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domingo, 22 de abril de 2012

Sobre el poder del lenguaje ...de nuevo

Hace años que reflexiono y alguna vez he escrito sobre el poder del lenguaje, su capacidad de influencia para el bien y para el mal, para destruir y para curar, y las implicaciones éticas que ello conlleva para todo aquel que domine el lenguaje, ya sea vía la oratoria o la escritura, literaria o periodística.

Sobre la responsabilidad que este poder implica, escribí en 2007 un breve ensayo titulado 'Palabra: poder y responsabilidad' y que guardo en mi página personal. Y sobre la capacidad terapéutica de la literatura publiqué una serie de artículos en este mismo blog, comenzando por el titulado 'Bisturí', siguiendo por 'Renuncia' y cerrando con 'Más terapia literaria'.

En cierto sentido, y a pesar de su relevancia e interés personal, lo consideraba casi un tema agotado, un asunto sobre el que ya no sabía qué más añadir.

Sin embargo, leyendo 'Piezas en fuga' de la canadiense Anne Michaels, me encuentro este bello fragmento:

"Yo ya conocía el poder que tiene el lenguaje para destruir, para omitir, para borrar. Pero la poesía, el poder que el lenguaje tiene para restaurar: esto era lo que tanto Athos como Kostas estaban intentando enseñarme."

No es tanto que el texto aporte una idea nueva. Es sólo la satisfacción y el placer que produce ver las propias ideas plasmadas en palabras de un tercero, perpetuadas en papel impreso, conformadas por una tan bella expresión.

Y es la renovación de una idea ya casi olvidada.

El lenguajes es poderoso. Poderoso para dañar y destruir. Poderoso para consolar y curar. Y poderoso para estimular y para recordar.

domingo, 6 de noviembre de 2011

El lenguaje visto como sistema complejo (II): el valor de la sinonimia y la polisemia

¿Tiene sentido la existencia de palabras polisémicas? ¿Y la de los sinónimos? ¿Cuál es la utilidad de dos o más vocablos diferentes para expresar el mismo concepto o de que una misma palabra designe ideas diferentes?

Pudiéramos pensar que, a pesar de su posible utilidad estética desde un punto de vista literario (al fin y al cabo, proporciona variedad y evita repetir palabras ypermite jugar con ambiguedades), si lo enfocamos desde un punto de vista de eficiencia del lenguaje, de su precisión y capacidad comunicativa, la polisemia y la sinonimia parecen defectos, anomalías, un tributo al origen evolutivo e informal del lenguaje.

Sin embargo, tal vez no sea así. Tal vez la sinonimia y la polisemia no constituyan una ineficiencia del lenguaje sino todo lo contrario. Al menos a esa conclusión llega Ricard Solé en su excelente libro 'Redes Complejas' en que estudia los denominados sistemas complejos, incluyendo la ecología, la epidemiología, las redes sociales, Internet, el cerebro y el lenguaje.

Necesario es, para entender el razonamiento, dar un paso atrás y recordar un par de conceptos sobre sstemas complejos, redes y mundos pequeños.

Acudiendo a la Wikipedia, obtenemos la definición de un sistema complejo como un sistema compuesto por varias partes interconectadas o entrelazadas cuyos vínculos crean información adicional no visible antes por el observador. Como resultado de las interacciones entre elementos, surgen propiedades nuevas que no pueden explicarse a partir de las propiedades de los elementos aislados. Dichas propiedades se denominan propiedades emergentes.

Una de las herramientas de estudio de los sistemas complejos son las redes y los grafos, es decir, conjuntos de objetos llamados vértices o nodos unidos por enlaces llamados aristas o arcos, que permiten representar relaciones binarias entre elementos de un conjunto.

Un tercer y relevante concepto: los mundos pequeños. Los mundos pequeños son un tipo de sistemas, un tipo de grafo para el que la mayoría de los nodos no son vecinos entre sí, pero sin embargo la mayoría de los nodos pueden ser alcanzados desde cualquier nodo origen a través de un número relativamente corto de saltos entre ellos. Y acierta el lector, y de paso obtiene una visión mucho más intuitiva de lo que un mundo pequeño significa, si asocia el concepto de mundo pequeño con la habitual expresión popular ¡Caramba, qué pequeño es el mundo!. Porque, en efecto, las redes de mundo pequeño explican esa conectividad social que conduce a estar relacionados cercanamente y de formas inimaginables con personas que creíamos muy lejanas o desconocidas.


Si se representa gráficamente un mundo pequeño, vemos nodos unidos fuerte y más o menos ordenadamente  con los nodos adyacentes. Pero, además, y esto es esencial, observamos algunos, pocos, enlaces entre nodos lejanos. Esos enlaces entre nodos lejanos, a pesar de su escaso número comparativamente hablando, son los que explican que se pueda llegar de un nodo a otro cualquiera en un número de saltos muy limitado (en redes sociales se habla de los llamados seis grados de separación). Es decir, esos pocos enlaces son los que convierten un conjunto de nodos interconectados, realmente, en un mundo pequeño. ¿Quiere el lector una visión intuitiva de lo que esto significa? Si se piensa en redes sociales, ámbito en que surgieron este tipo de investigaciones, los nodos son las personas, los enlaces son las relaciones sociales entre personas, los nodos adyacentes son las personas del mismo lugar de residencia, capa social e intereses, y los enlaces entre nodos lejanos son esas relacionas poco convencionales con personas en otro país, o de otra raza, o de otra capa social, de otro entorno profesional...en fin, fuera de las relaciones habituales.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el lenguaje, la sinonimia y la polisemia?

Ricard Solé nos cuenta diferentes estudios llevados a cabo por linguistas y científicos de sistemas complejos, muy especialmente Mariano Sigman y Guillermo Cecchi, en que se analizaban las relaciones entre palabras, es decir, pensaban en redes o grafos en que los nodos eran las palabras y los enlaces las relaciones semánticas entre ellas. Generaron una red con más de 60.000 palabras que introdujeron en un modelo de simulación por ordenador.

Cuando estudiaron las propiedades de la red generada descubrieron que se trataba...si, de un mundo pequeño, uno en el que en muy pocos saltos se podía llegar de una palabra a otra.

Posteriormente, hicieron el experimento de eliminar las palabras polisémicas y ¿qué ocurrió?. Pues que el mundo pequeño dejó de ser tan pequeño, que la distancia media, medida en número de saltos entre palabras, ahora era mucho más alta, que las palabras, de alguna forma, estaban mucho más desconectadas unas de otras.

Aunque, sin duda, una profunda comprensión del estudio, de sus supuestos y aplicabilidad de conclusiones, precisaría de muchas más explicaciones, parece conlegirse que las palabras polisémicas añaden una notable eficiencia al lenguaje al poner en contacto unas palabras con otras, actuando como esos enlaces entre nodos lejanos que convierten una red compleja en lo que se denomina un mundo pequeño. Así concluye Ricard Solé:

"Paradójicamente, pues, la ambiguedad introducida por la polisemia resulta ser una propiedad enormemente útil: en lugar de introducir ineficiencia, hace de hecho la asociación semántica mucho más fácil y fluida. Ésta puede ser la razón de la presencia universal de esta clase de palabras en todos los lenguajes del mundo".

¿Quién nos iba a decir que las redes sociales iban a acabar ayudándonos a explicar la utilidad de las palabras polisémicas?

Desde luego ¡qué pequeño es el mundo!

domingo, 30 de octubre de 2011

El lenguaje visto como sistema complejo (I): una explosión combinatoria

¿Ha tenido el lector alguna vez la tentación de preguntarse cuántas palabras son posibles en nuestro idioma o cuántas frases diferentes se pueden generar o, quizá, cuántas novelas o poemas se pueden construir?

La respuesta es sencilla: infinitas...siempre que no se ponga una limitación a la extensión de las palabras, frases o novelas. Sin embargo, esa respuesta no satisface nuestra curiosidad, ni nos proporciona una idea medianamente concreta de lo que estamos hablando.

Recientemente he finalizado la lectura de un libro apasionante, 'Redes complejas' de Ricard Solé, que estudia diversos sistemas complejos enfocándolos como redes. Entre esos sistemas complejos se encuentran Internet, la ecología o el genoma humano.... Y también el lenguaje.

Y es en el ámbito de ese estudio del lenguaje como sistema complejo en el que el autor nos proporciona algunos datos, algunas aproximaciones, que pueden calmar nuestra curiosidad.

Primero, hace una valoración del número de sílabas que se pueden constuir:

"imaginemos que combinamos esas letras en forma de sílabas. El conjunto de posibles pares o tríos de letras que podemos generar es ya considerable: si partimos de unas 25 letras tendremos 25 x 25 = 625 posibles pares y 25 x 25 x 25 = 15.625 posibles tríos."

El autor razona con lógica y sabe que algunas de esas combinaciones, pares o tríos, no son viables por problemas, por ejemplo, fonéticos, pero ya se ve que en algo tan sencillo como una sílaba las combinaciones teóricamente posibles son abundantes.

Luego, se detiene a estimar el número de palabras. Aunque sería posible intentar hacer una aproximación de tipo combinatorio, el autor prefiere para este caso un enfoque más práctico y heurístico, a saber, ver cuántas palabras contiene un diccionario de prestigio. Así, nos aporta el dato de que el Oxford English Dictionary define unas 300.000 palabras distintas y el autor entiende que en otras lenguas el resultado sería del mismo orden de magnitud.

Luego, se atreve ya con frases ... y aquí es donde la explosión combinatoria se nos va fuera de toda escala. Así lo razona:

"Podemos obtener una estimación aproximada si suponemos que las frases tienen una longitud media de, digamos, unas seis palabras.Teniendo en cuenta que en la mayoría de lenguajes, sus hablantes emplean unas cinco mil palabras básicas, si las palabras pudieran combinarse entre sí de todas las formas posibles, el número de frases posibles sería del orden de seis elevado a cinco mil, que nos daría unos

1.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000


de frases, más de las que desde luego nunca han sido o serán pronunciadas por todos los seres humanos que han vivido y muerto en nuestro planeta."

Y, para rematar la faena, un breve comentario sobre ya libros completos:

"Las combinaciones posibles han estallado y ni el universo entero es suficiente para almacenar nuestros datos. Y nada puede ya detenernos: ¿Cuántos libros podrían escribirse?"

Las formas de cálculo son estimativas, no responden a una teoría firme aunque sí a aproximaciones razonables y rigurosas, pero ya nos alumbran con claridad el hecho de la enorme complejidad y brillantez de este artefacto que es el lenguaje, de su incomparable potencia construida a partir de poco más de una veintena de componentes básicos como son las letras.

Aparte de entusiasmarnos con la potencia del lenguaje, o de sentirnos abrumados con su complejidad, hay un par de consecuencias adicionales que quizá podríamos extraer.

La primera es que no existe excusa para el plagio. Con tantos millones y millones de posibilidades diferentes incluso para simples frases, no hay justificación posible para copiar la obra de un tercero.

La segunda, es que tampoco existe excusa para la falta de creatividad e innovación. Existen trillones y trillones de novelas aún no escritas, de poemas aún por recitar, de relatos por contar, de formas e historias por explorar.

Los números cantan: la originalidad y la innovación en formas y contenidos son matemáticamente posibles.