Hace muchos años, creo que en un manual escolar sobre literatura o en una clase sobre el tema, leí o escuché que la literatura, en especial las novelas, presentaban vidas o hechos posibles, pero con mucho más vigor (creo que era vigor la palabra que utilizaban) que la vida real. Y de alguna forma se entendía que ese mayor "vigor", supongo que la mayor acumulación de hechos y hechos, sobre todo, mucho más interesantes y emocionantes, era lo que confería interes al relato.
Hace también algún tiempo, leyendo algo de teoría literaria, entré en contacto con el concepto de "referente". Si lo entendí bien, el referente funciona como sigue: el escritor se imagina una historia, una vida, unos hechos. Esa historia imaginaria, ese mundo posible, pero sin más adornos, es el referente. A partir de ese referente, el escritor establece cómo nos cuenta la historia, cómo utiliza los materiales que ese referente ofrece. No se trata sólo, por supuesto, de qué palabras utiliza, sino del orden en que se cuenta, ya sea de forma lineal, o intercalando diferentes momentos temporales o, más importante, lo que cuenta, el material que se explicita en la historia, lo que sólo se insinúa y lo se oculta o vela. Es decir, a partir de un material ficcional o no, pero de alguna forma neutro, el referente, el escritor construye su narración. Y gran parte del interés y el mérito literario se encontrará, no tanto en la historia en si, en el referente, sino en la forma en que el escritor utiliza ese material primigenio para construir su obra y transmitir su mensaje.
Si caemos en la tentacióin, casi diría en el error, de comparar nuestras vidas reales con las vidas imaginarias de la literatura, con esos mundos posibles, con esas historias plenas de 'vigor', podemos erróneamente infravalorar nuestra propia existencia, nuestra propia vida. Puede parecer carente de interés.Pero es un error.
No comprendemos que, actuando así, olvidamos que nuestra propia vida es sólo un referente, un material neutro. ¿Podemos imaginar todos los momentos de los grandes personajes que sus autores han omitido en aras del 'vigor'? ¿Podemos imaginar todas las pequeñas tareas y acciones del día a día que, necesariamente, cualquier personaje, por muy princesa, héroe o villano que sea, debe forzosamente ejecutar? ¿Podemos imaginarlos comiendo un bocadillo, o roncando, o tropezando en un escalón? ¿Somos capaces de imaginarlos despeinados y con legañas nada más salir de la cama?
Markus, uno de los personajes de la novela 'La delicadeza' de David Foenkinos, reflexiona en esa línea cuando, a la mañana siguiente de una satisfactoria cita romántica, es incapaz de cruzar una palabra en un pasillo con su amada Nathalie. Y hace la reflexión pensando en los amantes por excelencia, Romeo y Julieta:
"La vida son sobre todo momentos de borrrador, tachones y espacios en blanco. Shakespeare sólo invoca los momentos fuertes de sus personajes. Pero, por supuesto que Romeo y Julieta, en un pasillo, al día siguiente de una bonita velada, no tienen nada que decirse."
Quizá, lo más importante no sea tanto la reflexión propiamente literaria acerca de cómo el escritor escoge el material del referente para construir su obra. Quizá, más interesante sea la reflexión para nuestra propia vida y nuestra propia autoestima.
No despreciemos nuestra propia vida porque existan, como dice Markus, momentos de borrador, tachones y espacios en blanco. Es lo normal. Pero es que nuestra vida es sólo el referente. Nuestra historia puede tener todo el 'vigor' de las grandes novelas. Sólo hace falta que elijamos convenientemente el material de nuestro propio referente, de nuestra vida, con el queramos quedarnos, con el que queramos narrarnos.
Nuestra vida es valiosa. Hagamos de ella una obra de arte. Contemos a los demás, contémonos a nosotros mismos, una buena historia.
domingo, 5 de junio de 2011
domingo, 29 de mayo de 2011
Literatura a sorbitos
No tiene nada que ver con la literatura en si, ni con una preferencia por mi parte, sino, creo, con las meras circunstancias, pero el hecho es que últimamente no suelo realizar largas sesiones de lectura.
Nunca he sido de aquellos que se pegan enormes atracones, de aquellos lectores compulsivos o absorbidos por una historia que se meten entre pecho y espalda una novela larga en un día o dos acumulando horas de lectura en un espacio temporal muy reducido.
Prefiero la lectura más reposada, más tranquila, a un ritmo más constante. Mis temáticas de lectura favorita, aquellas que tienen que ver más con la introspección, con la reflexión, con el sentimiento o con la psicología, tampoco parecen las más aptas para una lectura vertiginosa, sin descanso, sin respiro.
Pero últimamente observo mi tiempo de lectura muy fragmentado, compuesto por sesiones que pocas veces superan la media hora. Tiempos robados a obligaciones u otros intereses, aprovechando intermedios, pausas, entreactos...
Puede ser algo accidental, transitorio, que cambie en las próximas semanas o meses, según evolucionen mis circunstancias y disponibilidades.
Sin embargo, me pregunto si no late en todo ello un cambio estructural de comportamiento lector. Y no sólo en lo que a mi se refiere sino que, incluso, pueda ser un comportamiento en progresiva extensión entre toda la población lectora.
No hace tanto comentábamos, en las entradas tituladas '¿Internet contra la lectura?' y 'La lectura profunda o cuando el lector se hace libro' cómo, según algunos autores, nuestra actividad intelectual moldea nuestro cerebro (fenómeno conocido como neuroplasticidad) y cómo, por otra parte, y según por ejemplo Nicholas Carr, el mundo moderno, y muy especialmente Internet, con sus interrupciones constantes en forma de correos electrónicos, mensajes en twitter, llamadas telefónica fijas y móviles, mensajes instantáneos, etc atentan contra la concentración y la abstracción, unas capacidades propias de la lectura profunda y concentrada que se produce, por ejemplo, cuando uno se sumerge en una novela.
El gusto moderno por la novela corta, por los cuentos y por los microrrelatos, pudieran ser un señal de la mera falta de tiempo pero, también, de unas distintas actitudes y aptitudes cognitivas.
Espero que no sea así, espero que cuando simplemente disponga de más tiempo mi cerebro se siga comportando como antes y disfrute de largas horas de intensa lectura. Echo algo en falta, debo reconocer, esos tiempos prolongados de lectura profunda, en que la mente se aisla de su contorno, el tiempo parece detenerse y la conciencia se sumerge profundamente en la historia que se está leyendo.
Aún así, y por no ser excesivamente psesimista, por presentar también el lado positivo, entiendo esas sesiones breves de lectura como una forma de exprimir el tiempo, de extraer minutos de lectura de donde apenas los hay, de hacer que la lectura sobreviva incluso entre turbulencias. Un mecanismo de apego y resistencia. Y debo decir que, en ocasiones, ese tipo de lectura es también muy agradable y valiosa.
Tomarse un gran trago de lectura es muy sabroso y no quiero renunciar a ello, pero tampoco está del todo mal tomarse la literatura a sorbitos.
Nunca he sido de aquellos que se pegan enormes atracones, de aquellos lectores compulsivos o absorbidos por una historia que se meten entre pecho y espalda una novela larga en un día o dos acumulando horas de lectura en un espacio temporal muy reducido.
Prefiero la lectura más reposada, más tranquila, a un ritmo más constante. Mis temáticas de lectura favorita, aquellas que tienen que ver más con la introspección, con la reflexión, con el sentimiento o con la psicología, tampoco parecen las más aptas para una lectura vertiginosa, sin descanso, sin respiro.
Pero últimamente observo mi tiempo de lectura muy fragmentado, compuesto por sesiones que pocas veces superan la media hora. Tiempos robados a obligaciones u otros intereses, aprovechando intermedios, pausas, entreactos...
Puede ser algo accidental, transitorio, que cambie en las próximas semanas o meses, según evolucionen mis circunstancias y disponibilidades.
Sin embargo, me pregunto si no late en todo ello un cambio estructural de comportamiento lector. Y no sólo en lo que a mi se refiere sino que, incluso, pueda ser un comportamiento en progresiva extensión entre toda la población lectora.
No hace tanto comentábamos, en las entradas tituladas '¿Internet contra la lectura?' y 'La lectura profunda o cuando el lector se hace libro' cómo, según algunos autores, nuestra actividad intelectual moldea nuestro cerebro (fenómeno conocido como neuroplasticidad) y cómo, por otra parte, y según por ejemplo Nicholas Carr, el mundo moderno, y muy especialmente Internet, con sus interrupciones constantes en forma de correos electrónicos, mensajes en twitter, llamadas telefónica fijas y móviles, mensajes instantáneos, etc atentan contra la concentración y la abstracción, unas capacidades propias de la lectura profunda y concentrada que se produce, por ejemplo, cuando uno se sumerge en una novela.
El gusto moderno por la novela corta, por los cuentos y por los microrrelatos, pudieran ser un señal de la mera falta de tiempo pero, también, de unas distintas actitudes y aptitudes cognitivas.
Espero que no sea así, espero que cuando simplemente disponga de más tiempo mi cerebro se siga comportando como antes y disfrute de largas horas de intensa lectura. Echo algo en falta, debo reconocer, esos tiempos prolongados de lectura profunda, en que la mente se aisla de su contorno, el tiempo parece detenerse y la conciencia se sumerge profundamente en la historia que se está leyendo.
Aún así, y por no ser excesivamente psesimista, por presentar también el lado positivo, entiendo esas sesiones breves de lectura como una forma de exprimir el tiempo, de extraer minutos de lectura de donde apenas los hay, de hacer que la lectura sobreviva incluso entre turbulencias. Un mecanismo de apego y resistencia. Y debo decir que, en ocasiones, ese tipo de lectura es también muy agradable y valiosa.
Tomarse un gran trago de lectura es muy sabroso y no quiero renunciar a ello, pero tampoco está del todo mal tomarse la literatura a sorbitos.
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domingo, 8 de mayo de 2011
Cuantificando excedentes de capacidad cognitiva. La oportunidad latente
En su libro, 'Cognitive surplus', Clay Shirky introduce el concepto que da título a la obra, el 'cognitive surplus' y que traduciré como 'excedente cognitivo'. Afirma Shirky que a medida que ha ido aumentando nuestro nivel de vida, a medida que hemos ido disponiendo de tiempo libre, ese tiempo libre, que en los países desarrollados se emplea mayoritariamente para, simplemente, ver la televisión, constituye un excedente de capacidad cognitiva, de capacidad de pensamiento que, adecuadamente reconducido, puede dar unos resultados extraordinarios.
Se trata de una idea sugestiva e interesante y algunos de cuyos detalles desarrollaré, probablemente, en otro de mis blogs, 'Blue chip', más centrado en los aspectos tecnológicos, económicas y sociales del nuevo mundo digital.
Sin embargo, y por lo que de pensamiento supone, sí quisiera dejar en este blog siquiera un rastro apuntando unas cifras que, más allá de la curiosidad, nos dan una idea de la capacidad cognitiva de nuestra sociedad...y del desperdicio que estamos cometiendo si no la aprovechamos adecuadamente.
Afirma Shirky, basándose en una estimación de Martin Wattenberg, un investigador de IBM autorizado en la materia, que el trabajo para construir la Wikipedia equivale a cien millones de horas de pensamiento humano. Desde luego, parece mucho, muchísimo. Sin embargo, el valor que aporta Wikipedia a la recolección y difusión del conocimiento, parece que bien justifica esa inversión de tiempo y esfuerzo. Y el mecanismo cooperativo, voluntario y social por el que la Wikipedia ha sido creada, convierten a este medio en algo admirable, casi único.
Pero ¿es realmente tanto el esfuerzo dedicado a la Wikipedia?. Aunque es una enorme cantidad de pensamiento condensado, las cifras de Wikipedia palidecen si las comparamos con el tiempo que dedicamos a ver la televisión.
Concentrándonos sólo en EEUU, y en un único año, las horas dedicadas a ver la televisión son, nada más y nada menos, que cien billones de horas, lo que equivale a decir que, si la población norteamericana dedicase su tiempo a construir Wikipedias, en lugar de a ver la televisión, cada año podría crear ¡¡¡ dos mil wikipedias !!!
Solo en EEUU... ¡cien billones de horas de pensamiento sin utilizar! ¡la posibilidad de crear dos mil proyectos equivalentes a Wikipedia!
Se pude ver como un desperdicio o como una oportunidad, una enorme oportunidad.
Realmente, si la humanidad es capaz de utilizar ese pensamiento de manera productiva e innovadora todo ese excedente cognitivo, toda esa capacidad intelectual desperdiciada, ¿de qué no seremos capaces?
Se trata de una idea sugestiva e interesante y algunos de cuyos detalles desarrollaré, probablemente, en otro de mis blogs, 'Blue chip', más centrado en los aspectos tecnológicos, económicas y sociales del nuevo mundo digital.
Sin embargo, y por lo que de pensamiento supone, sí quisiera dejar en este blog siquiera un rastro apuntando unas cifras que, más allá de la curiosidad, nos dan una idea de la capacidad cognitiva de nuestra sociedad...y del desperdicio que estamos cometiendo si no la aprovechamos adecuadamente.
Afirma Shirky, basándose en una estimación de Martin Wattenberg, un investigador de IBM autorizado en la materia, que el trabajo para construir la Wikipedia equivale a cien millones de horas de pensamiento humano. Desde luego, parece mucho, muchísimo. Sin embargo, el valor que aporta Wikipedia a la recolección y difusión del conocimiento, parece que bien justifica esa inversión de tiempo y esfuerzo. Y el mecanismo cooperativo, voluntario y social por el que la Wikipedia ha sido creada, convierten a este medio en algo admirable, casi único.
Pero ¿es realmente tanto el esfuerzo dedicado a la Wikipedia?. Aunque es una enorme cantidad de pensamiento condensado, las cifras de Wikipedia palidecen si las comparamos con el tiempo que dedicamos a ver la televisión.
Concentrándonos sólo en EEUU, y en un único año, las horas dedicadas a ver la televisión son, nada más y nada menos, que cien billones de horas, lo que equivale a decir que, si la población norteamericana dedicase su tiempo a construir Wikipedias, en lugar de a ver la televisión, cada año podría crear ¡¡¡ dos mil wikipedias !!!
Solo en EEUU... ¡cien billones de horas de pensamiento sin utilizar! ¡la posibilidad de crear dos mil proyectos equivalentes a Wikipedia!
Se pude ver como un desperdicio o como una oportunidad, una enorme oportunidad.
Realmente, si la humanidad es capaz de utilizar ese pensamiento de manera productiva e innovadora todo ese excedente cognitivo, toda esa capacidad intelectual desperdiciada, ¿de qué no seremos capaces?
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domingo, 1 de mayo de 2011
Libros en la memoria y el afecto
Existen libros especiales, libros que nos dejan una marca que va más allá de su calidad, de su historia o de sus méritos intrínsecos, libros que por algún motivo conectan con nuestros sentimientos y circunstancias, que nos marcan, que resultan memorables.
Encuentro, en esa línea de pensamiento y en el posfacio que Natalia Ginzburg dedica a 'Un matrimonio de provincias' que ya mencionábamos en el artículo 'El legado de un buen libro', esta apasionada y acertada declaración:
"Pienso que en la vida de cada uno de nosotros existe un libro que...de pequeños no nos limitamos simplemente a leer, sino que inspeccionamos y rebuscamos en cada uno de sus rincones como si de una habitación se tratara. Un libro así, rebuscado como una habitación, escrutado e interrogado como una cara en cada rasgo y arruga, nunca podremos juzgarlo como se juzga un libro, porque para nosotros ha abandonado la zona de los libros y ha pasado a vivir la zona de la memoria y de los afectos."
He podido sentir, en efecto, esa sensación que Natalia Ginzburg describe.
Puedo recordar al menos tres libros, leídos en la infancia o adolescencia, que adquirieron esa carácter de especiales, memorables, más allá del bien y del mal literario. Recuerdo libros como 'Seis chicos malos' de Enid Blyton, 'Edad prohibida' de Torcuato Luca de Tena o 'La dama del alba' de Alejandro Casona, libros en que ya me resulta difícil valorar su calidad literaria, en que simplemente no quiero hacerlo, porque me causaron, por el motivo que fuese, un impacto especial, porque han perdurado en mi memoria a lo largo de los años con más fuerza y presencia que otros libros, otros libros seguramente mejores, probablemente mucho mejores, que he leído años después, pero que no generaron la misma conexión, la misma emoción, la misma memoria.
No creo que existan factores comunes. Creo que se conjugan la oportunidad, el contexto y la disposición de ánimo particulares de cada persona, de cada lector, y todo ello crea esa magia especial que perdura en la memoria y en el afecto.
Un libro marcó a Natalia Ginzburg; tres libros he mencionado yo. ¿Qué libros ocupan un lugar especial en tu memoria y tu afecto?
Encuentro, en esa línea de pensamiento y en el posfacio que Natalia Ginzburg dedica a 'Un matrimonio de provincias' que ya mencionábamos en el artículo 'El legado de un buen libro', esta apasionada y acertada declaración:
"Pienso que en la vida de cada uno de nosotros existe un libro que...de pequeños no nos limitamos simplemente a leer, sino que inspeccionamos y rebuscamos en cada uno de sus rincones como si de una habitación se tratara. Un libro así, rebuscado como una habitación, escrutado e interrogado como una cara en cada rasgo y arruga, nunca podremos juzgarlo como se juzga un libro, porque para nosotros ha abandonado la zona de los libros y ha pasado a vivir la zona de la memoria y de los afectos."
He podido sentir, en efecto, esa sensación que Natalia Ginzburg describe.
Puedo recordar al menos tres libros, leídos en la infancia o adolescencia, que adquirieron esa carácter de especiales, memorables, más allá del bien y del mal literario. Recuerdo libros como 'Seis chicos malos' de Enid Blyton, 'Edad prohibida' de Torcuato Luca de Tena o 'La dama del alba' de Alejandro Casona, libros en que ya me resulta difícil valorar su calidad literaria, en que simplemente no quiero hacerlo, porque me causaron, por el motivo que fuese, un impacto especial, porque han perdurado en mi memoria a lo largo de los años con más fuerza y presencia que otros libros, otros libros seguramente mejores, probablemente mucho mejores, que he leído años después, pero que no generaron la misma conexión, la misma emoción, la misma memoria.
No creo que existan factores comunes. Creo que se conjugan la oportunidad, el contexto y la disposición de ánimo particulares de cada persona, de cada lector, y todo ello crea esa magia especial que perdura en la memoria y en el afecto.
Un libro marcó a Natalia Ginzburg; tres libros he mencionado yo. ¿Qué libros ocupan un lugar especial en tu memoria y tu afecto?
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domingo, 24 de abril de 2011
El legado de un buen libro
Hay muchas placeres diferentes que nos puede proporcionar un libro. Nos puede abrir a nuevas ideas, nos puede provocar sentimientos, nos puede entretener, nos puede hacer pensar...
Sin embargo, para que una lectura sea realmente fecunda, para que un libro pueda ser considerado como realmente 'bueno', sin ignorar la subjetividad a que dicho adjetivo está sujeto, creo que debe dejar algo detras de sí, una herencia, un legado.
Cuando leo libros que realmente me impactan, con frecuencia detengo momentáneamente la lectura durante unos instantes para repasar mentalmente, analizar, reflexionar. Y cuando finalizo la última página de uno de esos libros especiales, suelo dedicar otro rato a la destilación de lo leído, a la reflexión, a una especie de prolongación de la experiencia de la lectura que va más allá de las palabras del libro, que se aleja por vericuetos mentales o emocionales sugeridos por la lectura.
Cuando reflexiono a veces sobre lo que diferencia a los 'best-seller' de la auténtica literatura, de la buena literatura, siempre bajo mi perspectiva personal, pienso que mucho tiene que ver con este legado. Aunque es fácil denostar a eso que denomino 'best-seller', libros con historias plenas de acción, misterios, ambientes sugerentes, lo cierto es que suelen proporcionar unas ratos de lectura muy agradable, de un sano entretenimiento. Sin embargo, cuando termino los pocos libros que he leído clasificables dentro de esa categoría, el regusto que me que queda es de que 'no me han dejado nada', que no hay reflexión, ni pensamiento ni emoción que sobreviva a la última página. No hay legado.
Sorprendo, en el posfacio de Natalia Ginzburg que sigue a la obra 'Un matrimonio de provincias' de Marquesa Colombí, un comentario en que la escritora italiana compara lo que supuso para ella la lectura de 'Un matrimonio de provincias', novela que le dejó una fuerte huella, frente a la lectura de otros libros. Y dice, a propósito de éstos últimos, lo siguiente:
"Eran libros que yo declaraba bellísimos aunque no quedara nada o casi nada de ellos después de haberlos cerrado, aunque en realidad sólo recordara el título y las dos últimas palabras."
Natalia Ginzburg, con otras palabras, nos está diciendo que esos libros 'bellísimos' no le dejaron ningún legado, ningún recuerdo permanente, mientras que 'Un matrimonio de provincias' le acompañó durante toda su vida, le hizo pensar, lo releyó una y otra vez.
El legado es la marca que diferencia la gran literatura de los libros corrientes o simplemente buenos. Es un distintivo y un regalo, el regalo que el escritor nos deja en agradecimiento y compensación por haber dedicado nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro corazón a su obra.
Sin embargo, para que una lectura sea realmente fecunda, para que un libro pueda ser considerado como realmente 'bueno', sin ignorar la subjetividad a que dicho adjetivo está sujeto, creo que debe dejar algo detras de sí, una herencia, un legado.
Cuando leo libros que realmente me impactan, con frecuencia detengo momentáneamente la lectura durante unos instantes para repasar mentalmente, analizar, reflexionar. Y cuando finalizo la última página de uno de esos libros especiales, suelo dedicar otro rato a la destilación de lo leído, a la reflexión, a una especie de prolongación de la experiencia de la lectura que va más allá de las palabras del libro, que se aleja por vericuetos mentales o emocionales sugeridos por la lectura.
Cuando reflexiono a veces sobre lo que diferencia a los 'best-seller' de la auténtica literatura, de la buena literatura, siempre bajo mi perspectiva personal, pienso que mucho tiene que ver con este legado. Aunque es fácil denostar a eso que denomino 'best-seller', libros con historias plenas de acción, misterios, ambientes sugerentes, lo cierto es que suelen proporcionar unas ratos de lectura muy agradable, de un sano entretenimiento. Sin embargo, cuando termino los pocos libros que he leído clasificables dentro de esa categoría, el regusto que me que queda es de que 'no me han dejado nada', que no hay reflexión, ni pensamiento ni emoción que sobreviva a la última página. No hay legado.
Sorprendo, en el posfacio de Natalia Ginzburg que sigue a la obra 'Un matrimonio de provincias' de Marquesa Colombí, un comentario en que la escritora italiana compara lo que supuso para ella la lectura de 'Un matrimonio de provincias', novela que le dejó una fuerte huella, frente a la lectura de otros libros. Y dice, a propósito de éstos últimos, lo siguiente:
"Eran libros que yo declaraba bellísimos aunque no quedara nada o casi nada de ellos después de haberlos cerrado, aunque en realidad sólo recordara el título y las dos últimas palabras."
Natalia Ginzburg, con otras palabras, nos está diciendo que esos libros 'bellísimos' no le dejaron ningún legado, ningún recuerdo permanente, mientras que 'Un matrimonio de provincias' le acompañó durante toda su vida, le hizo pensar, lo releyó una y otra vez.
El legado es la marca que diferencia la gran literatura de los libros corrientes o simplemente buenos. Es un distintivo y un regalo, el regalo que el escritor nos deja en agradecimiento y compensación por haber dedicado nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro corazón a su obra.
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domingo, 10 de abril de 2011
Pensar y escribir
Con cierta frecuencia afirmo, ya sea para mi mismo ya sea para terceros, que 'pienso mientras escribo'. No sé, no recuerdo si, incluso, ya he comentado ese hecho en este blog o en alguno otro de los que mantengo.
Y no me refiero exclusivamente, ni siquiera especialmente, a la escritura en entendida en su vertiente literaria, sino a escritura en sentido amplio, sobre cualquier tema, muchos de ellos del ámbito profesional, y en cualquier formato: texto propiamente dicho, pero también esquemas, dibujos, hojas excel o presentaciones Powerpoint.
Creo que la esencia de esa escritura-pensamiento es descargar en un soporte externo las ideas que cruzan nuestra mente. Es como si el cerebro no tuviese suficiente capacidad como para retener ideas no suficientemente elaboradas y precisase el volcado en ese medio externo para, liberando recursos cognitivos, ser capaz de ir más allá, de construir nuevas ideas o enlazar las existentes. O quizá sea que la escritura fuerza a fijar la atención, a dedicar recursos cognitivos en la tarea realizada consiguiendo, mediante el incremento de atención, una mayor profundización en los conceptos.
Sea como fuere, es para mi un hecho indudable la enorme aportación que para el pensamiento supone el fijar las transcribir las ideas, a un papel o a cualquier otro medio físico o electrónico que sirva para plasmar y potenciar de alguna manera ese curso del pensamiento.
No debe ser, además, una particularidad mía, sino algo inherente al funcionamiento de nuestro cerebro.Por si sirve como corroboración, y para cerrar los comentarios que el libro 'De qué hablo cuando hablo de correr' de Haruki Murakami me ha sugerido, traigo aquí la colación a siguiente afirmación del autor:
"yo, como debe ocurrirle a la mayoría de los que se dedican a escribir, pienso cosas mientras escribo. No es que ponga por escrito lo que pienso, sino que pienso mientras elaboro textos. Doy forma a mis pensamientos mediante la labor de escritura. Y, al revisar textos, profundizo en mis reflexiones."
Es casi una transcripción literal de la idea que yo tenía al respecto.Sólo añadiría el matiz de que no creo que sea algo que afecte sólo a los que se dedican a escribir. Creo que es algo inherente a nuestro cerebro y configuración neurológica. Casi podríamos afirmar, parafraseando a Descartes:
"Escribo luego pienso"
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domingo, 3 de abril de 2011
La motivación del escritor
Rescato todavía alguna idea interesante del libro 'De qué hablo cuando hablo de correr' de Haruki Murakami, donde el escritor, entremezclada con su actividad deportiva, nos apunta alguna de sus ideas y experiencias acerca de la literatura y la novela.
En este caso, me detengo en un párrafo en que Haruki Murakami afirma, de manera indudable, que la motivación para un escritor, quizá como para cualquier otra persona y actividad, se encuentra en uno mismo, viene del interior, de los propios intereses y aspiraciones. Y no sólo la motivación, sino también la vara de medir, el patrón que marca la satisfacción o insatisfacción por lo realizado.
Así nos lo explica el autor japonés:
"Lo más importante es si lo escrito alcanza o no los parámetros que uno mismo se ha fijado y frente a eso no hay excusas. Ante otras personas, tal vez, uno pueda explicarse en cierta medida. Pero es imposible engañarse a uno mismo. En este sentido, escribir novelas se parece a correr un maratón. Por explicarlo de un modo básico, para un creador la motivación se halla, silenciosa, en su interior, de modo que no precisa buscar en el exterior ni formas ni criterios."
Todo un alegato en favor de la honestidad intelectual y artística, de la independencia y de la individualidad.
Creo que estoy de acuerdo.
En este caso, me detengo en un párrafo en que Haruki Murakami afirma, de manera indudable, que la motivación para un escritor, quizá como para cualquier otra persona y actividad, se encuentra en uno mismo, viene del interior, de los propios intereses y aspiraciones. Y no sólo la motivación, sino también la vara de medir, el patrón que marca la satisfacción o insatisfacción por lo realizado.
Así nos lo explica el autor japonés:
"Lo más importante es si lo escrito alcanza o no los parámetros que uno mismo se ha fijado y frente a eso no hay excusas. Ante otras personas, tal vez, uno pueda explicarse en cierta medida. Pero es imposible engañarse a uno mismo. En este sentido, escribir novelas se parece a correr un maratón. Por explicarlo de un modo básico, para un creador la motivación se halla, silenciosa, en su interior, de modo que no precisa buscar en el exterior ni formas ni criterios."
Todo un alegato en favor de la honestidad intelectual y artística, de la independencia y de la individualidad.
Creo que estoy de acuerdo.
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