' y que 'los lectores desprecian a los escritores que les consienten sus caprichos' "

Nassim Nicholas Taleb
'El cisne negro'

Unos párrafos más adelante del texto que reflejábamos en el post anterior, Nassim Nicholas Taleb nos trae a una Yevguenia Nikoláyevna Krasnova triunfante tras cinco años de ostracismo, una Yevguenia Nikoláyevna Krasnova cuyo libro se ha convertido en un éxito de ventas y ha sido traducido a cuarenta idiomas.

Y 'los editores', los mismos que cinco años antes vetaban la publicación de la novela de la Krasnova, ahora explican su éxito con base en los hábitos de los lectores, unos lectores exigentes que 'no consienten caprichos a los escritores', unos 'camioneros que no leen libros escritos para camioneros'.

¿Cómo estamos de cerca de ese mundo donde ha triunfado Yevguenia Nikoláyevna Krasnova? ¿Cómo de exigentes en nuestras lecturas? ¿Cómo de condescendientes con los caprichos de los escritores?

¿Triunfaría Yevguenia en nuestro mundo?

domingo, 26 de octubre de 2008

Historias veladas y protagonismo del lector

Desde hace un tiempo noto que, cuando escribo un microrrelato, me gusta cada vez más dejar la historia como velada, que no sea evidente, que haya campo para la interpretación o que, al menos, el lector deba poner de su parte para entender lo que estoy contando. Noto también que, cuando leo a otros, me gusta más cuando hay ese cierto nivel de insinuación. Las historias muy directas y evidentes, la historias cargadas de datos y explicaciones, especialmente cuando tienen que ver con pensamientos o sentimientos, empiezan a parecerme un poco burdas, casi diría que poco literarias.

Hace unas semanas, en un libro que explicaba cómo escribir una novela, y que ya hemencionado por aquí, proponía, precisamente, esa sugerencia, esa insinuación. No recuerdo cómo lo explicaba pero sí que aconsejaba eso, no ser muy evidente, dejar campo al lector para interpretar o completar la historia, contar los hechos pero dejar al lector su interpretación. Me gustó leerlo porque siempre parece, sea cierto o no, que cuando un tercero afirma lo mismo que tú, especialmente si lo hace en un libro, eso confiere más fuerza y credibilidad a tu hipótesis, casi, casi, la confirma.

No puedo estar seguro, como en nada que tenga que ver con la literatura, de que esa forma de hacer las cosas sea la correcta o, sobre todo, que sea la única correcta, pero sí de que es como a mi me gusta escribir. Y pienso que, probablemente, me gusta escribirlo así, porque también me gusta que me lo cuenten así, porque me gusta leerlo así. Y puesto a improvisar hipótesis de difícil confirmación, se me ocurre que, si a los lectores, supuestamente, les gusta que les dejen la facultad de la interpretación es porque, tal vez, así lo amoldan a su gusto y es más fácil que se queden satisfechos, que la historia resuene con su modo de pensar y sentir y, sobre todo, porque, de esa forma, participando y construyendo la interpretación y la historia, los lectores son, somos, un poco protagonistas.

(publicado en blog.com.es el 11-Mayo-2008)