Marcos Giralt Torrente, en su libro 'Tiempo de vida' nos ofrece, aparte de un descarnado recorrido por la conflictiva relación con su padre, alguna interesante reflexión, algún apunte o insinuación de temas sobre los que interesa pensar.
Así, por ejemplo, al recordar la relación entre él, escritor, y su padre, pintor, Marcos compara también, de alguna manera, las vocaciones pictórica y la literaria. Apunta a que, quizá, si no hubiese sido por ese conflicto con el padre, la inclinación artística natural del propio Marcos Giralt Torrente podría haber sido la pintura, más que la literatura.
Y esto me lleva a preguntarme hasta qué punto existe un nexo común, una raíz compartida, entre las diferentes artes o vocaciones artísticas: literatura, pintura, escultura o, incluso, cine.
Desde luego, los medios y las técnicas se encuentran alejados y, por ello, son superficialmente distantes. Sin embargo, puede que lata en todas ellas un sustrato común que entronque tanto con la necesidad de comunicar, de transmitir ideas y emociones, como con la de intentar comprenderse a uno mismo y al mundo, y ante la imposibilidad de enfrentar este análisis mediante técnicas científicas o racionales, el recurso a mecanismos más intuitivos, más evanescentes e, incluso, más emocionales, como son los que ofrecen las diferentes artes.
En ese sentido, la vocación artística podría ser común y lo que cambiaría, el arte concreta elegida, podría tener que ver con el contexto, el aprendizaje, el dominio de una técnica o una preferencia de naturaleza relativamente superficial, más que con las motivaciones profundas.
Eso explicaría, además, el caso de los artistas que han desarrollado diferentes manifestaciones, pintura y escultura, por ejemplo.
Puede, por tanto, y lo apunto como una simple hipótesis, que las diferentes artes se interconecten entre sí, que sean una suerte de vasos comunicantes con conductos emocionales que unen la necesidad de expresión y el análisis de la realidad.
domingo, 14 de noviembre de 2010
domingo, 7 de noviembre de 2010
La oportunidad de lo autobiográfico
En su libro 'Tiempo de vida', un libro muy íntimo, con mucho de autobiografía y casi, casi de confesión, el autor Marcos Giralt Torrente, recuerda un consejo recibido al inicio de su carrera como escritor, un consejo que en principio siguió:
"Había leído, o alguien me había advertido, un escritor, quizá mi propio abuelo materno, que no es recomendable en las primeras obras retratarse mediante la escritura, que obtura la imaginación y crea vicios difíciles de reparar".
Creo que es una tentación habitual, especialmente en autores noveles, el recurso a la autobiografía, a la propia experiencia. Tal vez se trate de expresar lo que se lleva dentro, o tal vez falta de imaginación para idear nuevos mundos e historias.
No tengo un juicio claro acerca de si esa tentación es un defecto o no. Sí que pienso que para expresar lo más íntimo, lo más profundo, lo más de uno mismo, para lo que, de alguna manera, debería ser la obra cumbre del escritor, quizá resultase conveniente una mayor madurez y experiencia, madurez que no parece pueda alcanzarse en una ópera prima. Este argumento podría desaconsejar recurrir a lo autobiográfico en una primer libro.
El consejo que dan a Giralt Torrente, por su parte, parece tener que ver más bien con evitar vicios y con no atrofiar la imaginación.
Sea como fuere, y aunque no los considero juicios firmes, ni argumentos del todo sólidos, ambas visiones parecen desaconsejar, por inoportuno, el uso de material de la propia experiencia en las primeras obras de ficción a la espera de mejores momentos.
¿Se tratará esto de un criterio generalizable para todo escritor?
"Había leído, o alguien me había advertido, un escritor, quizá mi propio abuelo materno, que no es recomendable en las primeras obras retratarse mediante la escritura, que obtura la imaginación y crea vicios difíciles de reparar".
Creo que es una tentación habitual, especialmente en autores noveles, el recurso a la autobiografía, a la propia experiencia. Tal vez se trate de expresar lo que se lleva dentro, o tal vez falta de imaginación para idear nuevos mundos e historias.
No tengo un juicio claro acerca de si esa tentación es un defecto o no. Sí que pienso que para expresar lo más íntimo, lo más profundo, lo más de uno mismo, para lo que, de alguna manera, debería ser la obra cumbre del escritor, quizá resultase conveniente una mayor madurez y experiencia, madurez que no parece pueda alcanzarse en una ópera prima. Este argumento podría desaconsejar recurrir a lo autobiográfico en una primer libro.
El consejo que dan a Giralt Torrente, por su parte, parece tener que ver más bien con evitar vicios y con no atrofiar la imaginación.
Sea como fuere, y aunque no los considero juicios firmes, ni argumentos del todo sólidos, ambas visiones parecen desaconsejar, por inoportuno, el uso de material de la propia experiencia en las primeras obras de ficción a la espera de mejores momentos.
¿Se tratará esto de un criterio generalizable para todo escritor?
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lunes, 1 de noviembre de 2010
¿Neuroliteratura?
¿ Por qué nos gusta leer? ¿ Qué placer encontramos en la inmersión en historias ajenas, vidas imaginadas, mundos posibles?
Parte del placer puede ser meramente técnico o estético. Apreciamos la precisión de las frases, la amplitud del vocabulario de un escritor, o sentimos que nos transmite algo bello y, por tanto, valioso.
Quizá pudiéramos pensar que el interés de la lectura es, precisamente, el vivir de manera inocua otras vidas y sentimientos, el hundirnos sin peligro físico ni emocional en hechos interesantes, en historias increíbles, conocer otras tierras y otros personajes, otras vidas, otros mundos.
Suena interesante, romántico, emocionante y, probablemente, nos hace sentir a gusto con nuestro amor por la lectura.
Sin embargo, la explicación pudiera ser otra o, más bien, una alternativa menos romántica a ese interés por otros mundos.
Me encuentro inmerso en la lectura de un libro sobre neuromarketing. Si, así como suena: neuromarketing. Se trata del libro titulado 'buyology' y su autor, Martin Lindstrom es una autoridad en la materia, o al menos alguien reconocido en lo que a conferencias y libros sobre la misma se refiere.
Sin entrar en grandes honduras, el neuromarketing aplica técnicas propias de las neurociencias al estudio de los comportamientos de compra, el reconocimiento de marca y otras preocupaciones propias del campo de la mercadotecnia. El autor expone en su libro el uso de técnicas como la resonancia magnética funcional o la tipografía de estado estable (SST) como herramientas de análisis. Con base en las áreas del cerebro excitadas ante ciertos estímulos, los estudios que se detallan son capaces de explicar nuestros comportamientos de compra o por qué preferimos unas marcas a las otras.
A lo largo de su disertación, Lindstrom explica el concepto y consecuencia de la existencia de las denominadas neuronas espejo. Este tipo de neuronas que, al parecer, se sitúan en la zona frontal inferior y en el lóbulo parietal, y que se han identificado en aves, primates y humanos, llevan a la imitación de comportamientos de otros seres, especialmente congéneres, y parecen ser responsables de, por ejemplo, los sentimientos de empatía pero, también, de comportamientos mucho más prosáicos como el imitar movimientos o acciones de otro ser. Así, si se saca la lengua delante de un primate, éste, por acción de las neuronas espejo, tenderá a sacar también la lengua. En el campo del marketing, la intervención de las neuronas espejo puede hacer que compremos los productos que observamos a nuestro alrededor, más que otros productos diferentes.
¿Y qué tiene que ver la literatura con todo esto?
Pues la primera chispa la aporta el propio Martin Lindstrom en el libro mencionado cuando, en medio de su disertación sobre las neuronas espejo, afirma:
"Según los resultados de un estudio de resonancia magnética funcional, cuando leemos un libro, esas células especializadas responden como si en realidad hiciéramos lo mismo que el personaje del libro.
En pocas palabras, repetimos-en la mente- todo lo que observamos (o leemos)"
Si esto es así, el vivir otras vidas a través de la lectura sería algo más que una metáfora. Tendría una base neurológica y una explicación científica.
¿Nos parece que un profesional del marketing, o del neuromarketing, poco tiene que opinar sobre el placer de la lectura?
Casualmente, hace poco he finalizado la lectura de la novela 'La elegancia del erizo' de Muriel Barbery, profesora de filosofía y escritora, y nadie especialmente afecto, por tanto, a las neurociencias o al marketing.
En esa novela, Paloma, la inteligente y reflexiva niña protagonista, anota en su 'diario sobre el movimiento del mundo', la siguiente reflexión:
"Pero sobre todo se me vino a la mente otra idea, por lo de las 'neuronas espejo'. Una idea perturbadora, de hecho, y vagamente proustiana (lo cual me pone nerviosa). ¿ Y si la literatura no fuera sino una televisión que uno mira para activar sus neuronas espejo y para proporcionarse a bajo coste los escalofríos de la acción? ¿Y si, peor aún, la litaratura fuese una televisión que nos muestra todo aquello en lo que fracasamos?".
La misma idea, vista ahora desde la propia literatura y expresada por un personaje de ficción.
¿Pueden las neuronas espejo explicar nuestros gustos de lectura, o el hecho en sí de que la lectura sea un placer? ¿Existe una base científica y neurológica para el amor por la literatura? Y, si existiese, ¿resta algo de valor a la literatura, al arte y a la emoción literarias?
¿Estamos asistiendo al nacimiento de una neuroliteratura?
Parte del placer puede ser meramente técnico o estético. Apreciamos la precisión de las frases, la amplitud del vocabulario de un escritor, o sentimos que nos transmite algo bello y, por tanto, valioso.
Quizá pudiéramos pensar que el interés de la lectura es, precisamente, el vivir de manera inocua otras vidas y sentimientos, el hundirnos sin peligro físico ni emocional en hechos interesantes, en historias increíbles, conocer otras tierras y otros personajes, otras vidas, otros mundos.
Suena interesante, romántico, emocionante y, probablemente, nos hace sentir a gusto con nuestro amor por la lectura.
Sin embargo, la explicación pudiera ser otra o, más bien, una alternativa menos romántica a ese interés por otros mundos.
Me encuentro inmerso en la lectura de un libro sobre neuromarketing. Si, así como suena: neuromarketing. Se trata del libro titulado 'buyology' y su autor, Martin Lindstrom es una autoridad en la materia, o al menos alguien reconocido en lo que a conferencias y libros sobre la misma se refiere.
Sin entrar en grandes honduras, el neuromarketing aplica técnicas propias de las neurociencias al estudio de los comportamientos de compra, el reconocimiento de marca y otras preocupaciones propias del campo de la mercadotecnia. El autor expone en su libro el uso de técnicas como la resonancia magnética funcional o la tipografía de estado estable (SST) como herramientas de análisis. Con base en las áreas del cerebro excitadas ante ciertos estímulos, los estudios que se detallan son capaces de explicar nuestros comportamientos de compra o por qué preferimos unas marcas a las otras.
A lo largo de su disertación, Lindstrom explica el concepto y consecuencia de la existencia de las denominadas neuronas espejo. Este tipo de neuronas que, al parecer, se sitúan en la zona frontal inferior y en el lóbulo parietal, y que se han identificado en aves, primates y humanos, llevan a la imitación de comportamientos de otros seres, especialmente congéneres, y parecen ser responsables de, por ejemplo, los sentimientos de empatía pero, también, de comportamientos mucho más prosáicos como el imitar movimientos o acciones de otro ser. Así, si se saca la lengua delante de un primate, éste, por acción de las neuronas espejo, tenderá a sacar también la lengua. En el campo del marketing, la intervención de las neuronas espejo puede hacer que compremos los productos que observamos a nuestro alrededor, más que otros productos diferentes.
¿Y qué tiene que ver la literatura con todo esto?
Pues la primera chispa la aporta el propio Martin Lindstrom en el libro mencionado cuando, en medio de su disertación sobre las neuronas espejo, afirma:
"Según los resultados de un estudio de resonancia magnética funcional, cuando leemos un libro, esas células especializadas responden como si en realidad hiciéramos lo mismo que el personaje del libro.
En pocas palabras, repetimos-en la mente- todo lo que observamos (o leemos)"
Si esto es así, el vivir otras vidas a través de la lectura sería algo más que una metáfora. Tendría una base neurológica y una explicación científica.
¿Nos parece que un profesional del marketing, o del neuromarketing, poco tiene que opinar sobre el placer de la lectura?
Casualmente, hace poco he finalizado la lectura de la novela 'La elegancia del erizo' de Muriel Barbery, profesora de filosofía y escritora, y nadie especialmente afecto, por tanto, a las neurociencias o al marketing.
En esa novela, Paloma, la inteligente y reflexiva niña protagonista, anota en su 'diario sobre el movimiento del mundo', la siguiente reflexión:
"Pero sobre todo se me vino a la mente otra idea, por lo de las 'neuronas espejo'. Una idea perturbadora, de hecho, y vagamente proustiana (lo cual me pone nerviosa). ¿ Y si la literatura no fuera sino una televisión que uno mira para activar sus neuronas espejo y para proporcionarse a bajo coste los escalofríos de la acción? ¿Y si, peor aún, la litaratura fuese una televisión que nos muestra todo aquello en lo que fracasamos?".
La misma idea, vista ahora desde la propia literatura y expresada por un personaje de ficción.
¿Pueden las neuronas espejo explicar nuestros gustos de lectura, o el hecho en sí de que la lectura sea un placer? ¿Existe una base científica y neurológica para el amor por la literatura? Y, si existiese, ¿resta algo de valor a la literatura, al arte y a la emoción literarias?
¿Estamos asistiendo al nacimiento de una neuroliteratura?
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domingo, 24 de octubre de 2010
Acerca de la autodidaxia
Encuentro entre las reflexiones de Renée, la portera que protagoniza 'La elegancia del erizo' de la francesa Muriel Barbery, un espejo de sensaciones tantas veces vividas tras innumerables y ambiciosas horas de lectura incesante.
Dice Renée:
"He leído tantos libros...
Sin embargo, como todos los autodidactas, nunca estoy segura de lo que he comprendido de mis lecturas. Un buen día me parece abarcar con una sola mirada la totalidad del saber, como si invisibles ramificaciones nacieran de pronto y unieran entre sí todas mis lecturas dispersas; y, de repente, el sentido no se deja aprehender, lo esencial se me escapa y, por mucho que lea y relea las mismas líneas, las comprendo cada vez un poco menos"
La autodidaxia es placentera pero desestructurada: es el individuo quien elige las materias y los textos, de acuerdo tanto con sus intereses e inquietudes del momento, como con su posibilidad para conseguir los materiales de aprendizaje, una posibilidad que deriva no sólo de la capacidad física y económica para acceder a esos materiales didácticos sino también de la simple capacidad para identificar su existencia. La autodidaxia tiene, sin embargo, ese cariz de búsqueda, de aventura, de descubrimiento y realización que le confiere su carácter placentero.
El aprendizaje reglado, por contra, suele presentar mayores características de estructuración: guiados por un profesor, los contenidos se nos presentan de acuerdo a un orden y un plan plenamente establecido y los materiales que se precisan para el aprendizaje están fijados por alguien, ese profesor, que domina la materia y que nos puede descubrir textos, autores o cualquier otro tipo de material que, quizá, mediante la autodiaxia, hubiésemos tardado en descubrir o, incluso, nos hubiesen pasado inadvertidos. Por contra, el aprendizaje reglado suele adoceler de una cierta rigidez, de una tendencia al encorsetamiento, y el peligro de alejarse de las necesidades intelectuales del individuo conduciéndole por sendas que, quizá, no desea recorrer.
Renée disfruta de la lectura, encuentra placer en el consumo incesante de libros y en el descubrimiento de ideas y conocimientos, pero la falta de estructura que este método de aprendizaje supone, le hace enfrentarse también en ocasiones, con la perplejidad, con la sensación de no haber aprehendido lo que las palabras le dicen y de observar un trasunto de conceptos sin asirlos realmente.
Es, probablemente, un efecto colateral, casi inevitable, de la autodidaxia.
Es una sensacion que muchas veces he sentido, un sentimiento que comparto...
Dice Renée:
"He leído tantos libros...
Sin embargo, como todos los autodidactas, nunca estoy segura de lo que he comprendido de mis lecturas. Un buen día me parece abarcar con una sola mirada la totalidad del saber, como si invisibles ramificaciones nacieran de pronto y unieran entre sí todas mis lecturas dispersas; y, de repente, el sentido no se deja aprehender, lo esencial se me escapa y, por mucho que lea y relea las mismas líneas, las comprendo cada vez un poco menos"
La autodidaxia es placentera pero desestructurada: es el individuo quien elige las materias y los textos, de acuerdo tanto con sus intereses e inquietudes del momento, como con su posibilidad para conseguir los materiales de aprendizaje, una posibilidad que deriva no sólo de la capacidad física y económica para acceder a esos materiales didácticos sino también de la simple capacidad para identificar su existencia. La autodidaxia tiene, sin embargo, ese cariz de búsqueda, de aventura, de descubrimiento y realización que le confiere su carácter placentero.
El aprendizaje reglado, por contra, suele presentar mayores características de estructuración: guiados por un profesor, los contenidos se nos presentan de acuerdo a un orden y un plan plenamente establecido y los materiales que se precisan para el aprendizaje están fijados por alguien, ese profesor, que domina la materia y que nos puede descubrir textos, autores o cualquier otro tipo de material que, quizá, mediante la autodiaxia, hubiésemos tardado en descubrir o, incluso, nos hubiesen pasado inadvertidos. Por contra, el aprendizaje reglado suele adoceler de una cierta rigidez, de una tendencia al encorsetamiento, y el peligro de alejarse de las necesidades intelectuales del individuo conduciéndole por sendas que, quizá, no desea recorrer.
Renée disfruta de la lectura, encuentra placer en el consumo incesante de libros y en el descubrimiento de ideas y conocimientos, pero la falta de estructura que este método de aprendizaje supone, le hace enfrentarse también en ocasiones, con la perplejidad, con la sensación de no haber aprehendido lo que las palabras le dicen y de observar un trasunto de conceptos sin asirlos realmente.
Es, probablemente, un efecto colateral, casi inevitable, de la autodidaxia.
Es una sensacion que muchas veces he sentido, un sentimiento que comparto...
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domingo, 19 de septiembre de 2010
La escritura compartida
Me encuentro leyendo una novela entretenida aunque, por lo demás, poco relevante, pero que tiene la particularidad de que está firmada, y supongo pues que escrita, por dos autores.Se trata este hecho de algo, la escritura compartida, la escritura por varios autores, que me resulta difícil de entender. Y no es que el caso de los autores de la novela que me ocupa sea un caso absolutamente aislado. Existen antecedentes tan relevantes como el de los hermanos Grimm o, ya en nuestro pais, los hermanos Alvarez Quintero.
Está claro, por tanto, que es posible y, en ocasiones, muy fructífero.
Sin embargo me resulta difícil de imaginar. Existen, por un lado, dificultades técnicas y de estilo: cómo mantener un estilo uniforme, una misma manera de expresarse, un parecido vocabulario.
Requiere, además, un profunda compenetración, una comunidad de intereses y una generosidad para que las opiniones, gustos o egos de cada uno de los co-autores no supongan fricciones, infructuosos debates o rupturas.
Pero incluso estas dos dificultades, el estilo y el ego, aunque complejas, me parecen salvables.
Lo que más me cuesta asumir es lo que afecta a los aspectos más creativos y profundos. Concibo la escritura como una experiencia muy personal, como un viaje que emprende el escritor acompañado por sus personajes y su historia, unos personajes y una historia que, además, no le pertenecen completamente sino que tiene su vida propia, un viaje en que con frecuencia se descubre a si mismo, se piensa a sí mismo.
¿Cómo compartir esa riqueza de reflexiones y sentimientos? ¿Cómo tener tal resonancia intelectual y sentimental con otra persona?
Quizá, renunciando a ese aspecto de viaje personal, la colaboración sea más sencilla pero, ¿vale la pena dicha renuncia?
Puede que la colaboración se produzca de formas más sencillas a las que me imagino. Puede que los temas elegidos para la escritura en común sean relativamente superficiales y, por ello, no impliquen tan profundamente la personalidad del escritor.
Puede que el truco se encuentre en asignar roles. Quizá, uno de los co-autores es más bien el ideólogo, el guionista, el que concibe la historia, mientras que el otro aporta una mayor habilidad para traducir eso en palabras. O puede que se repartan las perspectivas de diferentes personajes (esto podría ser un más que interesante experimento psicológico-literario). O quizá existan otros repartos de roles que en este momento no acierto a imaginar.
Tal vez se trate de que los poco frecuentes casos de escritura compartida tengan lugar entre personas profundamente unidas tanto en su historia personal como en sus sentimientos e intereses (no deja de ser relevante que las dos parejas puestas como ejemplos sean hermanos) y por ello exista una comunión que salva todas las dificultades.
Quizá, la experiencia de compartir con otro ser humano ideas, emociones y sentimientos compense a los 'escritores colaborativos' la renuncia parcial a su propia iniciativa e identidad.
No es la escritura compartida un fenómeno que acabe de asimilar. Pero está claro que, en ocasiones, en extrañas ocasiones, produce grandes frutos.
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sábado, 11 de septiembre de 2010
Vida propia
No todo se puede planificar en un texto escrito. Hay un momento en que los personajes o los argumentos parecen cobrar vida propia, decidir por ellos mismos lo que quieren hacer y a dónde quieren ir. Momentos en que el escritor es casi más un expectador, un transcriptor de unas ideas o unos hechos que parecen decidir por sí mismos.En mi modesta experiencia de escritura, tanto de ficción como de no ficción, la idea del relato, el poema o el artículo surge en mi mente y poco a poco va tomando forma, una forma etérea e intangible, eso sí, como todo lo que en nuestra mente anida. Llega un momento, sin embargo, en que parece madura, en que reclama ser escrita, en que los cabos parecen atados, el todo coherente.
Y entonces sucede la magia.
Es un momento decisivo el del inicio de la escritura, la primera encarnación en palabras de lo que antes fueron sólo ideas. En ese momento se perfila el resultado y se intuye si el texto va a ser exitoso o, por el contrario, un pálido reflejo de lo que quiso ser.
Aún si el inicio es prometedor, no queda su destino en nuestras manos. El texto avanza, y en el esfuerzo por llevar al papel nuestras ideas, toma caminos imprevistos, escoge desarrollos inesperados. Los argumentos se estancan o alumbran nuevos recovecos.No se puede planificar completamente un texto escrito. Al menos yo no puedo. Los textos tienen vida propia. Puede que una parte del placer de la escritura estribe, precisamente, en descubrir a dónde nos va a conducir esa idea primigenia al ser desarrollada, al ser convertida en, o más bien perseguida con, palabras.
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domingo, 5 de septiembre de 2010
Innovación en literatura: el camino y el paisaje
Ya hace casi dos años hablaba en este mismo blog acerca de la innovación en literatura. Es un tema que, de forma recurrente, me llama la atención desde que hace ya bastantes años cursé por primera vez la asignatura de literatura en el bachillerato y tuve las primeras explicaciones, más o menos detalladas, acerca de los distintos movimientos literarios, sus diferencias y aportaciones.En esta ocasión ha vuelto a mi mente al leer, hará un par de semanas, la introducción al poemario 'Arde el mar' de Pere Gimferrer en su edición de Cátedra.
Y lo que me llama la atención, y lo que ese prólogo me recordó, son dos asuntos interrelacionados.
Por un lado, el hecho de que, con frecuencia, parece que la innovación sea un valor en sí misma, que casi cualquier vanguardia o experimento se considere valioso por el hecho de serlo y que, sin embargo, la literatura más acomodada a modelos ya probados sea minusvalorada, casi despreciada.
Por otro lado, me sorprende la carga emocional, de altivez o e incluso desprecio, que acompaña a las vanguardias e innovadores, y hasta a los críticos y eruditos que juzgan a escritores y movimientos.
Creo que en literatura, como en cualquier otra actividad humana, la presencia de innovación es buena y que se precisa de individuos o grupos que prueben nuevas formas, nuevas técnicas, nuevas ideas. La innovación nos hace avanzar y ampliar los horizontes.
Sin embargo, no puedo compartir la asunción de que toda experimentación y toda vanguardia sea excelente, ni siquiera valiosa. Mucha experimentación fracasa y no todos los experimentadores son brillantes. En ninguna ciencia, y tampoco en literatura. Habrá grandes ideas y grandes fracasos, habrá avances y retrocesos. Un experimentador no es valioso sólo por el hecho de serlo. Será estimable en la medida en que aporte realmente luz y novedades, que sea capaz de transformar e influir, que suba algún tipo de peldaño de calidad, belleza o excelencia.
Tampoco puedo compartir el desprecio por las formas establecidas. La ideas y formas dominantes lo son porque han supuesto la culminación de innovaciones anteriores, porque han pasado todos los filtros y han ganado todas las batallas. Las formas establecidas, o las que alguna vez lo han sido, fueron en algún momento la mejor expresión de la ciencia o el arte. Puede que aún lo sean...Es lícito y es positivo el experimentar. Nos hace avanzar por un camino que nos lleva a mejorar. Pero no conviene olvidar que, en ese camino, tenemos a los lados paisajes maravillos que, en el fondo, es lo que vamos buscando. No dejemos que el ansia del camino nos impida mirar el paisaje, no consideremos avance el tomar cualquier tortuoso sendero, no nos obcecemos en mirar para adelante sin contemplar la belleza de lo que dejamos a la vera e, incluso, a nuestras espaldas.
Nota acerca de las imágenes
Las imágenes que acompañan a este artículo son detalles de obras de Adolfo Arranz, ilustrador e infógrafo de El Mundo, publicadas en su precioso blog 'La sombra del asno'.
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