Hace tres meses publicaba en este blog una reflexión titulada 'Pensar y escribir' en que, inspirado por un texto de Murakami en su 'De qué hablo cuando hablo de correr' recogía mi propia necesidad de escribir para pensar, algo que el autor japonés también decía sentir.
Y concluía que, en mi opinión, esa conexión entre escritura y pensamiento estaba relacionada con la necesidad de volcar en un soporte externo, mediante la escritura, nuestras ideas para, de esa forma, liberar recursos cognitivos que dedicar a seguir generando ideas y elaborar las anteriores.
En una fuente no literaria, sino en un tratado de productividad personal, el famoso 'Organízate con eficacia' de David Allen, encuentro una similar explicación:
"Muy pocas personas son capaces de centrar la atención en un tema durante más de un par de minutos sin la ayuda de alguna estructura objetiva o alguna herramienta o incentivo. Piense en un proyecto que tenga en marcha en estos momentos y trate de centrarse sólo en él durante más de sesenta segundos. Es una tarea bastante dífícil a menos que tenga bolígrafo y papel y utilice estos 'artefactos cognitivos' para retener sus ideas. Si dispone de ellos podrá pensar en lo mismo durante horas. Esto explica por qué las mejores ideas pueden surgir mientras se está ante el ordenador, elaborando un documento sobre el proyecto, o trazando un mapa mental en una libreta o en una servilleta de papel en un restaurante..."
Parece, pues, algo así como una ley general, aplicable también al campo de la literatura y la ficción. Difícilmente podremos retener una historia en nuestra cabeza, o perfilar en detalle unos personajes, si no trasladamos a papel lo que bulle en nuestros cerebros.
Probablemente esa sea la explicación cognitiva a la frase de Picasso "que la inspiración te encuentre trabajando"... o, al menos, digo yo, con una servilleta de papel cerca...
domingo, 17 de julio de 2011
domingo, 19 de junio de 2011
La escritura es como una caja de bombones
"La vida es como una caja de bombones. Nunca sabes lo que te va a tocar."
Así rezaba la famosísima frase de la película Forrest Gump. Y algo parecido sucede con la escritura, nunca sabes exactamente lo que va a salir.
Normalmente, antes de escribir un documento, de ficción o no, existe una idea en la mente. En algún caso esa idea se traduce incluso en palabras, en alguna frase que ronda la imaginación.
Sin embargo, no importa cuánto se haya reflexionado sobre un texto, la verdadera concreción se produce en el momento se sentarse ante un papel o ante un ordenador, en el momento de llevar a palabras concretas, a frases concretas, esa idea primigenia.
A veces el resultado es mucho mejor de lo imaginado y nos sorprendemos a nosotros mismos con un texto genial. En otras ocasiones, por el contrario, es apenas un pálido reflejo de lo que pensábamos era una gran reflexión o una magnífica historia.
Quizá una gran idea se pierda porque en el momento de plasmarla no acertamos a hacerlo de manera afortunada. O, quizá, una idea sencilla sea elevada a altas cotas gracias al uso inspirado de las palabras.
Siempre existe un puntito de magia y de improvisación, una ocasión para la sorpresa.
Quizá por eso sea un arte. Quizá por eso nos guste tanto.
Así rezaba la famosísima frase de la película Forrest Gump. Y algo parecido sucede con la escritura, nunca sabes exactamente lo que va a salir.
Normalmente, antes de escribir un documento, de ficción o no, existe una idea en la mente. En algún caso esa idea se traduce incluso en palabras, en alguna frase que ronda la imaginación.
Sin embargo, no importa cuánto se haya reflexionado sobre un texto, la verdadera concreción se produce en el momento se sentarse ante un papel o ante un ordenador, en el momento de llevar a palabras concretas, a frases concretas, esa idea primigenia.
A veces el resultado es mucho mejor de lo imaginado y nos sorprendemos a nosotros mismos con un texto genial. En otras ocasiones, por el contrario, es apenas un pálido reflejo de lo que pensábamos era una gran reflexión o una magnífica historia.
Quizá una gran idea se pierda porque en el momento de plasmarla no acertamos a hacerlo de manera afortunada. O, quizá, una idea sencilla sea elevada a altas cotas gracias al uso inspirado de las palabras.
Siempre existe un puntito de magia y de improvisación, una ocasión para la sorpresa.
Quizá por eso sea un arte. Quizá por eso nos guste tanto.
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Nido de papel
domingo, 12 de junio de 2011
Nuevas tecnologías y nuevas narrativas
Desde siempre, uno de los valores que se ha atribuido a los grandes artistas en general, y los grandes escritores en particular, una de las características que podía convertir al artista en una figura a recordar y estudiar, era su capacidad de introducir innovaciones, nuevas técnicas, nuevas formas de expresar y narrar.
Los diferentes movimientos que en la historia del arte han existido, siempre criticaban algunos aspectos del movimiento dominante en ese momento y proponían nuevas formas de expresión.
Hoy día, con independencia de otros cambios de orden más cultural o social, nos vemos inmersos en la penetración de las nuevas tecnologías en todo el mundo de la comunicación tanto artística como no artística. Por su influencia en lo que rodea al campo de la literatura, destacaría Internet y los medios sociales, y los nuevos dispositivos: eBooks/eReaders y tablets.
Algunos de los cambios que esta nuevas tecnologías introducen afectan sólo a la superficie pero no a la esencia de lo que es una obra literaria. El que leamos un libro en un eReader en lugar de hacerlo en un ejemplar en papel no afecta realmente a la esencia de la obra literaria, aunque pueda afectar superficialmente a la experiencia del lector.
Sin embargo, lo que en este artículo se plantea es si las nuevas tecnologías también pueden afectar al arte en su profundidad, si, en concreto, puede conducir a nuevas formas de narrar o, incluso, si pueden generar nuevas ramas del arte.
Me inspira la frase leída recientemente en el libro de Nick Bilton titulado 'Vivo en el futuro... y esto es lo que veo'.
"El papel impreso es estático y, por ende, también lo es su narrativa"
Nick Bilton no es un literato. Es un periodista que se dedica al campo de las nuevas tecnologías y la innovación, especialmente en ese campo periodístico. Para él, la esencia de lo que el periodismo y otras formas de comunicación son es el 'contar historias' y, aunque de forma simplificada y desnatada, podríamos admitir que ese es el objeto también de la literatura.
Lo que la frase de Bilton nos sugiere, es que el soporte, el medio, afecta a la narración en si misma. Para Bilton, las historias contadas en papel, ya sean historias periodísticas o ficciones literarias, se ven obligadas, dado el medio que las soporta, a ser unas historias estáticas, inmutables.
Contrasta esa percepción estática del periodismo o libro tradicional con la visión conversacional que introducen la Web 2.0 y los medios sociales y, sobre todo, con un concepto emergente de libro en que se ofrece al lector información dinámica, contextual y multimedia, adaptada al usuario y la historia. Si el libro menciona un pais, se puede acceder a información sobre ese pais: sus datos demográficos, fotos de los lugares más interesantes, música típica o... en fin, la imaginación es el límite. Sobre el libro se puede acceder igualmente a las opiniones de otros lectores, o quizá podamos incluso elegir entre finales alternativos, según nuestra elección. O, más innovador aún, 'el libro' puede elegir el final según lo que sabe de nosotros, de forma similar a como páginas web del estilo de Amazon conocen nuestros gustos y nos hacen ofertas adaptadas a nuestro comportamiento anterior de navegación o compra. Quizá, yendo más lejos, se pueda construir la historia según lo que los colectivos interesados deseen, haciendo uso de los medios sociales. Todo ello es tecnológicamente posible y algunas de estas opciones se están ejerciendo ya hoy día.
Las nuevas tecnologías permiten todo esto sin más que trasladar los conceptos ya utilizados en Internet e, incluso, me atrevería a decir que en los videojuegos, al concepto de libro. Y todo ello habilitado por estos nuevos dispositivos, tablets y eReaders, por toda la conectividad que Internet y la banda ancha nos ofrecen, por todas las técnicas analíticas y de data mining surgidas al amparo, por ejemplo, del CRM, y por la nueva cultura de la comunicación, colaboración y compartición entre iguales, por el traslado al mundo del arte y la narración del concepto de 'prosumer'.
La búsqueda de nuevas narrativas es muy anterior a la llegada de las nuevas tecnologías. Hace ya mucho tiempo que los escritores han buscado, por ejemplo, nuevas perspectivas temporales huyendo de la secuencialidad temporal. Hace ya mucho que se escriben novelas que entremezclan pasado presente y futuro o se realizan flashback, quizá incentivados por la influencia cinematográfica.
Hace ya tiempo que los autores introducen otros elementos innovadores y sorprendentes. Sin ir más lejos, acabo de leer la novela 'La delicadeza' donde el autor, David Foenkinos, entre capítulo y capítulo realmente narrativo, introduce breves capítulos que constituyen puros datos más o menos relacionados con lo que acaba de contar en el capítulo anterior. Como un simple ejemplo casi al azar, en un capítulo se menciona de forma absolutamente colateral la disputa por la secretaría general del partido socialista francés entre Martine Aubry y Ségolène Royal. Justo a continuación, el autor introduce un escueto capítulo que reza como sigue:
"Palabras pronunciadas por Ségolène Royal cuando su rival la supera por 42 votos:
'Eres insaciable, Martine, no quieres reconocer mi victoria'"
Estos breves capítulos que aportan datos o curiosidades son una constante a lo largo de la novela y, diría, pudieran estar inspirados o, al menos, realizar similares funciones a las que corresponderían a un enlace de hipertexto o a una información contextual.
En cuanto a las historias que pueden ser construidas por el lector, cabe mencionar la clásica 'Rayuela' de Julio Cortázar donde, según su autor nos indica, podemos empezar a leer por donde queramos y, siguiendo la guía de capítulos que se ofrece a modo de anexo o guía de lectura, construir historias alternativas.
Probablemente, pues, podríamos concluir que los narradores desde siempre han buscado alternativas y nuevas formas de expresión. La tecnología, que tradicionalmente fue el papel impreso, actúa como habilitador. Y no parece que sea diferente con las nuevas tecnologías.
Lo que sí creo que ocurre es que las tecnologías de la información y las comunicaciones, y las capacidades de los nuevos dispositivos son tan enormes, tan espectaculares, que sí pueden convertir en posibles nuevas formas de expresión y narración, impensables hasta hace poco e, incluso, cabe apostar que, con casi total seguridad, apenas avistamos ahora mismo lo que puede deparar el futuro, que es muy posible que la auténtica revolución de la comunicación artística, como todas las grandes revoluciones, ni siquiera seamos capaces de imaginarla en estos momentos.
Los diferentes movimientos que en la historia del arte han existido, siempre criticaban algunos aspectos del movimiento dominante en ese momento y proponían nuevas formas de expresión.
Hoy día, con independencia de otros cambios de orden más cultural o social, nos vemos inmersos en la penetración de las nuevas tecnologías en todo el mundo de la comunicación tanto artística como no artística. Por su influencia en lo que rodea al campo de la literatura, destacaría Internet y los medios sociales, y los nuevos dispositivos: eBooks/eReaders y tablets.
Algunos de los cambios que esta nuevas tecnologías introducen afectan sólo a la superficie pero no a la esencia de lo que es una obra literaria. El que leamos un libro en un eReader en lugar de hacerlo en un ejemplar en papel no afecta realmente a la esencia de la obra literaria, aunque pueda afectar superficialmente a la experiencia del lector.
Sin embargo, lo que en este artículo se plantea es si las nuevas tecnologías también pueden afectar al arte en su profundidad, si, en concreto, puede conducir a nuevas formas de narrar o, incluso, si pueden generar nuevas ramas del arte.
Me inspira la frase leída recientemente en el libro de Nick Bilton titulado 'Vivo en el futuro... y esto es lo que veo'.
"El papel impreso es estático y, por ende, también lo es su narrativa"
Nick Bilton no es un literato. Es un periodista que se dedica al campo de las nuevas tecnologías y la innovación, especialmente en ese campo periodístico. Para él, la esencia de lo que el periodismo y otras formas de comunicación son es el 'contar historias' y, aunque de forma simplificada y desnatada, podríamos admitir que ese es el objeto también de la literatura.
Lo que la frase de Bilton nos sugiere, es que el soporte, el medio, afecta a la narración en si misma. Para Bilton, las historias contadas en papel, ya sean historias periodísticas o ficciones literarias, se ven obligadas, dado el medio que las soporta, a ser unas historias estáticas, inmutables.
Contrasta esa percepción estática del periodismo o libro tradicional con la visión conversacional que introducen la Web 2.0 y los medios sociales y, sobre todo, con un concepto emergente de libro en que se ofrece al lector información dinámica, contextual y multimedia, adaptada al usuario y la historia. Si el libro menciona un pais, se puede acceder a información sobre ese pais: sus datos demográficos, fotos de los lugares más interesantes, música típica o... en fin, la imaginación es el límite. Sobre el libro se puede acceder igualmente a las opiniones de otros lectores, o quizá podamos incluso elegir entre finales alternativos, según nuestra elección. O, más innovador aún, 'el libro' puede elegir el final según lo que sabe de nosotros, de forma similar a como páginas web del estilo de Amazon conocen nuestros gustos y nos hacen ofertas adaptadas a nuestro comportamiento anterior de navegación o compra. Quizá, yendo más lejos, se pueda construir la historia según lo que los colectivos interesados deseen, haciendo uso de los medios sociales. Todo ello es tecnológicamente posible y algunas de estas opciones se están ejerciendo ya hoy día.
Las nuevas tecnologías permiten todo esto sin más que trasladar los conceptos ya utilizados en Internet e, incluso, me atrevería a decir que en los videojuegos, al concepto de libro. Y todo ello habilitado por estos nuevos dispositivos, tablets y eReaders, por toda la conectividad que Internet y la banda ancha nos ofrecen, por todas las técnicas analíticas y de data mining surgidas al amparo, por ejemplo, del CRM, y por la nueva cultura de la comunicación, colaboración y compartición entre iguales, por el traslado al mundo del arte y la narración del concepto de 'prosumer'.
La búsqueda de nuevas narrativas es muy anterior a la llegada de las nuevas tecnologías. Hace ya mucho tiempo que los escritores han buscado, por ejemplo, nuevas perspectivas temporales huyendo de la secuencialidad temporal. Hace ya mucho que se escriben novelas que entremezclan pasado presente y futuro o se realizan flashback, quizá incentivados por la influencia cinematográfica.
Hace ya tiempo que los autores introducen otros elementos innovadores y sorprendentes. Sin ir más lejos, acabo de leer la novela 'La delicadeza' donde el autor, David Foenkinos, entre capítulo y capítulo realmente narrativo, introduce breves capítulos que constituyen puros datos más o menos relacionados con lo que acaba de contar en el capítulo anterior. Como un simple ejemplo casi al azar, en un capítulo se menciona de forma absolutamente colateral la disputa por la secretaría general del partido socialista francés entre Martine Aubry y Ségolène Royal. Justo a continuación, el autor introduce un escueto capítulo que reza como sigue:
"Palabras pronunciadas por Ségolène Royal cuando su rival la supera por 42 votos:
'Eres insaciable, Martine, no quieres reconocer mi victoria'"
Estos breves capítulos que aportan datos o curiosidades son una constante a lo largo de la novela y, diría, pudieran estar inspirados o, al menos, realizar similares funciones a las que corresponderían a un enlace de hipertexto o a una información contextual.
En cuanto a las historias que pueden ser construidas por el lector, cabe mencionar la clásica 'Rayuela' de Julio Cortázar donde, según su autor nos indica, podemos empezar a leer por donde queramos y, siguiendo la guía de capítulos que se ofrece a modo de anexo o guía de lectura, construir historias alternativas.
Probablemente, pues, podríamos concluir que los narradores desde siempre han buscado alternativas y nuevas formas de expresión. La tecnología, que tradicionalmente fue el papel impreso, actúa como habilitador. Y no parece que sea diferente con las nuevas tecnologías.
Lo que sí creo que ocurre es que las tecnologías de la información y las comunicaciones, y las capacidades de los nuevos dispositivos son tan enormes, tan espectaculares, que sí pueden convertir en posibles nuevas formas de expresión y narración, impensables hasta hace poco e, incluso, cabe apostar que, con casi total seguridad, apenas avistamos ahora mismo lo que puede deparar el futuro, que es muy posible que la auténtica revolución de la comunicación artística, como todas las grandes revoluciones, ni siquiera seamos capaces de imaginarla en estos momentos.
domingo, 5 de junio de 2011
El mutismo de Romeo y Julieta o el valor de la propia vida como referente
Hace muchos años, creo que en un manual escolar sobre literatura o en una clase sobre el tema, leí o escuché que la literatura, en especial las novelas, presentaban vidas o hechos posibles, pero con mucho más vigor (creo que era vigor la palabra que utilizaban) que la vida real. Y de alguna forma se entendía que ese mayor "vigor", supongo que la mayor acumulación de hechos y hechos, sobre todo, mucho más interesantes y emocionantes, era lo que confería interes al relato.
Hace también algún tiempo, leyendo algo de teoría literaria, entré en contacto con el concepto de "referente". Si lo entendí bien, el referente funciona como sigue: el escritor se imagina una historia, una vida, unos hechos. Esa historia imaginaria, ese mundo posible, pero sin más adornos, es el referente. A partir de ese referente, el escritor establece cómo nos cuenta la historia, cómo utiliza los materiales que ese referente ofrece. No se trata sólo, por supuesto, de qué palabras utiliza, sino del orden en que se cuenta, ya sea de forma lineal, o intercalando diferentes momentos temporales o, más importante, lo que cuenta, el material que se explicita en la historia, lo que sólo se insinúa y lo se oculta o vela. Es decir, a partir de un material ficcional o no, pero de alguna forma neutro, el referente, el escritor construye su narración. Y gran parte del interés y el mérito literario se encontrará, no tanto en la historia en si, en el referente, sino en la forma en que el escritor utiliza ese material primigenio para construir su obra y transmitir su mensaje.
Si caemos en la tentacióin, casi diría en el error, de comparar nuestras vidas reales con las vidas imaginarias de la literatura, con esos mundos posibles, con esas historias plenas de 'vigor', podemos erróneamente infravalorar nuestra propia existencia, nuestra propia vida. Puede parecer carente de interés.Pero es un error.
No comprendemos que, actuando así, olvidamos que nuestra propia vida es sólo un referente, un material neutro. ¿Podemos imaginar todos los momentos de los grandes personajes que sus autores han omitido en aras del 'vigor'? ¿Podemos imaginar todas las pequeñas tareas y acciones del día a día que, necesariamente, cualquier personaje, por muy princesa, héroe o villano que sea, debe forzosamente ejecutar? ¿Podemos imaginarlos comiendo un bocadillo, o roncando, o tropezando en un escalón? ¿Somos capaces de imaginarlos despeinados y con legañas nada más salir de la cama?
Markus, uno de los personajes de la novela 'La delicadeza' de David Foenkinos, reflexiona en esa línea cuando, a la mañana siguiente de una satisfactoria cita romántica, es incapaz de cruzar una palabra en un pasillo con su amada Nathalie. Y hace la reflexión pensando en los amantes por excelencia, Romeo y Julieta:
"La vida son sobre todo momentos de borrrador, tachones y espacios en blanco. Shakespeare sólo invoca los momentos fuertes de sus personajes. Pero, por supuesto que Romeo y Julieta, en un pasillo, al día siguiente de una bonita velada, no tienen nada que decirse."
Quizá, lo más importante no sea tanto la reflexión propiamente literaria acerca de cómo el escritor escoge el material del referente para construir su obra. Quizá, más interesante sea la reflexión para nuestra propia vida y nuestra propia autoestima.
No despreciemos nuestra propia vida porque existan, como dice Markus, momentos de borrador, tachones y espacios en blanco. Es lo normal. Pero es que nuestra vida es sólo el referente. Nuestra historia puede tener todo el 'vigor' de las grandes novelas. Sólo hace falta que elijamos convenientemente el material de nuestro propio referente, de nuestra vida, con el queramos quedarnos, con el que queramos narrarnos.
Nuestra vida es valiosa. Hagamos de ella una obra de arte. Contemos a los demás, contémonos a nosotros mismos, una buena historia.
Hace también algún tiempo, leyendo algo de teoría literaria, entré en contacto con el concepto de "referente". Si lo entendí bien, el referente funciona como sigue: el escritor se imagina una historia, una vida, unos hechos. Esa historia imaginaria, ese mundo posible, pero sin más adornos, es el referente. A partir de ese referente, el escritor establece cómo nos cuenta la historia, cómo utiliza los materiales que ese referente ofrece. No se trata sólo, por supuesto, de qué palabras utiliza, sino del orden en que se cuenta, ya sea de forma lineal, o intercalando diferentes momentos temporales o, más importante, lo que cuenta, el material que se explicita en la historia, lo que sólo se insinúa y lo se oculta o vela. Es decir, a partir de un material ficcional o no, pero de alguna forma neutro, el referente, el escritor construye su narración. Y gran parte del interés y el mérito literario se encontrará, no tanto en la historia en si, en el referente, sino en la forma en que el escritor utiliza ese material primigenio para construir su obra y transmitir su mensaje.
Si caemos en la tentacióin, casi diría en el error, de comparar nuestras vidas reales con las vidas imaginarias de la literatura, con esos mundos posibles, con esas historias plenas de 'vigor', podemos erróneamente infravalorar nuestra propia existencia, nuestra propia vida. Puede parecer carente de interés.Pero es un error.
No comprendemos que, actuando así, olvidamos que nuestra propia vida es sólo un referente, un material neutro. ¿Podemos imaginar todos los momentos de los grandes personajes que sus autores han omitido en aras del 'vigor'? ¿Podemos imaginar todas las pequeñas tareas y acciones del día a día que, necesariamente, cualquier personaje, por muy princesa, héroe o villano que sea, debe forzosamente ejecutar? ¿Podemos imaginarlos comiendo un bocadillo, o roncando, o tropezando en un escalón? ¿Somos capaces de imaginarlos despeinados y con legañas nada más salir de la cama?
Markus, uno de los personajes de la novela 'La delicadeza' de David Foenkinos, reflexiona en esa línea cuando, a la mañana siguiente de una satisfactoria cita romántica, es incapaz de cruzar una palabra en un pasillo con su amada Nathalie. Y hace la reflexión pensando en los amantes por excelencia, Romeo y Julieta:
"La vida son sobre todo momentos de borrrador, tachones y espacios en blanco. Shakespeare sólo invoca los momentos fuertes de sus personajes. Pero, por supuesto que Romeo y Julieta, en un pasillo, al día siguiente de una bonita velada, no tienen nada que decirse."
Quizá, lo más importante no sea tanto la reflexión propiamente literaria acerca de cómo el escritor escoge el material del referente para construir su obra. Quizá, más interesante sea la reflexión para nuestra propia vida y nuestra propia autoestima.
No despreciemos nuestra propia vida porque existan, como dice Markus, momentos de borrador, tachones y espacios en blanco. Es lo normal. Pero es que nuestra vida es sólo el referente. Nuestra historia puede tener todo el 'vigor' de las grandes novelas. Sólo hace falta que elijamos convenientemente el material de nuestro propio referente, de nuestra vida, con el queramos quedarnos, con el que queramos narrarnos.
Nuestra vida es valiosa. Hagamos de ella una obra de arte. Contemos a los demás, contémonos a nosotros mismos, una buena historia.
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domingo, 29 de mayo de 2011
Literatura a sorbitos
No tiene nada que ver con la literatura en si, ni con una preferencia por mi parte, sino, creo, con las meras circunstancias, pero el hecho es que últimamente no suelo realizar largas sesiones de lectura.
Nunca he sido de aquellos que se pegan enormes atracones, de aquellos lectores compulsivos o absorbidos por una historia que se meten entre pecho y espalda una novela larga en un día o dos acumulando horas de lectura en un espacio temporal muy reducido.
Prefiero la lectura más reposada, más tranquila, a un ritmo más constante. Mis temáticas de lectura favorita, aquellas que tienen que ver más con la introspección, con la reflexión, con el sentimiento o con la psicología, tampoco parecen las más aptas para una lectura vertiginosa, sin descanso, sin respiro.
Pero últimamente observo mi tiempo de lectura muy fragmentado, compuesto por sesiones que pocas veces superan la media hora. Tiempos robados a obligaciones u otros intereses, aprovechando intermedios, pausas, entreactos...
Puede ser algo accidental, transitorio, que cambie en las próximas semanas o meses, según evolucionen mis circunstancias y disponibilidades.
Sin embargo, me pregunto si no late en todo ello un cambio estructural de comportamiento lector. Y no sólo en lo que a mi se refiere sino que, incluso, pueda ser un comportamiento en progresiva extensión entre toda la población lectora.
No hace tanto comentábamos, en las entradas tituladas '¿Internet contra la lectura?' y 'La lectura profunda o cuando el lector se hace libro' cómo, según algunos autores, nuestra actividad intelectual moldea nuestro cerebro (fenómeno conocido como neuroplasticidad) y cómo, por otra parte, y según por ejemplo Nicholas Carr, el mundo moderno, y muy especialmente Internet, con sus interrupciones constantes en forma de correos electrónicos, mensajes en twitter, llamadas telefónica fijas y móviles, mensajes instantáneos, etc atentan contra la concentración y la abstracción, unas capacidades propias de la lectura profunda y concentrada que se produce, por ejemplo, cuando uno se sumerge en una novela.
El gusto moderno por la novela corta, por los cuentos y por los microrrelatos, pudieran ser un señal de la mera falta de tiempo pero, también, de unas distintas actitudes y aptitudes cognitivas.
Espero que no sea así, espero que cuando simplemente disponga de más tiempo mi cerebro se siga comportando como antes y disfrute de largas horas de intensa lectura. Echo algo en falta, debo reconocer, esos tiempos prolongados de lectura profunda, en que la mente se aisla de su contorno, el tiempo parece detenerse y la conciencia se sumerge profundamente en la historia que se está leyendo.
Aún así, y por no ser excesivamente psesimista, por presentar también el lado positivo, entiendo esas sesiones breves de lectura como una forma de exprimir el tiempo, de extraer minutos de lectura de donde apenas los hay, de hacer que la lectura sobreviva incluso entre turbulencias. Un mecanismo de apego y resistencia. Y debo decir que, en ocasiones, ese tipo de lectura es también muy agradable y valiosa.
Tomarse un gran trago de lectura es muy sabroso y no quiero renunciar a ello, pero tampoco está del todo mal tomarse la literatura a sorbitos.
Nunca he sido de aquellos que se pegan enormes atracones, de aquellos lectores compulsivos o absorbidos por una historia que se meten entre pecho y espalda una novela larga en un día o dos acumulando horas de lectura en un espacio temporal muy reducido.
Prefiero la lectura más reposada, más tranquila, a un ritmo más constante. Mis temáticas de lectura favorita, aquellas que tienen que ver más con la introspección, con la reflexión, con el sentimiento o con la psicología, tampoco parecen las más aptas para una lectura vertiginosa, sin descanso, sin respiro.
Pero últimamente observo mi tiempo de lectura muy fragmentado, compuesto por sesiones que pocas veces superan la media hora. Tiempos robados a obligaciones u otros intereses, aprovechando intermedios, pausas, entreactos...
Puede ser algo accidental, transitorio, que cambie en las próximas semanas o meses, según evolucionen mis circunstancias y disponibilidades.
Sin embargo, me pregunto si no late en todo ello un cambio estructural de comportamiento lector. Y no sólo en lo que a mi se refiere sino que, incluso, pueda ser un comportamiento en progresiva extensión entre toda la población lectora.
No hace tanto comentábamos, en las entradas tituladas '¿Internet contra la lectura?' y 'La lectura profunda o cuando el lector se hace libro' cómo, según algunos autores, nuestra actividad intelectual moldea nuestro cerebro (fenómeno conocido como neuroplasticidad) y cómo, por otra parte, y según por ejemplo Nicholas Carr, el mundo moderno, y muy especialmente Internet, con sus interrupciones constantes en forma de correos electrónicos, mensajes en twitter, llamadas telefónica fijas y móviles, mensajes instantáneos, etc atentan contra la concentración y la abstracción, unas capacidades propias de la lectura profunda y concentrada que se produce, por ejemplo, cuando uno se sumerge en una novela.
El gusto moderno por la novela corta, por los cuentos y por los microrrelatos, pudieran ser un señal de la mera falta de tiempo pero, también, de unas distintas actitudes y aptitudes cognitivas.
Espero que no sea así, espero que cuando simplemente disponga de más tiempo mi cerebro se siga comportando como antes y disfrute de largas horas de intensa lectura. Echo algo en falta, debo reconocer, esos tiempos prolongados de lectura profunda, en que la mente se aisla de su contorno, el tiempo parece detenerse y la conciencia se sumerge profundamente en la historia que se está leyendo.
Aún así, y por no ser excesivamente psesimista, por presentar también el lado positivo, entiendo esas sesiones breves de lectura como una forma de exprimir el tiempo, de extraer minutos de lectura de donde apenas los hay, de hacer que la lectura sobreviva incluso entre turbulencias. Un mecanismo de apego y resistencia. Y debo decir que, en ocasiones, ese tipo de lectura es también muy agradable y valiosa.
Tomarse un gran trago de lectura es muy sabroso y no quiero renunciar a ello, pero tampoco está del todo mal tomarse la literatura a sorbitos.
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domingo, 8 de mayo de 2011
Cuantificando excedentes de capacidad cognitiva. La oportunidad latente
En su libro, 'Cognitive surplus', Clay Shirky introduce el concepto que da título a la obra, el 'cognitive surplus' y que traduciré como 'excedente cognitivo'. Afirma Shirky que a medida que ha ido aumentando nuestro nivel de vida, a medida que hemos ido disponiendo de tiempo libre, ese tiempo libre, que en los países desarrollados se emplea mayoritariamente para, simplemente, ver la televisión, constituye un excedente de capacidad cognitiva, de capacidad de pensamiento que, adecuadamente reconducido, puede dar unos resultados extraordinarios.
Se trata de una idea sugestiva e interesante y algunos de cuyos detalles desarrollaré, probablemente, en otro de mis blogs, 'Blue chip', más centrado en los aspectos tecnológicos, económicas y sociales del nuevo mundo digital.
Sin embargo, y por lo que de pensamiento supone, sí quisiera dejar en este blog siquiera un rastro apuntando unas cifras que, más allá de la curiosidad, nos dan una idea de la capacidad cognitiva de nuestra sociedad...y del desperdicio que estamos cometiendo si no la aprovechamos adecuadamente.
Afirma Shirky, basándose en una estimación de Martin Wattenberg, un investigador de IBM autorizado en la materia, que el trabajo para construir la Wikipedia equivale a cien millones de horas de pensamiento humano. Desde luego, parece mucho, muchísimo. Sin embargo, el valor que aporta Wikipedia a la recolección y difusión del conocimiento, parece que bien justifica esa inversión de tiempo y esfuerzo. Y el mecanismo cooperativo, voluntario y social por el que la Wikipedia ha sido creada, convierten a este medio en algo admirable, casi único.
Pero ¿es realmente tanto el esfuerzo dedicado a la Wikipedia?. Aunque es una enorme cantidad de pensamiento condensado, las cifras de Wikipedia palidecen si las comparamos con el tiempo que dedicamos a ver la televisión.
Concentrándonos sólo en EEUU, y en un único año, las horas dedicadas a ver la televisión son, nada más y nada menos, que cien billones de horas, lo que equivale a decir que, si la población norteamericana dedicase su tiempo a construir Wikipedias, en lugar de a ver la televisión, cada año podría crear ¡¡¡ dos mil wikipedias !!!
Solo en EEUU... ¡cien billones de horas de pensamiento sin utilizar! ¡la posibilidad de crear dos mil proyectos equivalentes a Wikipedia!
Se pude ver como un desperdicio o como una oportunidad, una enorme oportunidad.
Realmente, si la humanidad es capaz de utilizar ese pensamiento de manera productiva e innovadora todo ese excedente cognitivo, toda esa capacidad intelectual desperdiciada, ¿de qué no seremos capaces?
Se trata de una idea sugestiva e interesante y algunos de cuyos detalles desarrollaré, probablemente, en otro de mis blogs, 'Blue chip', más centrado en los aspectos tecnológicos, económicas y sociales del nuevo mundo digital.
Sin embargo, y por lo que de pensamiento supone, sí quisiera dejar en este blog siquiera un rastro apuntando unas cifras que, más allá de la curiosidad, nos dan una idea de la capacidad cognitiva de nuestra sociedad...y del desperdicio que estamos cometiendo si no la aprovechamos adecuadamente.
Afirma Shirky, basándose en una estimación de Martin Wattenberg, un investigador de IBM autorizado en la materia, que el trabajo para construir la Wikipedia equivale a cien millones de horas de pensamiento humano. Desde luego, parece mucho, muchísimo. Sin embargo, el valor que aporta Wikipedia a la recolección y difusión del conocimiento, parece que bien justifica esa inversión de tiempo y esfuerzo. Y el mecanismo cooperativo, voluntario y social por el que la Wikipedia ha sido creada, convierten a este medio en algo admirable, casi único.
Pero ¿es realmente tanto el esfuerzo dedicado a la Wikipedia?. Aunque es una enorme cantidad de pensamiento condensado, las cifras de Wikipedia palidecen si las comparamos con el tiempo que dedicamos a ver la televisión.
Concentrándonos sólo en EEUU, y en un único año, las horas dedicadas a ver la televisión son, nada más y nada menos, que cien billones de horas, lo que equivale a decir que, si la población norteamericana dedicase su tiempo a construir Wikipedias, en lugar de a ver la televisión, cada año podría crear ¡¡¡ dos mil wikipedias !!!
Solo en EEUU... ¡cien billones de horas de pensamiento sin utilizar! ¡la posibilidad de crear dos mil proyectos equivalentes a Wikipedia!
Se pude ver como un desperdicio o como una oportunidad, una enorme oportunidad.
Realmente, si la humanidad es capaz de utilizar ese pensamiento de manera productiva e innovadora todo ese excedente cognitivo, toda esa capacidad intelectual desperdiciada, ¿de qué no seremos capaces?
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Altos vuelos,
Conocimiento,
Pensamiento
domingo, 1 de mayo de 2011
Libros en la memoria y el afecto
Existen libros especiales, libros que nos dejan una marca que va más allá de su calidad, de su historia o de sus méritos intrínsecos, libros que por algún motivo conectan con nuestros sentimientos y circunstancias, que nos marcan, que resultan memorables.
Encuentro, en esa línea de pensamiento y en el posfacio que Natalia Ginzburg dedica a 'Un matrimonio de provincias' que ya mencionábamos en el artículo 'El legado de un buen libro', esta apasionada y acertada declaración:
"Pienso que en la vida de cada uno de nosotros existe un libro que...de pequeños no nos limitamos simplemente a leer, sino que inspeccionamos y rebuscamos en cada uno de sus rincones como si de una habitación se tratara. Un libro así, rebuscado como una habitación, escrutado e interrogado como una cara en cada rasgo y arruga, nunca podremos juzgarlo como se juzga un libro, porque para nosotros ha abandonado la zona de los libros y ha pasado a vivir la zona de la memoria y de los afectos."
He podido sentir, en efecto, esa sensación que Natalia Ginzburg describe.
Puedo recordar al menos tres libros, leídos en la infancia o adolescencia, que adquirieron esa carácter de especiales, memorables, más allá del bien y del mal literario. Recuerdo libros como 'Seis chicos malos' de Enid Blyton, 'Edad prohibida' de Torcuato Luca de Tena o 'La dama del alba' de Alejandro Casona, libros en que ya me resulta difícil valorar su calidad literaria, en que simplemente no quiero hacerlo, porque me causaron, por el motivo que fuese, un impacto especial, porque han perdurado en mi memoria a lo largo de los años con más fuerza y presencia que otros libros, otros libros seguramente mejores, probablemente mucho mejores, que he leído años después, pero que no generaron la misma conexión, la misma emoción, la misma memoria.
No creo que existan factores comunes. Creo que se conjugan la oportunidad, el contexto y la disposición de ánimo particulares de cada persona, de cada lector, y todo ello crea esa magia especial que perdura en la memoria y en el afecto.
Un libro marcó a Natalia Ginzburg; tres libros he mencionado yo. ¿Qué libros ocupan un lugar especial en tu memoria y tu afecto?
Encuentro, en esa línea de pensamiento y en el posfacio que Natalia Ginzburg dedica a 'Un matrimonio de provincias' que ya mencionábamos en el artículo 'El legado de un buen libro', esta apasionada y acertada declaración:
"Pienso que en la vida de cada uno de nosotros existe un libro que...de pequeños no nos limitamos simplemente a leer, sino que inspeccionamos y rebuscamos en cada uno de sus rincones como si de una habitación se tratara. Un libro así, rebuscado como una habitación, escrutado e interrogado como una cara en cada rasgo y arruga, nunca podremos juzgarlo como se juzga un libro, porque para nosotros ha abandonado la zona de los libros y ha pasado a vivir la zona de la memoria y de los afectos."
He podido sentir, en efecto, esa sensación que Natalia Ginzburg describe.
Puedo recordar al menos tres libros, leídos en la infancia o adolescencia, que adquirieron esa carácter de especiales, memorables, más allá del bien y del mal literario. Recuerdo libros como 'Seis chicos malos' de Enid Blyton, 'Edad prohibida' de Torcuato Luca de Tena o 'La dama del alba' de Alejandro Casona, libros en que ya me resulta difícil valorar su calidad literaria, en que simplemente no quiero hacerlo, porque me causaron, por el motivo que fuese, un impacto especial, porque han perdurado en mi memoria a lo largo de los años con más fuerza y presencia que otros libros, otros libros seguramente mejores, probablemente mucho mejores, que he leído años después, pero que no generaron la misma conexión, la misma emoción, la misma memoria.
No creo que existan factores comunes. Creo que se conjugan la oportunidad, el contexto y la disposición de ánimo particulares de cada persona, de cada lector, y todo ello crea esa magia especial que perdura en la memoria y en el afecto.
Un libro marcó a Natalia Ginzburg; tres libros he mencionado yo. ¿Qué libros ocupan un lugar especial en tu memoria y tu afecto?
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