domingo, 14 de junio de 2009

Efectos colaterales del amor a la literatura

Este fin de semana, me he leído de un tirón "84, Charing Cross Road" la obra de Helen Hanff que recoge el intercambio epistolar entre ella, y los empleados de la librería Marks & Co. de Londres. Una obra que, por encima de todo, refleja una forma de amor profundo por los libros y la literatura.

Y, a propósito de ello, me he puesto a pensar en aquellos amores colaterales que rodean al amor a la literatura en sí. Creo que amar los libros, amar la literatura es, ante todo, amar las palabras, amar los textos, lo que los libros nos cuentan y cómo nos lo cuentan.

Sin embargo, no son infrecuentes, entre los amantes de la literatura, la aparición de otros amores secundarios, de una especie de efectos colaterales.

Uno de ellos, sería el amor por las librerías y por lo que de placer tiene la experiencia de búsqueda y compra de libros: pasearse por el interior de librerias con encanto, bucear entre estantes sin un destino fijo esperando descubrir joyas ocultas, recibir el consejo de un buen librero, ojear volúmenes, examinar contraportadas, leer párrafos al azar...

Otro amor colateral sería el amor por el libro como objeto. Hace un tiempo, hablaba con un conocido sobre libros y me preguntó que si yo era bibliófilo...e iba a contestarle afirmativamente cuando me di cuenta de que lo que me preguntaba era si me gustaban las ediciones de lujo, los facsímiles, los libros raros... No supe muy bien qué contestar pero ya entonces me di cuenta de que ésta es otra forma de amar los libros: amar su tacto y su contacto, buscar ediciones lujosas o curiosas, valorar el tipo de papel, las ilustraciones, la encuadernación...

Sigo pensando que el verdadero amor a la literatura es amor a sus contenidos pero, ¿ no son ciertamente deliciosos estos otros elementos que la rodean ? ¿ No són estos placeres como los condimentos o la salsa que realzan el sabor del plato principal y lo hacen aún más placentero ?

domingo, 7 de junio de 2009

La remoto y fragmentario como territorio natural para la épica

Ayer fui al cine a ver la última entrega de la saga Terminator', la que han denominado 'Terminator Salvation'. En esta ocasión, la acción se sitúa, no en un presente anterior al 'dia del juicio final', como sucedía en las entregas anteriores, sino que ahora nos desplazamos a ese futuro mítico en que las máquinas, dominadas por Skynet, intentan acabar con la raza humana.

La acción es trepidante y los efectos especiales espectaculares...pero, yo he sentido que le faltaba algo, que la película había perdido parte de ese carácter épico que había alcanzado con las entregas anteriores, especialmente con 'Terminator 2: el juicio final'. Quizá era que los terminator parecían más impresonantes en una ciudad actual, quizá Skynet más temible cuando no conocíamos sus pasillos, quizá el poder de las máquinas más sobrecogedor cuando no veíamos destruir una detrás de otra, quizá John Connor más heróico cuando no conocíamos su rostro.

Y se me vinieron a la mente, las sensaciones experimentadas al ver la primera trilogía (la segunda en el tiempo) de la saga Star wars, especialmente en la última película 'La venganza de los sith'. En aquella ocasión, disfruté mucho de las películas (ya era un fan incondicional) pero, en el fondo, también sentí que una parte de la épica se había perdido, que la Fuerza era más misteriosa, más mística, cuando no sabíamos nada de los Midiclorianos, que las guerras clon eran más heróicas cuando eran unas vagas referencias a un pasado glorioso y no habíamos visto fabricar al ejercito clon, que Vader era más oscuro y más temible cuando no conocíamos su rostro juvenil.

En ese remontarse al futuro en el caso de Terminator, y al pasado en el caso de Star Wars algo habíamos perdido.

Y creo que en ambos casos habíamos perdido esa sensación de lo remoto que es condición necesaria para la épica. En el caso de Terminator, la guerra con las máquinas era un futuro terrible y mítico. En el caso de Star Wars, la caída de la República y los Jedi y con ello el ascenso del Imperio y Vader. En ambos casos eran épocas remotas y míticas que daban razón de ser a la historia, le conferían fuerza y herocidad. Y al acercarnos al esos tiempos remotos, al traerlos al presente, al poderlos contemplar en todos sus detalles dejaron de ser remotos, dejaron de ser míticos para convertirse en el objeto mismo de la acción, en lo actual, en lo conocido.

La épica, la mítica, necesitan ser más ambiguas, más lejanas, más fragmentarias. Nuestras imaginación llena las lagunas y engrandece los hechos y a los héroes que los protagonizan. Y esa es la regla que se saltaron las secuelas de que hablamos y el origen de esa sensación cierto vacío, de faltar algo.

¿ Y qué tiene que ver todo esto con la literatura ? Pues tiene que ver que la épica es también territorio natural de la literatura, antes y quizá de manera superior al cine. Tiene que ver que mis conclusiones serían, posiblemente, similares, en el caso de estar hablando de narraciones épicas en libros en lugar de en películas y, sobre todo, tiene que ver con el hecho de que la palabra, el medio de expresión de la literatura es, creo, un vehículo excelente para crear esa narraciones épicas. Y eso porque la palabra siempre puede manejarse de forma ambigua, mucho más que la imagen, puede más fácilmente abrir esas lagunas que la imaginación debe llenar, puede de forma sencilla hacernos ver fragmentos, sólo fragmentos, de los hechos míticos, puede dejarnos suponer, creer, imaginar, engrandecer las historias y a sus héroes.

En el fondo, sea cual sea el medio de comunicación, la imagen o la palabra, las conclusiones serían similares: conviene dotar a la épica y a lo mitológico, de ese carácter remoto y fragmentario si no queremos desposeerla de su propia esencia.

lunes, 25 de mayo de 2009

Escribo, luego pienso. La escritura y la amplificación del pensamiento

Más de una vez he dicho, en mi entorno cercano, especialmente en el profesional (y creo que en alguna entrada de éste u otro blog), que yo pienso cuando escribo. Necesito, de alguna forma, plasmar en palabras, en esquemas, en dibujos, las ideas que me rondan la cabeza.

Pero esa escritura es también pensamiento. No se trata de grabar en un papel, o en un documento electrónico, unas ideas ya construidas. No. La escritura y el pensamiento son procesos iterativos, interconectados, que se realimentan. El pensamiento lleva a la escritura, pero la escritura conlleva reflexión sobre lo que se escribe, análisis acerca de su sentido, revisión, reformulación...nuevo pensamiento.

El plasmar las ideas en un papel nos enfrenta a ellas, nos exige rigor, desambiguación, exactitud, corrección, claridad,...perfeccionar las imágenes borrosas, las frases inconclusas o desestrucuradas que surgen en nuestro cerebro. Y esa autoexigencia es fecunda, estimulante, realizadora...es nuevo pensamiento.

La escritura, además, proporciona distancia, tiempo. Ofrece la oportunidad para revisar y corregir, para que lo que finalmente dejemos escrito como resultado de nustro proceso intelectual, sea perfecto, ajustado a lo que realmente queríamos decir. Evita improvisaciones, equívocos, imprecisiones...

Quizá, por eso, lo escrito goza de ese prestigio superior, esa autoridad frente a la expresión oral, frente a las palabras que se lleva el viento.

La escritura no es una tarea mecánica. La escritura es perfeccionar y amplificar lo pensado. La escritura es pensamiento en sí misma...

domingo, 17 de mayo de 2009

El autógrafo y la distancia

Este sábado, de manera absolutamente casual (literalmente, simplemente pasaba por allí) tuve ocasión de asistir a la presentación del libro 'El tercer disparo', la primera novela de Luis Herrero, el periodista, locutor de radio y todavía eurodiputado del Partido Popular. Y ya que estaba...pues me quedé. Tras la presentación, y como es de rigor, el autor firmó ejemplares de su libro. Estuve a punto de comprar la novela y pedirle el correspondiente autógrafo. Al final no lo hice (y, por cierto, ahora me arrepiento).

Pero esto es sólo la anécdota.

Esta tarde, recordé el suceso y me puse a reflexionar sobre el significado que tiene el pedir el autógrafo o la dedicatoria a un escritor. ¿ Por qué esa suerte de fetichismo ? No encuentro una explicación del todo satisfactoria pero se me ocurre que uno de los factores que influyen en la petición de un autógrafo es la distancia.

No le pedimos normalmente un autógrafo a un familiar, o a un amigo, o a un compañero de trabajo, o a un maestro. Y en algún caso le podemos profesar la misma admiración, y, probablemente, más afecto que al escritor al cual perseguimos fanáticamente para que nos garabateee unos trazos en un libro o un trozo de papel. Y pienso que no lo hacemos porque en el caso del familiar, del amigo, del compañero o del maestro, tenemos una relación de continuidad y cercanía, una facilidad para mantener el contacto, la relación para mantener intercambios más profundos y fructíferos que unos simples garabatos.

Con el escritor, por el contrario, el contacto es puntual, una ocasión única, y para conservar algo de la magia del momento, algo de la persona admirada, alguna forma de contacto, tenemos pocas opciones aparte de una foto robada o un autógrafo.

Es poco más que un recuerdo, un capricho, probablemente una tontería, pero es lo poco que, aparte de lo que realmente importa, los libros, podemos conservar con nosotros de ese escritor admirado.

Describir la embriaguez de la lectura

"Ismael leía como quien se embriaga. Salía de sus lecturas con la cabeza llena de fuego, enajenado, aturdido, como si de repente acabase de despertarse de algún sueño."

Irène Némirovsky
'Un niño prodigio'

Busco, con mediano éxito, alguna descripción de la sensación que queda tras una lectura profunda, una de esas en que uno se confunde con la historia que lee, se integra en ella, se enajena, se disuelve...y luego despierta con el dulce aturdimiento que supone el retorno a la realidad inmediata. La forma en que lee Ismael, el personaje de Némirovsky, y la manera en que ésta lo describe, se acercan a esa descripción de la magia que deseo encontrar.

Caliente, caliente...pero aún exploro en busca una descripción más certera.

lunes, 11 de mayo de 2009

La comprensión como empatía inversa

Unamuno citando a Nicola Abbagnano:

"Comprender no quiere decir penetrar en la intimidad del pensamiento ajeno, sino tan sólo traducir en el propio pensamiento, en la propia verdad, la soterraña experiencia en que se funde la vida propia y la ajena"

Miguel de Unamuno
'Cómo se hace una novela'

¿ No es esta una concepción un tanto limitada, casi egoísta, de la comprensión, de nuestra capacidad para entender a otros seres humanos ? Y, sin embargo, ¿ no parece plausible, tremendamente cercana, desoladoramente creíble ?

A lo mejor es ésta la fuente de tantos y tantos malosentendidos, de tantos conflictos, de tantas desavenencias...

La comprensión, no como una suerte de empatía intelectual, no como una capacidad de ponernos en el lugar de otros, sino de poner a los otros en el lugar de uno. Algo más limitado y egocéntrico, menos abierto, menos generoso...algo así como una empatía inversa...

domingo, 3 de mayo de 2009

El papel en blanco como porvenir

"Héteme aquí ante estas blancas páginas - blancas como el negro porvenir: ¡ terrible blancura!- buscando retener el tiempo que pasa, fijar el huidero hoy, eternizarme o inmortalizarme en fin, bien que eternidad e inmortalidad no sean una sola y misma cosa. Héteme aquí ante estas páginas blancas, mi porvenir, tratando de derramar mi vida a fin de continuar viviendo, de darme la vida, de arrancarme a la muerte de cada instante."

Miguel de Unamuno
'Cómo se hace una novela'

Más de una reflexión se ha hecho sobre ese vértigo o ese miedo que puede producir el papel en blanco: un desafío, una incógnita...pero quizá también un mundo de oportunidades ofrecidas...

Para Unamuno el papel en blanco es el porvenir, porque para él la novela es vida y la vida es novela y, en esa identificación, un papel en blanco, una novela por escribir, no es más que un futuro abierto, un porvenir para ser vivido y escrito.